Los volantines siempre fueron parte de nuestros juegos de niños, Norma y también diría de aquellas ilusiones que despertaban en los meses de invierno, multicolores porque esa era la característica del papel fino, una variedad para todos los gustos. Cuando llegaba julio cualquiera inauguraba la temporada, bastaba que fuera un solo niño y el resto lo seguía. A veces aparecía un volantín solitario en el aire, precisamente en El Alto, aquel sendero que si la memoria no me deja mal, comenzaba al frente de la carnicería de la familia Huerta, junto a la casa donde vivió un buen tiempo la profesora Eliana Canevaro, esposa de Diego Jopia quien casi siempre andaba vestido de huaso pero nunca tuve la oportunidad de verlo sobre un caballo, ahí, había una entrada libre para quien quisiera, el transeúnte solo se topaba con algunas hebras de alambre de púas, el típico cierre que solían poner con unos cuantos palos de eucalipto para impedir que entraran los animales. Justo en ese punto empezaba el trayecto paralelo a la calle larga, decían que era más corto si se quería cruzar todo el pueblo. Seguir leyendo »