Columna personal

Vivito y coleando

Hay historias universales que pueden suceder en Ovalle o en Ishbal, cuando terminé de escuchar la siguiente y pedí permiso para contarla en Ovallito.cl, me respondieron levantando los hombros, lo que interpreté como un “haz lo que quieras”, comprenderán que no puedo dar nombres:

Cuando se conocieron él estaba en una especie de experimento social, hacía el ejercicio de no hablar durante determinado tiempo sin tener que esquivar la rutina diaria mientras durara el ejercicio.

Podía estar en compañía de sus amigos por horas sin emitir palabras pero integrado a lo que significa compartir con gente.

El ejercicio al comienzo a mi me pareció descabellado, pero  tiempo después he tenido algunos intentos con éxitos parciales.

Ver una película completa sin decir palabras no es complicado, ir al supermercado y negar con la cabeza cuando le preguntan a uno por el rut, y asentir de la misma forma cuando se dona a los bomberos, permite experimentar ese leve placer de lograr un cometido que parece difícil.

Termina siendo un juego.

Cuando ellos se conocieron, él jugaba muy bien.  Algo que analizando a la rápida, puede sorprender a cualquiera, más si se sufre de problemas para callar, cuando se carece de eso que dicen son las habilidades sociales de comunicación.  Por eso al ver  el dominio que él proyectaba respecto a no hablar ni padecer por lo mismo le anduvo dando vueltas intensamente en su cabeza la primera semana.

Después de darse cuenta que pensaba en él tantas veces en el día se animó y se propuso a acercarse más la próxima vez que lo encontrara.

Fue así como una noche en que los amigos despedían a otro en un asado, se animó a permanecer toda la noche junto a él, sin hablar.

Pronto le sorprendió lo fácil que pudo permanecer libre de incomodidad, y se limitó a sonreír y a contestar con la mirada tal como él durante toda la noche. 

Se rió más que muchas veces y se percató que la mayoría de sus amigos buscaba autoconfirmarse a si mismo acerca de lo grandiosos que creían ser, contaban historias machistas en las que siempre salían vencedores  a través de su inigualable talento personal.

Si al comienzo sintió decepción por descubrir la estupidez de quienes le rodeaban luego asumió con humildad lo aprendido, se permitió tolerar el vanagloreo incesante de los ganadores egocéntricos.

Se sintió cómplice de una muy sana actitud, la de callar sin hacer juicios.

Simultáneamente, en el silencio optado, poco a poco fueron acercándose tanto como para siempre.

Me confesó que mirarlo entre los amigos resultaba un placer silencioso que se deba el lujo de disfrutar cada cierto rato; los gestos varoniles, la actitud relajada y atenta, los modales firmes y controlados, la piel suave, las facciones del rostro dibujadas con simetría natural.

Enamorase no le costó trabajo, aceptarlo quizás un poco, después de todo el sentimiento homosexual no es de fácil aceptación.

Pero así como logró controlar las palabras que sobran, pudo contarle a sus padres mientras que el resto del mundo se dio cuenta por sí mismo.

Hoy en día es difícil verlos separados, a veces hablan, entre ellos mismos, o con la gente, a veces conversan con el chofer del colectivo o la cajera del supermercado.

Muchos dicen que son grandes amigos. 

A veces los veo por el paseo del centro,  en la plaza o la alameda, inseparables el par de maricones, vivitos y cΩliando.

FIN.

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