Columna personal

Abigeato Vecinal

Abigeato Vecinal

Fui al pueblo de siempre, en el que las rancheras hace rato ganaron la guerra contra las cuecas, si es que se puede decir que hubo guerra claro está, porque creo yo, fue un asalto y toma de los espacios; sin embargo, y luego de hablar con extranjeros, me han aclarado que la ranchera que se escucha en Chile no es mexicana, si no más bien chilena, típica por su pésima pronunciación, musicalmente sin virtud. Algo así como los completos que le ganan a las empanadas, pero que ningún gringo reconoce como hotdogs: llevan palta, mayonesa, tomate, por lo tanto, terminan siendo un producto como la ranchera, de origen folclórico chileno.

Pero el tema que quiero contarles es otro, acerca de la anécdota más extraña que me pudo pasar el año pasado.

Fui a pasar el 18 con don Samuel. Como el hombre tiene animales de corral, prometió matar los suficientes para que ningún cercano se quedara sin comer cabrito asado. Y tal fue su generosidad, que parientes, amigos, vecinos, conocidos y desconocidos, comieron cabrito. Mató cinco… cabritos.

Pero los asados no solo son de comer, también de tomar, y a veces más de lo segundo que de lo primero, por lo que el recuerdo mismo del evento, suele distorsionarse en los relatos de boca a oído.

En el pueblo se empezó a correr la voz de que don Samuel había auspiciado uno de los mejores asados de las últimas fiestas patrias que se recuerden. Se contaba que, como siempre, don Samuel había cumplido su palabra y se consolidaba como uno de los hombres más creíbles de la zona. Algunos vivarachos lo querían relacionar con propias intenciones políticas, pero se sabe de antemano que, ante alguna sugerencia de ese tipo, don Samuel respondería con una certera grosería a quemarropa.

Ya en la penúltima noche del largo fin de semana, muy pocos querían probar carne de cabrito, excepto los hermanos Mundaca que venían de una presentación en Santiago. Ellos forman un trío musical que canta rancheras: dos guitarras y un acordeón, aunque suelen bromear que son guitarra y media, porque básicamente el menor de los hermanos usa el instrumento de adorno, su gracia es cantar.

Luego de hacer su show en la ramada, con el hambre acumulada y aumentada por los relatos de los asados de don Samuel, con la cabeza fuera del sombrero por la chicha, los hermanos Mundaca declararon que si ellos no habían comido cabrito, no se podía decir que todos comieron y, entre broma y reclamo, una vez terminada la fiesta, partieron como a las cinco de la mañana a exigir parte del asado prometido a la casa de don Samuel.

Yo me los encontré en la calle, arreándose unos a otros, para que el más valiente o el más borracho se atreviera a enfrentar al viejo. Lo curioso de la situación y mi incansable afán de cazar historias, me hizo seguirlos y medio acompañarlos, tenía la confianza de que llegarían a la casa de don Samuel, pero no serían capaces de nada.

Me equivoqué, porque si bien no fueron capaces de despertar al dueño de casa, sí osaron meterse al corral y sacar un cabrito.

A tirones con él, salieron a la calle y habiendo caminado unos postes de luz que ya se volvían inútiles, al menor le entró el arrepentimiento y se quiso devolver.

Ahí, en medio de un solitario camino que nace y muere entre dos lomas de cerro, sucedió la larga escena de adrenalina emborrachada. Se las relataré en presente para fines de participación lectora:

Carlitos, el menor se despabila lo suficiente de la borrachera como para darse cuenta que se aprestan a cometer una estupidez digna de canción. En una mano, un cacho naciente del cabrito; en la otra la guitarra en su funda rígida que ya acusa rasmillones contra la pirca que sus hermanos mayores usan de baranda.

Claudio, el del medio, con la pantorrilla afirma al animal (o al menos es la impresión de lo que pretende, ya que el cabrito, manso y regalón, no se mueve), con una mano sujeta el tirante en el que cuelga su acordeón y con la otra se apoya en la pirca polvorienta; de su sombrero solo queda la marca del pelo aplastado sobre las orejas y en la frente.

Camilo, el mayor, lucha con su estómago y lo que este le reclama a borbotones tintos. Dejó su guitarra y su sombrero con una china de la ramada, lo que le permite recriminar a sus hermanos por andar con los instrumentos percutiéndose. Intenta en vano no ensuciar sus botas y se preocupa de empujar, entre cariños y patadas, al animal sentenciado.

Yo los miro de cerca y me lamento por no tener la cámara para tratar de captar la gracia que quizás se me escape al escribir la escena.

Luego de la lenta caravana y de haberse devuelto un par de veces, se allegan a la sombra de enorme sauce llorón, patean bolas de papel higiénico, latas de cerveza, cartones de vino y tratan de habilitar una improvisada junta de piedras con hollín que acusa fuego extinguido hace meses.

Camilo pregunta por la cuchilla.

¿Cómo lo vaiʾ a matar acá, hombre? –Responde y pregunta Carlos con un tono represivo, pero respetuoso.

Ah, gancho, si vinimos a comer asaoʾ pueʾ. Junta leña no más, yo lo carneo de una sola patáʾ. –Responde Camilo mientras busca el equilibrio, metiéndose la camisa dentro del pantalón.

El Claudio se queda dormido sentado en un tronco y abrazado al cabrito.

Carlos me mira como buscando ayuda, yo levanto los hombros. Pienso llevarme el animal, pero antes hay que convencer al mayor de los hermanos quien, irresoluto, afila una cortaplumas suiza en el canto de una piedra quebrada.

Oye, Camilo, ¿cómo lo vaiʾ a colgar si no tenís soga? –Le digo como tratando de meter la imagen de lo ridículo de su idea, sin que suene a que trato de convencerlo de que no la haga.

Así no más… –Me dice y escupe un hilo de baba ya frío que hace rato le colgaba de la boca morada, se limpia con la manga y apura a su hermano menor.

Trae el bicho pʾacá, Cayuco.

Que no vihʾ que taʾ durmiendo con el Camilo ¡oh!. –Reclama el muchacho. Yo casi no aguanto la risa y, a pesar de la escasa solemnidad del acto, estoico, resisto la tentación.

El cabrito, abrazado por el más borracho, espanta moscas con su cola corta, mientras come hojas tiernas, imperturbable, inocente y condenado.

De una empujada de pie, el mayor despierta al dormido y tironea al animal. Me da la idea de que lo va a matar a puñaladas, siento que ya se convierte en una cuestión de honor propio, entre curado y conciencia. Está claro que no van a comer asado y que el Claudio no se va a despertar, pues cayó a un lado y, abrazando el acordeón, adopta la más absoluta de las siestas.

Me doy cuenta de que el deber obrero del ranchero cuchillo en mano, es el destino de un asunto pendiente, de un “no dejar las cosas a medias”. Y sin esperar, intervengo: ya conozco bastante a los borrachos para saber que no se les debe contrariar, por lo tanto, agarro al animal en actitud colaboradora y me hago el que busca un alambre o algo para amarrarle las patas.

El desconcierto del matarife, ante mi emergente pujanza, me confirma que voy bien:

En ese tronco poh gancho. –Digo y apunto un lugar.

Pérateʾ que voy a despejarlo un poco. –Dice el Carlos, como entendiendo mi idea y sobreactúa aparatosa la operación.

Taʾ muy flaco el que escogieron. –Planteo como con lamento y miro de reojo al Camilo, buscando indicios de reacción favorable.

Pero el Camilo no asimila nada y agachado empieza a buscar un buen lugar en la garganta del cabrito para operar a tajo ciego.

Vaiʾ a chorrearte las botas con sangre. –Le digo, pero él interpreta como una imposición el tono de mi frase y de un gruñido me contesta:

Ustéʾ callaoʾ no más, mire que nadie lo invitó al asaoʾ. –Y me mira severo, esperando que suelte el animal para cumplir con su plan.

Me paro sin mirarle la cara, lo que menos pretendo es que se sienta desafiado. Conformándome con mi intento de ayuda, me sacudo la ropa y cuando me enderezo veo a un Carabinero que, al parecer, hacía rato que observaba todo.

Me fui preso. Estuve 10 horas en un calabozo, me aprendí varias canciones pues a cambio de una cervecita paʾ la caña, el trío interpretaba rancheras para el Carabinero de guardia que era fan del grupo (le autografiaron un CD pirata).

Don Samuel se enteró del incidente y fue a retirarme. Llevó, además, una olla grande con carne a los hermanos.

La vergüenza no amilanó el hambre. Hasta el Cancerbero verde se puso a comer cabrito al jugo y, contento con su propia ramada institucional, me prestó el teléfono para sacar una foto.

En ella aparezco con sombrero ranchero, sonriendo con unas costillas de cabrito en las manos. Después supe que era la primera foto que tomara don Samuel en su vida.

Esta es la portada de nuestro próximo disco. –Dijo el Camilo. Cuando yo pensaba que era un chiste, sus hermanos levantaron las tazas con cerveza y contestaron: ¡Salud!, aprobando la idea.

Me dijeron que en el CD que los hermanos Mundaca venden en la Alameda, hay dos canciones respecto a la situación, una habla del cabrito y la otra, del Carabinero. No las he escuchado, pero la vida es maravillosa y no descarto que palʾ próximo 18, me las aprenda en un calabozo, junto a tres borrachos con uniforme ranchero, un Carabinero con leyes propias y yo, acusado de abigeato vecinal.

“Condenado caminaba en cuatro patas
No esperaba en la mañana su perdón
El cuchillo se acercaba a su garganta,
pero un paco lo salvó del paredón”

“Asado de cabrito” Canción n° 8
CD “Rancheras de Los Hermanos Mundaca VI”
Sello independiente.

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Comentarios

Comentario: 

Muy buena … Me parece digna de registrar en algún libro
de nuestra identidad cultural regional…

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