Columna personal

Piel oscura

Su tez es tan obscura como brillante, de cuerpo delgado y estatura media. Luce un desgastado gorro de lana, que ya perdió su color original y la también su forma. Viste una polera de manga larga, que tuvo en el pasado un color azul, hoy desteñido por el sol, el viento o la lluvia. Sobre ella una suerte de chaleco delgado a rayas, que sin lugar a dudas no es de su talla, unos pantalones manchados de tierra que podrían haber sido de cualquier color, por el momento se ven café. En sus pies unos zapatos de reno, viejos y deformados, acompañados de calcetines difíciles de catalogar.

Sonríe con facilidad, enseñando unos dientes blancos, casi albos para su cara, tiene ojos oscuros y bonitas pestañas, que se baten como mariposas. Si él estuviese en una revista, sería un modelo negro de alta costura, pero es sólo un peón o más bien un trabajador de la construcción, que esgrime una picota rompiendo el duro suelo para cavar una zanja. A su lado otro hombre joven, tan oscuro como él, pero mejor vestido, lleva un polar color beige, que se ve en buen estado. Cubre su cabeza, al igual que el muchacho, con un gorro de lana que se apoya en sus gruesas cejas y sonríe…

Llueve, llovizna a ratos, hace frío. La cordillera y su nieve están cerca, se la puede ver y sentir el frío de su manto blanco, y ellos le dan duro a la picota y a la pala, hasta que sus frentes se perlan de transpiración. Parecieran disfrutar de lo que están haciendo, su jefe me dice que son muy trabajadores y también alegres, que saben del tema… es decir han trabajado antes en algo parecido.

Me cuenta que a falta de personal, les vio en la calle y les ofreció trabajo y un salario diario, ambos estuvieron dispuestos de inmediato y comenzaron a picar el piso de una casa a la que había que cambiar la alfombra por flotante. A esa hora del medio día, cuando todos los maestros de la construcción se concentran en su “vianda” ellos esperaron sentados a que se reanudara la pega… no tenían “vianda ni choca”, sólo el estómago pegado a las costillas.

El jefe de obra movió la cabeza con tristeza y me dijo: les fui a buscar una colación, no se imagina ¡cuánto abrieron los ojos ni con qué ganas comieron!

Son haitianos y agregó: llevan muy poco tiempo aquí, desconocen el idioma, la ciudad, las costumbre, ¡todo! El frío de estos días los traspasa, no tienen ropa para abrigarse; ellos vienen de un clima cálido donde no necesitan bufanda ni gorro de lana… y donde la naturaleza provee de frutas, que palian cualquier hambre.

Y continuó: supe que viven en unas casuchas, que pagan 100 lucas de arriendo, que no tienen baño, ni agua ni electricidad, imagínese señora, la vida de estos pobres.

Entonces recuerdo que, en las redes sociales piden ayudar con ropa de abrigo a la gente en “situación de calle”, y me digo, también de estos muchachos que juntaron durante mucho tiempo el dinero suficiente para el pasaje en avión y se vinieron en búsqueda de una vida mejor… a un costo que no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

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