Columna personal

Sueños de versos y prosa

Sus manos rugosas, ásperas y salpicadas de mil suciedades alzan la piedra y la estrellan una y otra vez sobre la plana superficie de la vereda, que se defiende de la agresión generando chispas. La piedra tiene el tamaño de un puño y con ella intenta partir un pequeño coco, que se le escapa por entre los dedos. A su lado y casi oculto por los harapos que lo cubren, hay un tarro ennegrecido de hogueras nocturnas, que contiene el lechoso líquido –remedo de sopa– que ha perdido su calor hace ya un largo rato. Con la intensidad y obsesión de un niño golpea y persigue el coco y sus golpes hacen eco en la vereda donde se ha sentado a merendar: sopa, mendrugos y este raro y difícil manjar, que un pequeño le ofreció ocho cuadras más arriba.

El largo pelo le cubre los hombros y parte de los ojos; más parece un manto ceniciento que lo abriga entero. Las calles, veredas y portales son su hogar, su casa, su vivienda. Conoce todos los rincones aptos para darse una siesta, sus vivaces ojos los descubren de inmediato, a la primera pestañada. Su cuerpo huesudo y pequeño se cubre parcialmente por un abrigo de color ambiguo y bajo él un engendro de harapos y trapos, más papeles de diarios que lo protegen de la fría llovizna nocturna.

El cielo tan lejano y poblado de estrellas es la ventana de su noche; el sol le entibia los huesos y es el amigo cálido de sus lastimeros días. Días de sol y de hambre, mientras más bello es el día…menos manos se tienden para ayudarle. Cuando la lluvia cae, azotándole irrespetuosamente, camina con sus pilchas mojadas, y las alas vueltas de su sombrero – opaco reflejo de su pasado- y busca con afán el muro exterior de la panadería, allí donde el horno del pan, generoso, comparte su calor con el muro y él se aprieta a su vieja cal para recoger esa tibieza.

El panadero grita denuedos al interior cálido de la panadería y él lo escucha la noche entera. Sabe que muy temprano saldrá con sus primeras canastas de pan crujiente y dorado; para cuando cargue el segundo canasto…tomará un puñado de pan y los dejará caer casi húmedos en su regazo, como si fueran el maná del cielo, entonces su día comenzará bien. Luego saldrá la mujer del frente y le dirá: abuelo, aquí está su tecito. Él extenderá su jarro y ella lo colmará con el hirviente y aromático brebaje y a espalda de sus patrones le entregará un puñado de fideos, arroz o harina. Como si fuera oro él los colocará en la bolsa y comenzará su peregrinar diario. Sus ajados zapatos se arrastrarán camino a la Caleta de pescadores y allí, manos toscas y brutas compartirán migajas con él.

No faltará el pescador que habiendo tenido una buena noche, le dará unas pescadas y él, con dificultad, les quitará las espinas y la piel, para después – en el sitio baldío que alguna vez será un parque - hacer una fogata para freírlos.

A medida en que pasa el día sus ojos vagan mirando la Caleta y su actividad incesante: van y vienen los faluchos, los pequeños botes y también las gaviotas y los pelícanos, que al igual que él, esperan la limosna de los hombres de mar. Mientras mira el quehacer de la caleta, su mano rebusca en su bolsillo un papel, está protegido por un viejo pañuelo. La escritura ha perdido –con los años- el color brillante de la tinta azul-negra, pero ahí está impreso y gritando siempre lo mismo: un odioso adiós!

Nadie puede soñar siquiera lo que dice el papel, mas él con sólo mirarlo hace brotar en su memoria cada palabra, que como un cuchillo vuelven a desgarrar su piel, su mente y su alma. Ella – ese día- se fue y cuando él regresó a su casa sólo encontró la carta. Su dolor fue tal que quedó vacío, no había nada en la vida que alimentara su espíritu, nada que le diera una razón para vivir. Sin ella…nada valía la pena!

Pasó días y semanas pegado a los visillos de las ventanas de su hogar, esperando verla llegar. La gente de los alrededores comenzó a llamarle “loco” y nadie comprendió su dolor, poco a poco fue perdiendo todo lo que tenía, incluso sus libros, esos tesoros literarios que había logrado coleccionar mientras enseñaba. Un día lo desalojaron, sólo tenía lo puesto: su abrigo, su sombrero y esa carta que mató su alma.

De un día para otro se encontró vagando por las callejuelas oscuras, sucias y pestilentes. De tarde en tarde manos amigas le tendían una ayuda; no faltó el que le proveyó de vino, áspero y tanino que enturbió aún más su débil mente. Cuántas veces cayó empapado de alcohol en algún oscuro portal, sin que nadie se acercara y en sus desvaríos recitaba viejas poesías, versos que hablaban de amor que él ya no tenía; vida, que él ya no quería; amigos, que le volvían la cara.

Un día un hombre que alguna vez fue su alumno lo rescató de la calle. Le llevó a un asilo donde lo alimentaron y cuidaron. Durante un tiempo su vida tuvo algo de verdad y pureza, pese a que en su interior persistía esa pena que le corroía el alma. Quizás por ello un día dejó el calor del hogar de ancianos y volvió a la calle, queriendo tal vez en un esquina volver a encontrarla. El destino fue cruel y su sueño realizó, sentado en la puerta de una gran tienda, levantó los ojos y ella, bella, orgullosa y despectiva extrajo de su bolso una moneda y la dejó caer sobre su palma…

Se quedó estático, mudo, impactado y la siguió con la mirada. Quiso emitir palabras, preguntar, exclamar, llorar….Ningún sonido estalló en su garganta y ella se alejó…sin haberle visto.

-¿Quién nota a un mendigo?

Volvió a arrastrar su cuerpo por las calles y la pared de la panadería nuevamente le entregó el calor que el mundo y su mujer le habían arrebatado. Su mente saturada de alcohol dejaba escapar frases que hablaban de los sueños de verso y prosa, de un viejo y demente profesor de literatura.

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