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Ganado Caprino o Las Cabras de Ovalle

Mamífero rumiante doméstico, con los cuernos huecos y vueltos hacia atrás, descripción formal que el diccionario hace de estos nobles animales que pueblan los faldeos más recónditos de Ovalle; comuna armada sobre el anclaje de decenas y decenas de pueblos, caceríos, viñas, casetas, maizales y esperanzas. Entre tanta grandeza y sencillez, van ellas, las cabras ovallinas, ramoneando hierbas silvestres, que el vientre de nuestros cerros regionales libera en la misteriosa y claro-oscura jornada de la vida.

Con su breve rabo enhiesto, escalando empinados riscos, auscultando cada centímetro cúbico del terreno, van nuestras cabras extrayendo desde el suelo vital y, por entre las piedras, el jugo secreto que su mamífero y carnal organismo, transformará en leche para queso. ¡Queso de Cabra, Señores! Destilado en el rústico tablón donde el abuelo dejó caer, silencioso, sin que nadie lo supiera, la lluvia torrencial de sus prístinas ilusiones.

Quien busque tesoros en Ovalle, los encontrará a raudales, son las infinitas perlas negras que, cuales cuentas de ébano, nuestras cabras van diseminando por todos sus caminos, senderos y escondites. No existe rincón rural de nuestros valles, que no haya sido enriquecido con este fertilizante; gracias a él crecieron tomates, uvas y melones: gracias a él habrá mañana para Ovalle.

Al atardecer, junto al plácido regreso de los queltehues, cimbrando sus angostas caderas, con su irreductible concierto de erectos rabos, balando inagotable, regresa también la majada a su corral -de pirca-; con sus diminutas ubres cargadas del zumo vía lácteo, han venido las madres, pegados -como lapas- a los cristalizados pezones, está la pequeña descendencia. Es la hora en que el suave vientecillo de la tarde se impregna a pelambrera transpirada; hora en que las churrascas se retuercen en la parrilla del brasero y, cae una hoja más desde el atávico calendario de los siglos ovallinos.

Con sus astas enroscadas, los machos cabríos que inspiraron las jornadas de Sófocles y Esquilo, aquí en el redil de piedras, bajo los cuatro latones de tambores estirados, con su instinto izado hasta el tope, cual bandera de bergantín crucero de todos los océanos del tiempo, arremeten desaforados... buscando fragancia de hembra, para dar continuidad a su cepa genética. Cacharpaya, dirán los hombres del trapecio andino: canción de fin de fiesta... Sí, porque los últimos rayos del sol están cayendo oblicuos sobre el arco del hemisferio y, en pocas horas más, la vida ¡la vida cantará entre grillos y renacuajos, para amanecer a un nuevo sol, otra vez... cuajando circular... entre peras y futuros!

Lejos... muy lejos, comienzan a encenderse las luces de neón, para alumbrar la noche de otros ovallinos, que desterrados de sus cabras podrán acariciar, sólo en la memoria del alma, el almendrado brillo de una mirada caprina. Cruza la noche con su elefante de sombras, pasa por Tulahuén, Huamalata, Sotaquí, La Chimba, San Julián, Canelilla, Punitaqui, Las Ramadas, en fin, y vuelven Las Cabras de Ovalle a derramar su doble pendiente de orejas, por los faldeos de tanto cerro engarzado a la Perla del Limarí.

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