columna de Ivan

Susurro de los molinos de viento XXIV - Doña Rosa Tapia

¡Qué te digo, Norma! En vano traté de hallar el mismo sabor en el pueblo. Y ya no estaban los mismos rostros. Había otros nombres. Quizás la calle era casi la misma, mas no toda la gente. Se fue del poblado. Otros murieron, los que quedaron, si antes eran jóvenes, ahora ven a sus nietos correr por la calle pavimentada, por el patio con durazneros y árboles de damascos.

Susurro de los molinos de viento XXIII - Pueblo Viejo

Los dieciocho de septiembre me parecían increíbles, Norma. Cuando estábamos en la escuela anticipadamente sentíamos una alegría especial. Unos cuantos días antes la banda municipal ensayaba cada tarde con dedicación única, marchas alusivas a las festividades y algunas canciones populares cuya melodía se expandía por toda la calle.

Susurro de los molinos de viento XXII - La Cacharra del pan

Y por la calle de nuestro pueblo, por donde nunca más se vio a La Esmeralda y en la que parece que se hubiese quedado flotando el espíritu de los viejos, por ahí, por ahí pasaba el pan fresco, Norma. Es como si sintiera su aroma en las burbujas del recuerdo.

Susurro de los molinos de viento XXI - Las cartas de La Esmeralda

La Esmeralda, vehículo con nombre de mujer o de aquel barco del que tanto habla la historia chilena, era parte de la vida de la calle, de ese pueblo legendario que ya no es desconocido en el resto del país.

Susurro de los molinos de viento XX - El teatro de los Campitos

Los Manchados eran mala gente. Difícilmente se llevaban bien con alguien. Cuando los recuerdo, pienso que ningún vecino los quería. El Manchado Viejo, La Manchada y El Manchado Joven.

Susurro de los molinos de viento XIX - Perico “Patefierro”

A veces, Norma, retrocedo en las décadas y me proyecto a lo vivido. Me veo en la calle jugando a las bolitas con el Perico “Patefierro”. Un muchacho alto del pelo crespo, bien ensortijado, trigueño, ojos verdes. Como cualquiera de aquellos alumnos de la escuelita que no tenía muchos recursos económicos, él iba a clases descalzo.

Susurro de los molinos de viento XVIII - Hombre de la tierra

Por momentos, Norma, tenía la impresión de que los viejos nuevamente andaban por la calle Caupolicán. Que pasaba don Daniel Cortés montado en el macho tordillo, acompañado de alguno de sus hijos, mis grandes amigos: Ñelo, Beto o Manolo. Don Daniel fue siempre un hombre de campo, trabajador, amante de las siembras y los animales.

Susurro de los molinos de viento XVII - El tiempo siempre vence

Es que los viejos se fueron, Norma. Se fueron porque el tiempo siempre vence, y te prometo que se me humedecen los ojos. Siento que se cansaron de vivir o simplemente les llegó la hora. Vivieron largamente, impulsados por el aliento de los años, pero nunca lo suficiente para impedir la pena que se me viene. Cada uno se fue con su propia historia que nadie más podrá volver a vivirla.

Susurro de los molinos de viento XVI - La vieja se fue

Hoy estoy triste, Norma. Es que a veces la pena llega algo así como el tajo de una daga, como aquella tristeza que se siente cuando nos proyectamos en el recuerdo. Entonces, quizás, no comprendemos el absurdo mundo, el mierdero que llamamos existencia.

Susurro de los molinos de viento XV - El Soldador

La noche en que se suicidó el Flaco Herrera frente a la iglesia, el hombre que se ganaba la vida tapando huecos y componiendo utensilios usados, se despertó asustado. El estampido había sonado seco, inusual en medio de la oscuridad.

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