columna de Ivan

Susurro de los molinos de viento LIV - Peleas de niños

Dos veces nos dimos puñetazos con el Peruco Pérez . La primera ocasión fue debajo de un pimiento en el segundo patio de la escuelita, el árbol se hallaba muy cerca de los servicios higiénicos de las niñas. En aquellas épocas para referirnos a los servicios higiénicos decíamos al profesor en los momentos de apuro durante la clase: “permítame ir a la casita” o “déme permiso para ir al excusado”.

Susurro de los molinos de viento LIII - Ajedrecista silencioso

¡Qué será de los muchachos, Norma! ¡Cuántas cosas ya no pude ver de nuevo! Qué cambiado que encontré al Gran Santiago que se transformó en una ciudad gigantesca. Cuando fui la última vez, todavía no se podía gritar pero había asaltantes en cualquier esquina.

Susurro de los molinos de viento LII - Llamado a las Nostalgias

La imaginación de mi hermano volaba, iba demasiado lejos, no medía distancias, a lo mejor llegaba al horizonte que en el mar siempre será de color azul. Azules eran los ojos de mi hermano, Norma y en ese horizonte tan visible y al mismo tiempo inalcanzable, una noche se sumergió en un sueño infinito.

Susurro de los molinos de viento LI - Mi amigo Paquetón

“Sea X la cantidad de dinero que tenía el feligrés cuando entró a la iglesia…”

Jamás podré olvidar ese problema que exigió una ecuación para resolverlo, Norma. Ni a Paquetón, súper dotado para las matemáticas. Ahora que ha pasado tanto tiempo medito en todo lo que se ha ido, me pongo a pensar en esos problemas que planteaba el profesor Nelson Valdés en los años de secundaria, el único que los resolvía con absoluta precisión era Paquetón. Se originaba casi un duelo entre los dos, el profe curioso, demasiado acucioso para pasarse escudriñando enredos matemáticos y exponerlos en el curso.

Susurro de los molinos de viento L - La casa grande

Yo le llamo la casa grande y jamás se ha salido de mis memorias. En ella se atrincheran los recuerdos, un día fueron escenas vivas en el pueblo de Punitaqui, esos recuerdos que ahora alimentan a las nostalgias, Norma y resulta imposible borrarlos.

Susurro de los molinos de viento XLIX - Cuando repicaban las campanas

En Punitaqui siempre repicaban las campanas, Norma. Eran las campanas de la iglesia. Repicaban para llamar a los feligreses a la misa, recuerdo que los mayores hablaban de la primera seña, de la segunda un poco más prolongada que la anterior, la tercera y última seña era de un bullicio escandaloso.

Susurro de los molinos de viento XLVIII - El baqueano y el buzo

Hugo era el nombre del amigo y sus apellidos Torrejón Cortés. Nadie como él para hacer un dibujo, estuvimos en cuarto, quinto y sexto curso de la escuelita. Recuerdo que era bajito, blanco, de la piel un poco colorada. Peinado hacia atrás, gordito porque simplemente comía bien, buen apetito sin llegar a ser goloso ni obeso. Hábil como nadie, ninguno de nosotros podía superarlo dibujando, los lápices de colores –aquellos a los que le sacábamos punta con una hoja de Gillette- parecían vivos en sus manos, Norma.

Susurro de los molinos de viento XLVII - Historia de gitanos

Los gitanos. Los gitanos, Norma. Esporádicamente llegaban a Punitaqui pero no en carromatos halados por caballos blancos como se ha visto en las películas, sino en viejos camiones que parecían acarrear montones de sueños, todas aquellas distancias que se acumulan en los caminos y después simplemente quedan atrás.

Susurro de los molinos de viento XLVI - Amigos que no he vuelto a ver

El Pelado Villalobos siempre fue un niño tranquilo. Siempre recuerdo que su eslogan era: “me llamo Lorenzo y en tu hermanita no más pienso”. Tez blanca, mediana estatura, frente despejada, peinado hacia atrás, pelo liso ligeramente castaño.

Susurro de los molinos de viento XLV - Apariciones y desparecidos

Me acuerdo que el hombre derramó unas cuantas lágrimas. Sentí que eran puras, Norma. Se le cayeron humedeciéndole el rostro, las dejó escapar libremente sin cohibición alguna.

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