Columna personal

Los Cancerberos de Huamalata

Hoy he contemplado el mar de Antofagasta contra la bruma milenaria y, nuevamente, han ladrado los cancerberos de Huamalata… en los portones del alma; lo han hecho mientras la lluvia torrencial caía infatigable sobre las calaminas del ayer. Se ha tratado de un ladrido gutural que sigue taladrando los pulmones del orbe, y se acerca con su mirada de lobo infalible… cual aluvión de aguas ardientes… inundando las llanuras interminables del pretérito imperfecto de todos los verbos, porque más allá de los modos y las conjugaciones ha sido el recuerdo de mis perros, el que ha rugido otra vez, en la estepa más profunda de mi memoria: Duquesa, Gaucho y Rondán; aunque no haya en los cementerios del mundo una lápida, cuyo epitafio cante vuestros nombres contra el vendaval del olvido, he aquí vuestro homenaje, mastines o guachimanes de mis embarcaciones primeras.

Aún permanecen en las radas de mi olfato, los salvajes escarpelos de vuestra sangre, valientes defensores del territorio rural en que Don Celestino Gaete, estableció su estado mayor, para enfrentar los duros embates en la tundra de la vida. Fuimos su familia, pequeño ejército de amor respirando esperanzas bajo la ramada sideral de las constelaciones. Al anochecer, cuando los tiuques dormían guarecidos en los altos follajes del eucalipto, y los búhos anunciaban el advenimiento imperial de las sombras, entonces, mis perros, asumían en plenitud la defensa de la primera línea, ¡Oh !… vanguardia septentrional defendiendo los límites territoriales del diminuto imperio: gallinas, chuzos, cuñas para partir la leña, azadones, picotas, serruchos, martillos y tambores para el acopio de agua, arsenal indefectible en la durísima jornada de cada día.

Esos perros inolvidables blindaron el sueño de mi infancia, comandados por Rondán, el macho alfa del pequeño pelotón, rango adquirido por irrefutables determinaciones de la naturaleza, expresas en el sintagma de su texto genético: más alto, más largo que todos, más guapo, mayor peso, mayor potencia en la mandíbula, propietario de un ladrido portentoso, cuyas ondas sonoras estremecían el epitelio nocturno del pueblo añorado. Al decir del gran Darío: formidable toqui, “capaz de desjarretar un toro y estrangular un león”. Rondán… aún aúllas en los túneles de mi memoria, íntimo reducto donde guardo mis juguetes primeros, aquéllos que se tiñeron con la tinta inocente de las primera edades, desde allí… desde allí, vuelven a mirarme tus ojos de pimiento y espiga, porque no hay muerte en las praderas del amor, en ellas la hierba se regenera incansable, como las estrellas en las llanuras del cielo.

Duquesa fue la madre de todos mis mastines, pequeña almendra cuadrúpeda derramando vida por su doble fila de pezones, cual loba mitológica alimentando frente al río del tiempo… a los fundadores-guardianes de la Roma-Huamalatina; aún te veo, por entre los lluviosos cristales de la nostalgia, rifada a la valentía de tu pecho, acompañando a tus críos en la dura batalla de espantar los famélicos asnos, que amenazaron la siembra. En tu vientre, Duquesa, seguirán creciendo las camadas del mañana y, aunque nunca fuiste callejera, sé con Alberto Cortés, que tu “filosofía de la libertad, fue ganar la tuya sin atar a otros y sobre los otros no pasar jamás y, aunque fuiste mía, no reconociste dueño… que condicionara tu razón de ser… libre, libre como el viento… fuiste” Duquesa mía, mía y de mi padre, que te adoptó, por eso, bajo las estrellas te dormiste eterna, pero no tendrás olvido en mi corazón.

Coterráneas y coterráneos desperdigados por las tundras del mundo, amigos y hermanos en la madre tierra, sé que muchos de ustedes llevan en las alforjas de su viaje, la memoria de sus perros ovallinos, aquéllos que protegieron y acompañaron el temeroso sueño de nuestra infancia; homenaje para su fiel compañía, ejemplo incluso de irrestricta lealtad e incondicional entrega. Cómo nos duele verlos abandonados por la intemperie metropolitana de las grandes ciudades, cómo nos estremece su mirada de niño triste y perdido, más de alguna vez hemos regresado a ofrecerles un mendrugo que calme, aunque sea por un instante, su mortal desgarro. Algún día regresaremos con ellos ladrando alegres otra vez a los patios de nuestra infancia.

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Comentarios

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Estimado Josè:
Leí nuevamente a los Cancerveros de Huamalata,exelente el homenaje a tus mastines,son muchos los Rondán,Duquesa y Gauchos que siguen siendo fieles defensores de sus amos y sus tesoros.
Sin duda los ladridos de muchos de sus descendientes siguen retumbando en Huamalata y alrededores.
Un abrazo afectuoso
Roberto A.

Comentario: 

lo han hecho mientras la lluvia torrencial caía infatigable sobre las calaminas del ayer.

Sin duda un viaje al Huamalata del ayer„,
Saludos cordiales,

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