Columna personal

Ojos café, de una mujer y de un perro

El delirante relato acerca de un perro y una expolola. En una grabación de audio se plasmó el sentir y el pensar de un particular ovallino (como cualquier otro).

Lo interesante del relato es que el tipo empieza a hablar y de a poco se le mezclan las rimas y termina recitando.

A riesgo de ser juzgado como un desvarío de borrachos, se les presenta a los lectores de Ovallito.cl:

–He pensado muchas veces en eso de tener sexo en la calle, así como embobado por el placer de gozar la ausencia de vergüenza.

Que la perra de turno no signifique mucho esfuerzo o sacrificio sería lo ideal. Después claro, viene lo complicado. La situación atroz esa de quedarse pegado, a vista y misericordia de los siúticos, a gozo y paciencia de algunos morbosos. Pero, yo no soy perro. –Carlos se tapa los ojos y media frente con una mano, respira hondo en la pausa para empezar su discurso:

–Ese perro de ojos café cambió mi vida, aunque no fuimos muy amigos en el comienzo. Me acuerdo que mi expolola dejó que nos siguiera una noche que salimos del boliche, el ron como que le ablandaba su corazón de perra. Y apenas lo vió supe que se no lo iba a dejar irse. Esa noche, pasábamos justo por una de esas reconciliaciones que tanto le gustaban, yo creo que… por que en esas circunstancias me tenía ahí como un perro, enamorado, fiel y perdonando lo que fuera.

A veces pienso que esa mina tenía conectada la pasión de pareja con cierto sentimiento incontrolable por disfrutar de quien le daba lástima. Cómo yo algo cachaba de eso, le seguía el juego y sonreía mientras le decía muy poco convencido que no llamara al perro, si no, nos iba a seguir hasta la casa.

Tuve que armarle una cama con unas cajas de cartón y unos chalecos ahora que recuerdo nunca estuvieron tan viejos. El animal sabiamente se echó en silencio y con sus enormes ojos café miró tranquilo pero no muy satisfecho.

Ella esa noche por la lástima mezclada con el ron y la reconciliación quiso llegar hasta donde muchas veces antes me paró en seco.

Con el tiempo tuvimos que volver al pueblo porque el proyecto que armamos no resultó, perdimos mucha plata y mucho entusiasmo.

Ella a la casa de sus padres yo a la de mis abuelos. Lo único que siguió aumentando fue mi amor por ella, también creció la frialdad de sus besos.

El perro la seguía a todas partes, fiel, incondicional, siempre con esa mirada brillosa marrón que alcanzaba, compadre te juro, los límites más simples de la humildad. Ella lo trataba como a un pololo, osea, no necesitaba llamarlo para que el hueón siempre estuviera ahí, le bastaba un par de cariñitos para hacerlo infinitamente feliz y después fácilmente dejarlo en la puerta de la casa de su nueva aventura.

El perro echado en la puerta de la casa de alguien era clara señal de que esta mina estaba adentro. Fue así que me enteré que pasaba tardes enteras donde el Sergio.

Yo confiaba en ella… pero hasta mi abuelo, que no se mete con nadie y jamás opina una vez me llamó y me habló muy serio:

–¿y usted hasta cuándo sufre por esa bataclana de casco ligero?

Tarde me di cuenta que después, lo que más le gustaba a esa mujer, era la propia lástima, porque el Sergio la trataba como a una quiltra, sin valor, solo pal’ rato y pa’ mirarla con desprecio.

Ante tanta vergüenza sus padres la mandaron pal´ norte, pa’ que se olvide del tal Checho, antes que la embarre y se perjudique sin remedio.

El perro quedó como yo un par de meses antes, entero huérfano.

Y lo empecé a tolerar por la inconfesable esperanza que ella volvería y me agradecería por haber cuidado a su perro.

Pero no volvió.

Una noche trabajando en una funeraria, la encontré en el facebook, un poco más gorda y a punto de casarse con un viejo.

Yo digo que me metió el pie con bota en la llaga, no el dedo. Sufrí más que la cresta, Te lo digo en serio Me puse a tomar pa´ todo el año Como dice el Iván cuando canta ranchero

Una noche de borracho, terminé en un tugurio de pelea de perros, y unos tipos prepotentes me desafiaron a pelear el mío con el de ellos. Juro que no sé cómo llegué a caer en eso, tiré el perro al corral como quien tira un sentimiento pa’ que otro animal se lo destroce sin miramiento aunque me metí a rescatarlo ya estaba maltrecho, él muy herido me miraba con sus ojos, café, de perro, entre mis brazos, mis mocos, mi llanto, mis vergüenzas, mis quebrantos, mi dolor y mis espantos.

Se borró el mundo y lo llevé agonizando, hasta mi cama, esa noche, arropado como un santo. Se murió el perro, se murió mirando, y me morí un poco esa noche yo con él, rezando.

Desde esa vez no volví a pensar de la misma manera. reconozco que recuerdo, sus ojos, café, como de perro, sus aullidos… sus jadeos.

Otras veces veo su mirada en algún perro, yo camino no más y no espero.

Pa´ los errores grandes, creo, que yo ya estoy viejo.

Comentarios

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