Columna personal

Carmencita de Alcones

Carmencita de Alcones

Carmencita era de Alcones, un villorrio muy amigo de los vientos. Muy trabajadora, muy humilde, muy como la gente de Alcones. Y como tal tenía sus propias palabras, las que usaba tan cotidianamente que formaban parte de lo que los humanistas llaman identidad.

Al comienzo de nuestra convivencia, cuando recién la Carmencita había llegado a la casa a trabajar, nos parecía muy particular y divertida su folklórica forma de hablar, sin embargo, con el tiempo fue perdiendo la gracia, y a pesar del inmenso cariño, y en parte creo yo, a que ya era como de la familia, empezamos a repararle el hablar.

Y de una forma u otra, la mayoría de los que habituaban la casa le corregían, y una de las palabras más repetidas era “quemante”.

Casi siempre, al menos una vez al día, cuando servía el desayuno, el almuerzo, las once o la cena, la Carmencita decía:

–Cuidado que está quemante. –Con su tono sencillo y alconino.

–Caliente Carmencita, se dice C A L I E N T E. –A veces a coro se le reparaba a la Carmencha.

Ella siempre sonreía como respuesta, incluso cuando alguna vez alguien se lo dijo de mal modo, cuando alguno de nosotros depositó en ese corregir alguna frustración, cuando en vez de patear la perra se nos ocurrió corregirle a la Carmen.

–Aquí está la sopa don Eduardo, y cuidado que está quemante.

–Caliente. –Contestaba la familia.

–Yo le digo no más. –decía la Carmencita.

Muchas veces pensaba yo, acerca del por qué la Carmencita insistía en usar las mismas palabras, y a modo de defenderla, me gustaba creer, que era una forma de mantener su costumbre, de traer un poquito de su patio hasta la casona ajena en la que vivía trabajando.

Se me ocurría que era parte de su modo de ser, y que ella no quería borrar, no quería convertirse en lo que eran sus patrones una tropa de soberbios que creían tener la razón en todo por el irrefutable hecho de tener educación, o por el irremediable asunto de ser los patrones.

Alguna vez la defendí, alguna vez quise empatizar con ella, simpaticé con su condición de minoría, me vino el amor por las clases sociales bases.

–Cuidado don Lalito que está quemante. –Me dijo cierta vez.

–Uy, si, está muy quemante Carmencita. –Dije apropósito y con mucho cariño para que no sonara a burla.

–Ahh esto si está bueno, –dijo mi hermana– ahora a este bruto también se le pegó el hablar como ignorante.

La mesa quedó en silencio, estoy seguro que la mayoría pensaba como mi hermana, pero por cariño jamás le hubieran dicho algo así a la Carmencita, ni a nadie, pues ellos que cuidaban los modales, no habrían denigrado a nadie de una forma tan poco elegante.

Yo me preparaba para defender a la Carmencha que se quedó de pie cerca de la mesa, con la bandeja en las manos esperando no sé qué.

Mi hermana agachó la cabeza como queriendo hundirse, y entre sus hombros levantados sorbeteó la taza de agüita perra que la Carmencita le había servido. Creo que con el nerviosismo, o la vergüenza, mi hermana no calculó bien y le dio un sorbo muy enérgico a la taza que humeaba.

–Ayyy, me quemé. –Dijo, mientras estiraba la trompa y se abanicaba con la mano.

–Está quemante, se lo advertí. Quemante, porque quema. –dio media vuelta con la bandeja bajo el brazo y se fue.

Nunca más se le corrigió a la pequeña y humilde mujer, y con el pasar del tiempo en la familia sus palabras se usaron en honor al agradecimiento que le llegamos a tener.

École. Quemante. Aquéloque. Chinchoso.

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