columna de Ivan

Susurro de los molinos de viento LIX - Mi hermano mayor

Créeme Norma que cuando niño era arriesgado pero no tan valiente. A veces decidía jugarme el pellejo en cosas sencillas de la infancia, como meterme a un huerto ajeno saltando una muralla para sacar furtivamente alguna fruta y sentir la emoción de la acción que no debía cometer, generalmente eran peras o los pomelos que amarilleaban en una plantación del fundo de La Higuera, tengo la idea que esa propiedad tenía cuidadores permanentes. Las matas de pomelo daban prácticamente al estero, si llegábamos a pasar por ahí –de cuando en cuando- aprovechábamos la oportunidad para realizar la picardía, en ese instante secretábamos la adrenalina de lo no permitido, el cítrico, que yo sepa, no había en otros sitios. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LVIII - El mundo de los volantines

Los volantines siempre fueron parte de nuestros juegos de niños, Norma y también diría de aquellas ilusiones que despertaban en los meses de invierno, multicolores porque esa era la característica del papel fino, una variedad para todos los gustos. Cuando llegaba julio cualquiera inauguraba la temporada, bastaba que fuera un solo niño y el resto lo seguía. A veces aparecía un volantín solitario en el aire, precisamente en El Alto, aquel sendero que si la memoria no me deja mal, comenzaba al frente de la carnicería de la familia Huerta, junto a la casa donde vivió un buen tiempo la profesora Eliana Canevaro, esposa de Diego Jopia quien casi siempre andaba vestido de huaso pero nunca tuve la oportunidad de verlo sobre un caballo, ahí, había una entrada libre para quien quisiera, el transeúnte solo se topaba con algunas hebras de alambre de púas, el típico cierre que solían poner con unos cuantos palos de eucalipto para impedir que entraran los animales. Justo en ese punto empezaba el trayecto paralelo a la calle larga, decían que era más corto si se quería cruzar todo el pueblo. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LVII - La muchacha de la ventana

Todavía recuerdo a la muchacha que asomaba medio cuerpo por la puerta abierta a medias, para mirar a la calle. Mirada triste o al menos así me parecía, silenciosa, ni siquiera sonreía. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LVI - Personajes idos

Confieso que siempre fui jugador empedernido de bolitas. Me gustaba jugar más que ninguna otra cosa, al “puro mate”, era bueno, demasiado bueno, los demás niños no querían jugar conmigo porque ganaba todas las veces, tenía una extraordinaria puntería para acertar en la bolita o tiro del contrario. Alguna vez completé 15 mates seguidos, tomando en cuenta que cuando se acertaba en el tiro del otro jugador, éste cambiaba su bolita a otro sitio, a la distancia que quisiera.

Susurro de los molinos de viento LV - Temibles pendencieros

Recuerdo que era un mozalbete cuando pasaba las vacaciones de invierno en el pueblo, acaso serían los últimos días del mes de julio y quizás los primeros de agosto. Recuerdo también que era noche fría, demasiado fría Norma. Dispuesto a irme a dormir pero sorpresivamente apareció don Carlos Pizarro, viejo respetado y respetable, no habíamos saludado, se puso tan contento que lo primero que dijo fue “vamos a pegarnos un taco” y se le antojó pedir un vaso de pisco con limón, bien cargado para contrarrestar el ambiente helado. Empezamos en un local que tenía El Tontera –así apodaban al Amable Zepeda, quien se había casado con doña Anita Bolvarán, mujer que en aquellos tiempos no llegaba al medio siglo, más que suficiente para que hubiese estado en la categoría de solterona.

Susurro de los molinos de viento LIV - Peleas de niños

Dos veces nos dimos puñetazos con el Peruco Pérez . La primera ocasión fue debajo de un pimiento en el segundo patio de la escuelita, el árbol se hallaba muy cerca de los servicios higiénicos de las niñas. En aquellas épocas para referirnos a los servicios higiénicos decíamos al profesor en los momentos de apuro durante la clase: “permítame ir a la casita” o “déme permiso para ir al excusado”.

Susurro de los molinos de viento LIII - Ajedrecista silencioso

¡Qué será de los muchachos, Norma! ¡Cuántas cosas ya no pude ver de nuevo! Qué cambiado que encontré al Gran Santiago que se transformó en una ciudad gigantesca. Cuando fui la última vez, todavía no se podía gritar pero había asaltantes en cualquier esquina. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LII - Llamado a las Nostalgias

La imaginación de mi hermano volaba, iba demasiado lejos, no medía distancias, a lo mejor llegaba al horizonte que en el mar siempre será de color azul. Azules eran los ojos de mi hermano, Norma y en ese horizonte tan visible y al mismo tiempo inalcanzable, una noche se sumergió en un sueño infinito. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LI - Mi amigo Paquetón

“Sea X la cantidad de dinero que tenía el feligrés cuando entró a la iglesia…”

Jamás podré olvidar ese problema que exigió una ecuación para resolverlo, Norma. Ni a Paquetón, súper dotado para las matemáticas. Ahora que ha pasado tanto tiempo medito en todo lo que se ha ido, me pongo a pensar en esos problemas que planteaba el profesor Nelson Valdés en los años de secundaria, el único que los resolvía con absoluta precisión era Paquetón. Se originaba casi un duelo entre los dos, el profe curioso, demasiado acucioso para pasarse escudriñando enredos matemáticos y exponerlos en el curso. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento L - La casa grande

Yo le llamo la casa grande y jamás se ha salido de mis memorias. En ella se atrincheran los recuerdos, un día fueron escenas vivas en el pueblo de Punitaqui, esos recuerdos que ahora alimentan a las nostalgias, Norma y resulta imposible borrarlos.

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