Columna personal

Susurro de los molinos de viento LVI - Personajes idos

Confieso que siempre fui jugador empedernido de bolitas. Me gustaba jugar más que ninguna otra cosa, al “puro mate”, era bueno, demasiado bueno, los demás niños no querían jugar conmigo porque ganaba todas las veces, tenía una extraordinaria puntería para acertar en la bolita o tiro del contrario. Alguna vez completé 15 mates seguidos, tomando en cuenta que cuando se acertaba en el tiro del otro jugador, éste cambiaba su bolita a otro sitio, a la distancia que quisiera. En los bolsillos andaba con tres o cuatro tiros de acero, todos del mismo tamaño, varias veces más grande que las bolitas de piedra multicolores. Esos indestructibles tiros de hierro, brillantes, plateados, rodaban por cualquier parte de la calle, eran los rulemanes (tengo idea que les llamábamos rodamientos) gastados por el uso de los motores y maquinarias que metían bulla día y noche en la Compañía Minera Los Mantos, allá trabajaba don Segundo Encina, amigo de mi viejo. El reparaba bombas, motores, realizaba instalaciones eléctricas y otras cosas más, Norma.

Don Segundo Encina vivía junto a la casa de don Orosimbo Galleguillos y casi al frente del maestro hojalatero. Era una vivienda tipo mediagua con fachada de cemento y puertas verdes, creo que tenía una ventana pequeña que rara vez abrían, su esposa se llamaba Josefina y en este momento no tengo idea de su apellido, en aquellas épocas me daba la impresión de que la señora le llevaba por unos cuantos años al marido y la recuerdo delicada de salud, piel blanca, pálida, pasaba con jaquecas infinitas y siempre se quejaba de dolor de cabeza que mantenía amarrada con un paño blanco de antaño, con flecos al que daba varias vueltas. Creo que doña Josefina tampoco salía a la calle, todavía me parece verla con medias y polleras largas, los pies metidos en pantuflas o alpargatas para aliviar del trajín, caminaba con dificultad, mi viejo solía visitarla y ella contaba sus penas. Doña Josefina se lamentaba del marido porque tenía otra mujer, muchas veces no llegaba a dormir a su casa, ese matrimonio no tuvo descendientes, no obstante don Segundo fue padre de otros hijos, uno de ellos estuvo en la escuelita y llevaba su apellido, era bajito, rechoncho, de carácter tranquilo, una maravilla para bailar la cueca, se lucía en los espectáculos escolares, debido a su estatura lo apodaban “El Tarugo. Segundo Encina quedó viudo antes de tiempo, la señora con quien mantenía lazos afectivos, también hacía años que estaba enferma y con ella tampoco procreó hijos.

Don Segundo era un hombre de mediana edad, en ese entonces no llegaba al medio siglo, macizo, sin pelo en la cabeza, usaba una gorra, pantalones de mezclilla y zapatos gruesos tipo bototos, de cuero engrasado, camisas de franela oscura y una casaca de trabajo. Los más allegados le decían a ese hombre de piel blanca, rostro colorado porque tomaba unas cuantas cañas de vino tinto todos los días, el peladito Encina. También lo conocían por el “maestro Encina” debido a su destreza para reparar motores eléctricos o los que funcionaban con bencina o petróleo, parece que le daba lo mismo. Luego de destriparlos por completo los componía, de eso fui testigo varias ocasiones en mi propia casa, él tenía buena amistad con el viejo.

El maestro Encina era gran bebedor, la cantidad de vino a él no lo doblegaba, todavía había otros bebedores de tinto en el pueblo, Norma, muy similares y curiosamente con las mismas habilidades, conocedores de la electricidad y de motores: Humberto Lascano y el pelado Salas cuyo nombre se extravía en los recuerdos, me parece que vivía en alguna de las casas de La Planta. No me olvido, Norma, que en una oportunidad, los tres nombrados: Salas, Lascano y Encina, acudieron a la casa ante una invitación de mi viejo, mataron un pavo de campo, criollo, de esos que demoran mucho tiempo en cocinarse, no sé si le dieron un tiempo de cocción primero y luego lo metieron al horno que funcionaba con leña, en una cocina de hierro macizo de fabricación inglesa, para después las presas generosas servirlas con arroz y papas doradas, las visitas tenían que estar bien atendidas, acaso yo tendría diez u once años, pero no escapó de mi observación de niño curioso que entre todos se bebieron más de 20 botellas de vino, quedó pavo para el día siguiente. Existen un par de detalles que nunca se han borrado: Salas tenía un hijo que asistía a la escuelita, jugaba a las bolitas con nosotros, era de la piel blanca, rostro pálido, silencioso, casi no hablaba, por el hábito de bebedor de su padre, el chico tuvo que soportar un apodo que no tenía nada que ver con él, le decían el “guata de vino”. Tampoco olvido que el maestro Salas que usaba un mameluco u overol, cada vez que se aproximaba la lluvia, le dolía el brazo derecho. Solía decir “me está doliendo el brazo, va a llover”. No pasaban dos o tres días y caía el aguacero. Yo tenía más acercamiento con don Segundo Encina, él me proveía de los tiros de acero que sacaba de los motores que reparaba en Los Mantos, una vez conté once bolacos de hierro relucientes, me llevé tremenda sorpresa cuando los extrajo de uno de los bolsillos del pantalón para luego entregármelos, en ese momento fui donde los amiguitos de juegos más cercanos para enseñarles mis nuevos tesoros

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Y con esos bolacos de acero jugábamos en la calle larga. Si lo hacíamos después de la jornada escolar, especialmente si estábamos absorbidos por el juego del “puro mate”, nos poníamos a jugar en esa curvita tan característica que ha existido desde siempre Norma, aquella que correspondía a la casa de las señoritas Cortés, al frente había otras viviendas: una era la de don Francisco, en la otra casita contigua vivía don David Vega. Te contaba Norma, que cuando prolongábamos el juego de las bolitas en esa partecita de la calle, en plena vereda, era solo por un motivo, pasada la casa de la familia Cortés, venía la vereda de los Manchados y en ella ningún niño podía jugar so-pena de que el veterano o la veterana se apropiaran de las bolitas o del trompo, cualquier protesta era infructuosa. Recuerdo nítidamente que en una ocasión el Beto, enrabiado quitó la tapa del tintero que llevaba a la escuelita y lo arrojó al pecho de doña Delfina, la señora Manchada que quedó más manchada aún pero por el enojo, la tinta azul se regó casi por completo en el delantal de la hosca mujer. Ahora que lo pienso, Norma, esa curvita poco pronunciada pero lo suficiente para perder parte de la visibilidad de la calle larga, desde mi casa, solo se podía ver por la vereda derecha avanzando hacia el norte hasta la casa de El Nata, tal vez la siguiente donde una temporada vivió don Juan Núñez, propietario de un almacén de abarrotes, padre de los profesores Lucy y Neptalí, con quienes nuestro grupo de amigos tuvo algún acercamiento en algunas oportunidades, en este momento no tengo exacta una memoria visual de esa punto de la calle.

En ese sitio, Norma, donde comenzaba la curva que te digo, se percibía la sensación de lo estratégico y al frente, el panorama era distinto, cada una de las dos casas mencionadas tenía sus propios personajes cuyas historias no las conozco en toda su magnitud pero sí recuerdo algunas cosas de sus moradores. En una de esas casitas vivía don David Vega, una vivienda pequeña cuyo dueño posiblemente era don Pedro Pérez, un tiempo tuvo techo de totora, así la recuerdo, fachada blanqueada con una puerta larga de dos hojas de color verde descolorido, a un par de metros había una sola ventana que siempre permanecía cerrada. Esa casita que casi parecía un ranchito, era extremadamente humilde, con piso de tierra, de un solo ambiente, fresca en el verano, fría en el invierno, lo recuerdo bien. Ese cuarto más o menos amplio, estaba divido por un improvisado biombo hecho con largos listones de madera y tablas de cajones fruteros, cubierta por una tela de saquillos de harina flor unidos por una sencilla costura, con pita blanca delgada, detrás estaba un catre antiguo de hierro con respaldo semicircular, lo mismo el ante espaldar, todo de un color café completamente desteñido, también había una segunda puerta que daba a un pequeño patio, durante el día pasaba más abierta que cerrada para que penetrara la luz. La otra parte de la vivienda correspondía a un diminuto negocio donde el viejo David vendía pan, queso, algunas verduras y frutas, además de varias golosinas. Causaba gracia un hecho jocoso que se repetía cada mañana bastante temprano, generalmente como a las seis y media, don David salía a vender pan en una canasta más o menos grande que colgaba del antebrazo, izquierdo y derecho, iba alternando la carga durante la caminata, al parecer acudía a primera hora a la panadería para recibir el producto y salía a gritarlo con potente voz en la calle: “¡Fresquito, fresquito el pan!”, pero cuando le quedaba del día anterior, no se resignaba a perderlo y cambiaba el grito: “¡Fiambrito, fiambrito el pan!”. En esos casos quizás la venta para él no era muy buena.

En ese localcito nunca faltaba la banca de madera para que descansaran los conversadores, éstos aparecían especialmente cuando empezaba a caer la tarde y las charlas se prolongaban hasta que oscurecía. Dos o tres horas transcurrían demasiado pronto cuando agarrábamos la conversación con don David Vega, hombre de contextura delgada, pelo negro escasísimamente canoso, nariz ganchuda como pico de ave rapaz, la expresión del rostro –la evoco como si la estuviese viendo en este instante, Norma- siempre fue mefistofélica. Aparte de ser pícaro el veterano parecía buena gente, comentaban algunas cosas de él, pero nunca supe si eran ciertas, Norma. Solo sé que vivió en varias casas, en la contigua a la de doña Lastenia, antes que la ocupara don Juan Núñez, otra quedaba casi al frente de la Lucha Ramírez, vecina del carpintero Gogo y la última vivienda del viejo fue junto a doña Blanca Galleguillos, ahí lo visité hace un cuarto de siglo, no había cambiado pero le noté cansado, como si presintiera que ya no le quedaba mucho tiempo pero seguía igual de malicioso. Me dijo que ya no tomaba cerveza negra, su trago preferido, para beber pisco siempre fue malo, el viejo le hacía el quite al fuerte, aunque todavía se pegaba un par de cigarrillos por día, en otras épocas había sido un fumador entregado al vicio del humo, contó que estaba en los 86 años. Recuerdo que me dio un abrazo y expresó en voz baja, cargada de emoción, que en la próxima no estaría, me halagó diciéndome que se alegraba de verme y que yo era un caballero. Mantenía el mismo negocito de 25 años antes y remontándonos en las evocaciones conversamos de las mismas cosas vividas, Norma. Pienso que el viejo después de vivir siempre en el barrio de Arriba, en esa casa del barrio de Abajo terminó sus días.

Comentarios

Comentario: 

Lindos recuerdos Ivan,vivi parte de infancia en el sector,jugabamos a las caninas en el poste justo en la curva de la calle caupolican,frente a la casa de los cachos de arriba,recuerdo a Horocimbo que en ese tiempo vendia gas,recuerdo un sr, Encina q despues vendio la casa a un sr, q le deciamos chato pillo.Tambien recuerdo al sr. Vega este era el abuelo de Hugo Monterrey,nuestro compañero de curso al cual apodamos el canina,jugabamos por las tardes domino con don David,cierta vez con el pato Gonzalez llevamos desde el estero una iguana y se la dejamos en la cama mientras el dormia su siesta ,hasta ahi llego la amistad,hoy en ese lugar hay una casa ,que al parecer la construccion era para un taller mecanico ,que nunca llego a destino ,la compro el ñato Astudillo,el cual tampoco nunca la llevo a casa habitacion completa ,ahi vivio sus ultimos dias el Ñato ahi estan sus hijos y su señora q hace tiempo esta enferma,ella es la unica hija que tuvo la Estelita Lastarria. No recuerdo a David en el barrio de Abajo,si recuerdo esa casa blanca de la sra. Galleguillo y esas ricas naranjas que tenia esa huerta.

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