Columna personal

Susurro de los molinos de viento LV - Temibles pendencieros

Recuerdo que era un mozalbete cuando pasaba las vacaciones de invierno en el pueblo, acaso serían los últimos días del mes de julio y quizás los primeros de agosto. Recuerdo también que era noche fría, demasiado fría Norma. Dispuesto a irme a dormir pero sorpresivamente apareció don Carlos Pizarro, viejo respetado y respetable, no habíamos saludado, se puso tan contento que lo primero que dijo fue “vamos a pegarnos un taco” y se le antojó pedir un vaso de pisco con limón, bien cargado para contrarrestar el ambiente helado. Empezamos en un local que tenía El Tontera –así apodaban al Amable Zepeda, quien se había casado con doña Anita Bolvarán, mujer que en aquellos tiempos no llegaba al medio siglo, más que suficiente para que hubiese estado en la categoría de solterona. Entiendo que ella fue criada como una hija por don David Dey, acompañó al veterano posiblemente descendiente de ingleses hasta que exhaló su último aliento. Don David falleció pasado los noventa años en Pueblo Viejo y doña Anita heredó esa casa esquinera que quedaba frente a la iglesia y a la plaza del poblado.

Esa noche que me encontré con don Carlos empezaron a desfilar las copas, una tras otra, la verdad es que don Carlos, amigo grande, viejo demasiado querido por todos no permitió que me fuera y continuó la conversación, teníamos la noche intacta por delante. Hombre buena gente, con ideas de izquierda, doble motivo para ganarse nuestro aprecio, yo le decía cariñosamente “viejo de la nueva generación”, andaba con nosotros para arriba y para abajo, farreábamos juntos y siempre tenía todo el ánimo y energías del mundo para hacer las cosas. En esa ocasión me pidió ayuda para hacer un discurso que debía dar el día en que se inaugurara oficialmente el puente de cimbra en el estero de Punitaqui, habían transcurrido años desde la última vez que una crecida arrastrara con todo lo que encontró a su paso, incluido el puente que prestó sus servicios por mucho tiempo a los punitaquinos, especialmente a los habitantes de Pueblo Viejo que quedaban aislados con cada aguacero. Esa misma noche bosquejamos ideas con don Carlos que dejamos anotadas en una pequeña libreta que guardó en un bolsillo del vestón, estaba feliz el viejo que en ese entonces había ajustado los 57 años. Acordamos que al día siguiente haríamos la redacción definitiva, don Carlos estuvo tan entusiasmado que esta vez no pidió solo una copa sino una botella de pisco y más limones, no tengo idea de donde sacó el Tontera los frutos casi a la medianoche.

El Tontera era un comerciante que tenía una chanchería, también se dedicaba al negocio de comprar, sacrificar y preparar chanchos al estilo punitaquino, hombre joven todavía, alto, no muy fornido, lo recuerdo con el sombrero puesto y en mangas de camisa cuando hacía calor, daba la impresión que era pura fibra, en ningún caso gordo y buen combo, comentaban que metía puñetazos demoledores aunque yo no conocí puñetazos más temibles que los del Bogo, antiguo amigo y compañero de escuela, realmente tremendo para pelear, Norma y Manuel –a quien decíamos Mañungo- uno de sus hermanos, no lo hacía mal. No teníamos más de cinco o seis años y con el Bogo y su hermano Mario jugábamos a las bolitas, entretenimiento de todas las épocas de los niños punitaquinos, también llevaba a la casa de los Cabezas los soldaditos de plomo que la vieja había comprado en la ciudad, todo un ejército, con esos amiguitos, embelezados con los juegos de pequeños, el día se consumía rápido. Recuerdo que alineábamos las figuritas vestidas con casacas de color azul y pantalones blancos, fusil al hombro pero también había caballos pintados de blanco montados por jinetes que parecían ser los jefes, con la imaginación de niños les asignábamos el rango de generales, no eran más de dos o tres, cada grupo de soldados rodeaba al jefe en actitud protectora. Nosotros le llamábamos ejército y con la caja repleta de soldaditos que me habían regalado, lográbamos formar dos batallones y armábamos la batalla, el fragor, la intensidad de la contienda, dependía de la creatividad del jugador, de su capacidad imaginativa para prolongarla. Nunca olvido que una larga temporada visité diariamente la casa de los amigos, el papel más importante lo desempeñaba la paciencia y tolerancia de las señoras mayores quienes siempre fueron abnegadas mamás para aquellos amiguitos de la infancia.

El Bogo en la escuela era más bien silencioso, tranquilo, con el tiempo como que se volvió de paciencia ligera, siempre decían que con unos tragos en la cabeza no soportaba nada y recurría a los puñetes, en más de una ocasión compartimos con él la mesa, copas y farra. Contaban que una noche de juerga el Bogo no obtuvo las de ganar, creo que fue en Pueblo Viejo, había otras personas y entre ella me aseguraron que estaba Raúl Galleguillos, hombre recio, de trabajo duro, hermano de otros dos compañeros de la escuelita, recuerdo el nombre de uno de ellos, Carlos, alumno brillante quien se hizo profesor (si la memoria no se me confunde), Raúl era el nombre del hermano mayor de la familia Galleguillos quien posteriormente se casó –si es que no estoy errado- con una profesora. Cuando estábamos en la escuelita le decíamos el Galleguillos grande, él estaba en los cursos superiores, también compartimos alguna farra, siempre en términos amistosos y de respeto, era de la misma generación de Jaime Araya, oficial del registro civil años más tarde. Comentaron que el Galleguillos grande (no sé si con o sin ayuda) dejó mal parado al Bogo que tuvo que salir del local donde estaban bebiendo. Parece que Galleguillos, hombre de izquierda con quien sostuve largas conversaciones en la década del 70, era de cuidado cuando se enojaba. No me olvido que la última ocasión en la que departimos una noche de bohemia con el Ñelo, Manolo, Jaime y un par de personas que no vislumbro en este momento, Jaime advirtió a otros bebedores: “no le saquen los choros del canasto a Galleguillos porque si se enoja, yo que soy su amigo no lo puedo controlar ni con los perros”. No sé si me informaron mal pero entiendo que fue Galleguillos el que una noche paró al Bogo quien había sembrado una triste fama con la potencia de sus puños. Durante nuestra juventud es posible que él fue el mejor puñete en el pueblo, en cambio en la etapa de la niñez y por supuesto que también se convirtió en todo un personaje por lo pendenciero, fue el Negro Vivanco, demasiado conocido por las riñas en distintos escenarios y con diferentes protagonistas, famoso por las peleas con don Lorenzo Villalobos, papá del Pelado. El Pirulo contó que en la misma casa de don Lorenzo se habían peleado en el local que la familia tenía destinado a la venta de licores. Ahí siempre se oía música a volumen alto, se podía beber, bailar y algo más también porque el sitio sí lo frecuentaban alguna mujeres con tarifa.

Pienso que don Lorenzo, cuya historia ya te la conté Norma, hombre gordo, tez blanca, barba de dos o tres días, con una panza prominente, no le tenía miedo al Negro Vivanco pero se cuidaba de él, lo evitaba si podía, siempre fueron rivales por una larga temporada. Tengo la idea de que en algún momento, cansados de tantas peleas, ambos hicieron las paces, se dieron la mano, terminaron haciéndose amigos a través de un pacto de honor, de aquellos que acuerdan solo los varones, sin necesidad de papeles ni de firmas. No estoy totalmente seguro pero alguien como que me dijo una vez que se hicieron compadres o se decían compadres así sea solamente de boca como para fortalecer el compromiso de paz, de dos hombres de pelo en pecho.

A veces, cuando se han agolpado las evocaciones, he pensado en los punitaquinos buenos para dar puñetazos, he hecho comparaciones de esos dos peleadores: el Bogo y el Negro Vivanco, los conocí a ambos, de cronologías diferentes, cada uno vivió su época y no creas Norma que no me los he imaginado peleando a puñetes limpios a los dos. Cuando el Bogo estaba en el apogeo de la juventud, el Negro Vivanco ya había envejecido. Éramos alumnos de la escuelita cuando el Negro Vivanco arrastraba a dos o tres contendores por el suelo y si estaba enfurecido, con mucho vino en la cabeza, ni los pacos podían con él, resultaba imposible dominarlo y llevarlo preso. Era un salvaje, indomable como potro desbocado, solía verlo pasar la tarde de un sábado hacia el barrio de Abajo vestido con ropa limpia, sombrero, camisa blanca y un vestón oscuro de tela delgada, señal de que iba a beber. Montado en su macho, buena montura y el lazo enrollado al costado derecho. Pasaba sonriente, saludando a los conocidos, si se trataba de algún amigo más cercano, daba un tirón a las riendas hacia el lado en que estaba la persona y el mular daba un giro de inmediato, junto con sentir otro tirón de riendas para atrás detenía el traqueteo en seco para que el jinete bajara de un ágil salto a saludar al amigo, conversaban unos minutos y el hombre continuaba su paseo. Esa escena tuve la oportunidad de verla algunas veces y mientras el Negro bebía con los amigos, el macho permanecía pacientemente amarrado a un árbol, espantando las moscas molestosas con la cola en una tarde soleada. Al anochecer el Negro Vivanco ya estaba completo, salía del local caminando en zigzag con la cabeza un poco inclinada, el vino lo hacía trastrabillar, con movimientos torpes se acercaba al mular, soltaba la amarra y montaba sobre él. Si el Pelado Marcelo en los mismos tiempos del Negro Vivanco –mucho antes también- al retornar a su casa desandaba la calle llorando y gritando la tristeza que le ocasionaba el alcohol, el Negro Vivanco lo hacía galopando en su macho, inclinado su cuerpo, en vaivenes para lado, sin caerse Norma, jamás aterrizó en la superficie de la calle larga y siempre llegó a su casa del pueblito de La Higuera, el fiel mulo lo llevaba, conocía el camino de memoria. Tiempo después el Negro estuvo preso por agredir a los pacos y cuando recobró la libertad, dejó su agresividad y se tranquilizó bastante.

El Bogo era muy diferente. Joven, buena pinta, le agradaba vestir a la moda, fue uno de los primeros que asomó en el pueblo con una chaqueta de cuero color tabaco, tipo gamuza, la usaba combinando la tenida con un blue-jeans americano marca Lee o Wrangler. El se reunía y farreaba con los amigos, iba a los bailes y también conquistaba fácilmente alguna muchacha. En las juergas que eran solo para libar y conversar horas tratando todos de hacer más corta la noche, cuando surgían las discusiones, entonces solía pelear y ahí sí que nadie quedaba parado ante sus puñetazos.

Si el Negro Vivanco y el Bogo hubiesen sido contemporáneos y se hubieran trenzado a golpes, se me ocurre que el primero era más recio, acostumbrado al trabajo duro, no medía consecuencias, tenía demasiado poco o simplemente nada por ello tampoco tenía nada que perder, cuando caía al suelo volvía a pararse aunque volvieran a machucarlo, así estuviera chorreando sangre. Daba la impresión de que no sentía el maltrato físico, no me olvido de su cara redonda, nariz aplastada posiblemente por los golpes recibidos en innumerables grescas, sonrisa amplia que enseñaba de vez en cuando. Piel oscura, tostada por la brisa de los soles punitaquinos, manos grandes de piel áspera y callosa. Pensar que en sano juicio era completamente calmado hasta para conversar, en cierta ocasión pude escuchar la manera cómo se expresaba, demasiado sencilla, humilde porque era un hombre modesto que pasaba desapercibido. Si iba por la calle, el tranco del macho marcaba el ritmo, sin trago no le clavaba las espuelas y el mular caminaba tranquilo.

No te alargo el cuento, Norma, solo recuerdo que esa noche me acosté como a las cuatro de la madrugada. Me dormí al instante en una cama que no era la mía, tengo idea de que don Carlos Pizarro pagó para que pernoctara en un lugar donde fuimos a rematar con la segunda botella de pisco, no sé si el dueño de ese local se llamaba Raúl, a unas pocas casas de doña María Egaña y muy cerca de la propia casa del viejo. Ni yo ni él en ese momento imaginamos que el discurso que terminaríamos de preparar al día siguiente, víspera de la inauguración pública del puente colgante que se construyó gracias a la gestión de los bomberos, apenas sería como un suspiro, pero lo más triste, Norma, es que el propio puente fue un suspiro más corto aún: apenas duró unas cuantas semanas por culpa de uno de los aguaceros más copiosos que haya soportado Punitaqui. Eso te lo comentaré en otra carta.

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