Columna personal

Ali Babá

Podría llamarse de cualquier forma, pero en mi fuero interno le llamo por su actividad más reconocida: ladrón, porque aquel que arrebata, sustrae, afana, hurta o roba algo, se le denomina así desde tiempos inmemoriales y naturalmente este ovallino, profesional del engaño, no es como aquel que acompañó a Cristo, porque dadas sus habilidades le podría dar lecciones a Barrabás, para que no se arrepintiera.

Podría llamarse Pedro, Juan o Diego; Jonathan, Bryan o Segismundo, es lo mismo y da igual; este pillo de siete suelas es tan hábil que al que sorprende descuidado lo desvalija como si fuera un carterista internacional. No es que saque las billeteras o la plata desde los bolsillos de sus víctimas, por el contrario, es tan hábil con su dichos y palabras, que primero las embauca y enreda con cuentos más largos que los de Las Mil y Una Noche, y luego, con tretas dignas de un malabarista hace el trabajo fino: en algunos casos pide el “adelanto” de una remodelación que nunca termina o bien, sufre de alzhéimer a la hora de pagar cualquier cosa. Inexplicablemente se le olvida lo que debe. Muchas veces jura por su madre y por todos sus ancestros que lo que se dice de él no es cierto, sino maledicencia de personas que algunas vez estuvieron cerca suyo, a los que menciona con nombre y apellido, por lo tanto, sus víctimas caen redondamente entre sus hábiles dedos de “lanza” internacional. Ni siquiera se escapó de su habilidad su amigo de la infancia, el que ilusamente esperó por más de un año, que le pagara el/los arriendos que le debía. Tampoco se escapó de sus tretas aquel fulano, que en un acto de buena voluntad le prestó su vehículo, por poco no lo pierde para siempre. Ni hablar de la pobre viejita de Iquique, a quien –gentilmente– le cobraba el arriendo de su casita y se lo guardaba tanto, que podía pasar un año entero, sin que ella viera un peso…

La última que supe de este fresco, que se pasea por Ovalle haciéndose el “invisible”, porque en varias esquinas tiene una “animita” esperando la vela prometida, es que habiéndose “provisto” de un talonario de cheques - naturalmente ajeno - se ha dedicado a repartirlos por diferentes lugares, con el resultado lógico de que, al ser cobrados, “rebotan” en el Banco de Chile y salen del mismo modo hasta la Plaza, con tremendo timbre de “orden de no pago” en el dorso. Es tan hábil que hasta “vacunó” con un par de cheques, de alto valor, al instituto donde estudia su hija y a un comerciante automotriz le hizo igual faena, al comprarle una moto con un cheque a “unos días”.

Como dice Yerkopuchento “arriesgo demanda”, ay ¡cómo me gustaría!, tal vez así yo pueda recuperar el estuche de cuero que contenía mi talonario de cheques, ese mismo que sustrajo desde mi cartera y que, hasta el momento le ha servido para pagar deudas (¿?). Al menos eso espero.

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