columna de Ivan

SUSURROS DE LOS MOLINOS DE VIENTO LXIV - LAS LÁGRIMAS DEL LAGRIMILLA

Tengo la idea que era algo más de la mitad del mes de abril y todavía se sentían los rezagos del verano, Norma. Toda la temporada había sido calurosa, la brisa de Punitaqui parecía una caricia que hablaba de mil cosas, esa brisa tibia que muchas veces llegó a ser caliente, como en aquellas lejanas épocas de la niñez pero en ese momento comprendí que ya no era niño y pensé que ocho semanas transcurrieron demasiado rápido, tenía que regresar y te prometo que eso me angustiaba, mis pensamientos acumulaban una nostalgia anticipada a medida que los días largos caían uno sobre otro.

SUSURROS DE LOS MOLINOS DE VIENTO LXIII - EL GUELO

El Guelo era otro de los amigos de juegos y también pateaba la pelota, Norma. Lo veo desgarbado, dando trancos largos, cada uno de sus pasos daba la impresión que no era seguro, como si no estuviese pisando en firme, como si hubiera sufrido de algún problema físico, pero él era así, alto, no caminaba bien recto y el pelo siempre se le caía en los ojos, con mayor razón cuando se había pegado unos tragos.

Susurros de los Molinos de Viento LXII - El Pirulo

El Pirulo corría como liebre, Norma, es lo que más recuerdo. Aparecía como a las seis de la tarde, un rato antes de que se fuera la luz y jugábamos a la pelota o con las bolitas en plena vía pública. La calle larga, Norma, era el campo de juegos para los punitaquinos, aunque a veces íbamos a la parte trasera de la casa de don Humberto Martínez, amurallada, no podíamos precisamente entrar al patio de esa casa donde había un pique profundo, oscuro, si en otros tiempos había sido un proyecto de noria o pozo para extraer agua, hacía mucho que estaba en desuso y seco con un montón de piedras en el fondo, eso decían quienes se habían metido en el interior de esa profundidad.

Susurro de los Molinos de Viento LXI - Los Billaristas

Siempre oí hablar del Guatón Cordones, en este momento se me va el nombre, Norma. Tampoco recuerdo con exactitud si era oriundo de La Serena o de Coquimbo. Seguir leyendo »

SUSURRO DE LOS MOLINOS DE VIENTO LX - MI AMIGO ROMELIO

Son muchas cosas las que me hacen recordar a mi amigo Romelio. Uno de esos pasajes de la niñez que asoma nítidamente en la memoria, cuando estábamos en la escuelita todavía, fue el intento fallido de construir un camioncito de madera, Norma. Todos los alumnos de sexta preparatoria hicimos uno, el mismo modelo, un vehículo ñato tipo Daf, camión que circuló algún tiempo por las carreteras chilenas y repentinamente desapareció, algo parecido sucedió con la marca Commer, recuerdo muy bien que en Punitaqui hubo varios, de barandas bajas, pasaban por la larga calle polvorienta cargados de metales para el mineral de Tamaya, no transcurrían diez minutos y aparecía otro carro metalero, creo que fue una época de auge cuprífero en el pueblo. El motor de los Commer funcionaba con petróleo y producía un ruido característico cuando transitaban por la calle, no tenían las clásicas líneas de los camiones americanos, especialmente Ford y Chevrolet, que parecían más lujosos y confortables que los demás. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LIX - Mi hermano mayor

Créeme Norma que cuando niño era arriesgado pero no tan valiente. A veces decidía jugarme el pellejo en cosas sencillas de la infancia, como meterme a un huerto ajeno saltando una muralla para sacar furtivamente alguna fruta y sentir la emoción de la acción que no debía cometer, generalmente eran peras o los pomelos que amarilleaban en una plantación del fundo de La Higuera, tengo la idea que esa propiedad tenía cuidadores permanentes. Las matas de pomelo daban prácticamente al estero, si llegábamos a pasar por ahí –de cuando en cuando- aprovechábamos la oportunidad para realizar la picardía, en ese instante secretábamos la adrenalina de lo no permitido, el cítrico, que yo sepa, no había en otros sitios. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LVIII - El mundo de los volantines

Los volantines siempre fueron parte de nuestros juegos de niños, Norma y también diría de aquellas ilusiones que despertaban en los meses de invierno, multicolores porque esa era la característica del papel fino, una variedad para todos los gustos. Cuando llegaba julio cualquiera inauguraba la temporada, bastaba que fuera un solo niño y el resto lo seguía. A veces aparecía un volantín solitario en el aire, precisamente en El Alto, aquel sendero que si la memoria no me deja mal, comenzaba al frente de la carnicería de la familia Huerta, junto a la casa donde vivió un buen tiempo la profesora Eliana Canevaro, esposa de Diego Jopia quien casi siempre andaba vestido de huaso pero nunca tuve la oportunidad de verlo sobre un caballo, ahí, había una entrada libre para quien quisiera, el transeúnte solo se topaba con algunas hebras de alambre de púas, el típico cierre que solían poner con unos cuantos palos de eucalipto para impedir que entraran los animales. Justo en ese punto empezaba el trayecto paralelo a la calle larga, decían que era más corto si se quería cruzar todo el pueblo. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LVII - La muchacha de la ventana

Todavía recuerdo a la muchacha que asomaba medio cuerpo por la puerta abierta a medias, para mirar a la calle. Mirada triste o al menos así me parecía, silenciosa, ni siquiera sonreía. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento LVI - Personajes idos

Confieso que siempre fui jugador empedernido de bolitas. Me gustaba jugar más que ninguna otra cosa, al “puro mate”, era bueno, demasiado bueno, los demás niños no querían jugar conmigo porque ganaba todas las veces, tenía una extraordinaria puntería para acertar en la bolita o tiro del contrario. Alguna vez completé 15 mates seguidos, tomando en cuenta que cuando se acertaba en el tiro del otro jugador, éste cambiaba su bolita a otro sitio, a la distancia que quisiera.

Susurro de los molinos de viento LV - Temibles pendencieros

Recuerdo que era un mozalbete cuando pasaba las vacaciones de invierno en el pueblo, acaso serían los últimos días del mes de julio y quizás los primeros de agosto. Recuerdo también que era noche fría, demasiado fría Norma. Dispuesto a irme a dormir pero sorpresivamente apareció don Carlos Pizarro, viejo respetado y respetable, no habíamos saludado, se puso tan contento que lo primero que dijo fue “vamos a pegarnos un taco” y se le antojó pedir un vaso de pisco con limón, bien cargado para contrarrestar el ambiente helado. Empezamos en un local que tenía El Tontera –así apodaban al Amable Zepeda, quien se había casado con doña Anita Bolvarán, mujer que en aquellos tiempos no llegaba al medio siglo, más que suficiente para que hubiese estado en la categoría de solterona.

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