columna de Ivan

Susurro de los molinos de viento XIV - El profesor de escuela

Pienso que eran otros tiempos, Norma, pero la calle sigue respirando antigüedad. Por esa misma calle se asomaba un camión celeste marca Ford F-600 del Ñato Gallardo, para seis toneladas pero lo cargaban con ocho.

Susurro de los molinos de viento XIII - Don Chuma

A veces pienso que a los punitaquinos los bautizaron con vino, Norma. Parece que estuviesen secos por dentro como si se hubiesen comido un saco lleno de arena y para remojar el estómago necesitaran tomar gran cantidad de líquido, beben pisco, vino, cerveza, llenan generosamente las copas para vaciarlas una tras otra en las noches de farra.

Susurro de los molinos de viento XII - Los bebedores y el farolero

La calle sigue hablando, Norma. Por esa calle andaba el Paco Negro. Al parecer era un carabinero jubilado de otros tiempos, de ahí el sobrenombre de Paco. De la piel bien oscura, en ningún caso mulato ni descendiente de raza negra, pero así era el Paco Negro. Bebía mucho, siempre se lo veía con tragos, el ceño fruncido como si estuviese enojado.

Susurro de los molinos de viento XI - Don Ramón, el anticuario

Don Ramón Luis Cevallos, que también vivía en el Barrio de Arriba, se me antojaba con olor a tiempo. Como las cosas que guardaba. Era algo así como el anticuario del pueblo, Norma. Vivía a una cuadra del sitio que escogió el Flaco Herrera para el momento final. Ahí tenía una casa grande cuyo terreno casi colindaba con la capilla.

Susurro de los molinos de viento X - Los de arriba y los de abajo

¿Te acuerdas de don Ramón Luis Cevallos, Norma? Era el anciano con olor a tiempo que vivía tan cerca de la iglesia y a una cuadra de la plaza con árboles de acacias y cerca de pinos. Con un kiosco grande en el centro sobre el piso de cemento. Ahí eran los bailes de año nuevo, de carnaval con orquesta, iba toda la familia, grandes y chicos.

Susurro de los molinos de viento IX - El tío Carlos y la tía Elena

Al tío Carlos lo conocí viejo. Era menudo, delgado, severo y meticuloso. Había recibido el legado de una habilidad increíble. El hombre podía hacer una llave artesanalmente, casi al ojo, le bastaba con copiar el molde en un trozo de jabón y el asunto era pan comido. Cogía la lima y comenzaba a gastar el hierro, con paciencia envidiable.

Susurro de los molinos de viento VIII - El perro de Matilde

Siempre he pensado en la calle de mi pueblo habla, Norma. Contigo la hemos visto en plena noche, oscura, de repente salía una sombra por la puerta de una casa, y tú me decías: “es don Wenceslao que sale donde la viuda Edelmira.

Susurro de los molinos de viento VII - El Piloto

¿Y qué será de El Piloto, el amigo de Waldo? El Piloto estará empapando con pisco la pena que lleva por la muerte de su padre que se quedó entre los hierros retorcidos de su auto en un accidente de tránsito.

Susurro de los molinos de viento VI - La tía Mandunga

De mi abuela paterna, ni me acuerdo su nombre, Norma, porque se fue a la tumba con el segundo parto. Pero sé que tuvo una hermana que me parecía increíble: la tía Mandunga.

Susurro de los molinos de viento V - Mi viejo y mi abuelo

Mi viejo, Norma. Era un gran conversador, pero un día no amaneció. Y te prometo que sentí un nudo terrible en la garganta cuando me lo contaron. Comprendí que nunca más oiría su voz, sus historias.

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