columna de Ivan

Susurro de los molinos de viento XXXIV - Mi perro “Bonzo”

No sé si existirá un cementerio de perros, Norma, no obstante cuando a cualquiera de ellos le llega el final, no falta quien se encargue de hacer un hueco en la tierra lo más hondo posible para que el animalito vuelva a un ciclo vital de la vida, sin llegar a ser festín de los jotes que siempre revolotean con el consabido planeamiento cuando descubren la presencia de algún animal muerto en cual

Susurro de los molinos de viento XXXIII - Minero empedernido

A veces me pregunto, Norma, por qué los viejos no están, por qué tenía que llegar el momento en que tuvieron que irse para siempre. Sin ellos la calle no es igual.

Susurro de los molinos de viento XXXII - El ermitaño

Pequeño era yo cuando el hombre, muy rara vez, aparecía en el pueblo, Norma. En ese entonces no había ni un centímetro de pavimento en la calle larga, aunque sí en las veredas hasta la plaza.

Susurro de los molinos de viento XXXI - La María del Cerro

Cuando niño me iba al cerro con Eliberto o el Wilson, Norma, porque me gustaban las correrías de liebres. Llevábamos los dos perros que yo tenía, el León y el Roldán. El primero era café con unas manchas blancas y el otro más blanco que negro, mezclado con raza de perdiguero.

Susurro de los molinos de viento XXX - Corresponsal criollo

Carlos Aravena se llamaba el hombre pero tampoco escapaba de tener un apodo, Norma, no me olvido que le decían Canutillo. Don Carlos era un hombre de mediana estatura, más bien tirado a bajo, flaco, de piel tostada por los soles punitaquinos. Es que en nuestro pueblo la temperatura nunca ha sido húmeda sino seca.

Susurro de los molinos de viento XXIX - El Guatón Segundo

El Guatón Segundo pesaba ciento sesenta kilos. ¿Te acuerdas Norma, la enorme barriga que cargaba? Yo nunca lo conocí flaco y se pasó la vida metiéndole un afilado cuchillo en el pescuezo de los cerdos. Más de alguna vez lo vi y ahora que se me ocurre retroceder hacia el pasado, pienso que ese cuchillo servía hasta que se gastaba.

Susurro de los molinos de viento XXVIII - Arriería, minerales y leyendas

Pero un día, mi viejo no amaneció Norma. Ni mi madre. Creo que los tiempos de los viejos, eran otros tiempos. Cuando la calle era un solo sendero para caballares y acémilas que andaban con el polvo del camino pegado en las patas, cuando los animales iban de un lado a otro, cargados con bultos de mercadería y la voz del arriero les animaba a continuar adelante.

Susurro de los molinos de viento XXVII - Incendio en la mina

Es el pueblo, Norma, con ese vientecillo que sopla suavemente cuando viene el cambio de las estaciones. El pueblo y el tiempo con aquellas cosas de la calle que hoy se sienten diferentes pero que en lo más secreto de su espíritu siguen existiendo. Como aquella noticia que se propagó a todos los rincones. Una mañana alguien dijo: “se incendió la mina”. Y literalmente era así.

Susurro de los molinos de viento XXVI - Los ojos de mi hermano

Son tantos los recuerdos, Norma, que sería imposible escudriñar en todos ellos. Pero te puedo asegurar que dejaron una huella en la melancolía, en el amanecer de cada día, en cualquier madrugada, en mi tiempo que aún no se me ha perdido. En los recuerdos incrustados en los propios recuerdos.

Susurro de los molinos de viento XXV - El maestro Sequeira

Yo no sé de donde asomó el maestro Sequeira pero existe en mis recuerdos. Ignoro por qué nadie lo menciona como si todos se hubiesen olvidado de él y eso me parece triste, demasiado triste, Norma. Debo reconocer que ni siquiera me acuerdo de su nombre aunque sí de su figura.

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