Columna personal

La Maldita Niebla

Niebla

Era una fría y oscura noche de invierno, cuando al rancho de doña Juanita, llego un pequeñín montando en un caballo negro y flaco, tan flaco que parecía que los huesos iban a romper su pellejo. El año había sido muy malo y las lluvias no aparecían por esta zona, no había una brizna de pasto por esos lugares. El niño se desmontó, con mucho apuro y con voz entrecortada dijo: “¡Doña Juanita, su comadre Petrolina murió, me enviaron a avisarle!”.

Doña Juanita recibió la noticia sin inmutarse, su comadre hacia días que estaba grave, la hernia se había roto y no fue al hospital, estaba en manos de un meico, que la curaba por un mal. Se santiguó y dijo: “Dios la llamó por buena y la tendrá a su lado”.

Doña Petrolina era viuda como ella, y vivía en el caserío de “El palo Quemado”; tenía cinco hijos, el menor, el Piluchito era ahijado de doña Juanita y había quedado de traérselo, como corresponde a una buena madrina para procurar su educación.

Llamó a su hijo Juanucho, de siete años, y le ordenó “anda a buscar la yegua torcaza, que está suelta en la encierra”. Este cogió un cordel, lo anudó en uno de los extremos y preparó la lazada como le había enseñado su padre, el viejo amansador, que hacía un año que había fallecido en un trágico accidente montando un potro chúcaro, se fue quebrada abajo por unos despeñaderos, sin ser desmontado y falleciendo junto al animal.

Juanucho salió con su amigo Domingo quien montaba un caballo negro, y pronto regresaron con la yegua Torcaza, ensillándola, la entrego a su madre, sin antes decirle “Mamá desde la quebrada del agua del Palqui, viene entrando la niebla, esa maldita, que cada vez que aparece de ese lado trae desgracias”. Su madre para tranquilizarlo, le dijo: “esa ya se llevó a mi comadre, no molestará más”.

Tomó su chamanto de lana y se abrigó lo mejor que pudo, montó su yegua Torcaza, subió a Juanucho, su hijo mayor, con una canasta con dos gallinas y otros alimentos, para preparar una buena cazuela y servirla a los dolientes, en el velorio de su comadre Petrolina.

Antes de partir, arropó a sus hijas, rezó un Padre Nuestro, colgó de la pared de quincha de su rancho un San Antonio Bendito, y sobre un cajón que hacía de velador, dejó un chonchón encendido. Sus hijas eran, la María de cinco años, y la Benedicta de dos, a las que les recomendó que el Santo velaría por ellas, que no tuvieran miedo, que ella regresaría al amanecer.

La llegada de doña Juanita al velorio, fue recibida con llantos y lamentos, las mujeres rezaban junto al ataúd y los hombres en el corredor conversaban en torno a un bracero, donde se calentaba un fondo de vino tinto y mucha canela, para pasar el frío. La niebla también había llegado al velatorio, sin ser invitada, produciendo una gran congoja entre los hombres, que estaban seguros que cuando ella aparecía del lado de la Quebrada del agua del Palqui, traía desgracias.

Cerca de las tres de la mañana, un niño llamó a los hombres, los hizo mirar hacia la rinconada de Huanillas, donde vivía doña Juanita. Se veían unos resplandores color naranja, como si hubiera fuego hacia ese sector.

Doña Juanita fue avisada sobre esta situación, y ella tuvo una corazonada, algo raro ocurría y lo mejor era regresar, montando su yegua Torcaza, con su hijo a las ancas, regresaron a su hogar a mata caballo, el aullido de los perros y el canto de las lechuzas presagiaban desgracias.

Al llegar, pudieron ver que del rancho nada quedaba, el fuego lo había consumido todo, y en la pieza de las niñas, solo había restos humeantes de un catre; sobre el colchón quemado, dos cuerpecitos abrazados, de lo que en vida fueron sus hijas, el chonchón se había volteado y produjo el incendio que arrasó con lo que fue su hogar y con la vida de sus hijas.

Doña Juanita, como loca gritaba y lloraba por la pérdida de sus regalonas, y Juanucho, solo atinaba a decir, “Cuando esa maldita niebla aparece de la quebrada de El Palqui, solo trae desgracias, ¡Maldita Niebla!”.

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