Columna personal

El entierro de Don Goyo

Mientras esperaba impaciente en el andén de la Estación de Ferrocarriles de la Calera, en un día de invierno, para ser más exacto el día sábado 5 de Agosto de 1967. Observaba el entorno cambiante de la Estación en ajetreo; con sus gentes, sus máquinas, los ruidos y los enormes bultos de cargas. El tren de la tarde que debía salir hacia el norte, en el cual me embarcaría, ufanaba con sus calderas humeantes dispuesto a partir, solo le retenía y le amarraba a esa larga espera, la ansiada llegada del “Convoy de Santiago” que traía pasajeros y carga de trasbordo. Se había retrasado demasiado y la espera me era larga, incluso llegaba a ser angustiosa. Llegué desde Valparaíso ese día temprano, contento de haber culminado mi primer semestre universitario y tenía impaciencia por encontrarme con mi familia, en mi tierra, en Combarbalá… veía gente tumultuosa moverse en los andenes húmedos por la niebla tardía, voces de vendedores desvanecidos por la tardanza, perros somnolientos y tristes, muchos bultos y abarrotes esperaban cargarse hacia las ciudades nortinas. Y mientras me absorbía ensimismado en mis ideas inocuas, se me acercaron unas gitanas jóvenes, quienes cargosamente intentaban leerme mi suerte, no pude resistir a tanta insistencia, puesto que a ese momento el día ya me parecía funesto… Al escucharlas, de sus palabras habladas y por la claridad de sus elocuencias, me hicieron pensar sobre un acontecimiento ocurrido en el Parral, y recapitulando unos diez años atrás empecé a enhebrar una vieja historia que por fin podía dilucidar… entonces un traqueteo a lo lejos, un creciente machacar de fierros sin tregua se aproximaba… sin duda, es la locomotora “V 820 que lastimeramente hacía la aparición en los andenes de la Calera… y durante esa larga y fría noche de viaje a Combarbalá pude recordar y entender lo que realmente pasó con el “entierro de don Goyo”.

Tan pronto se depositó la última palada de tierra por los panteoneros, acomodaron unas escuálidas flores mugidas de Agosto, sobre una tumba con olor a cebollines y a tierra húmeda por la lluvia. Los pocos y vetustos parroquianos que acompañaron los restos de don Gregorio hasta el panteón de Combarbalá, desaparecían raudamente en actitud evasiva de compromiso cumplido, e incluso a mis escasos años de edad presencial, pude vislumbrar que algunos escaparon rápidamente de la parroquia tan pronto el Sacerdote dio por terminado el responso. Comprendí, que a falta de familiares deudos, los pocos vecinos que lo acompañaron desde Pama y el Parral solo cumplían con su acto de misericordia y debían volver antes del medio día al campo, o en su efecto, les apuraba la sed atragantada de echarse unos buenos tragos de vinos en la cantina del “Quita Penas” cercana, como la costumbre les imponía cada vez que enterraban a un coterráneo, atribuyendo el acto del vicio a la despedida del finado.

Aquel día del funeral, mientras el lúgubre ataúd provisto por el Seguro Social del Estado, bajaba con apuro estrepitándose sobre las paredes del foso y desaparecía en las oscuridades de una tierra húmeda y aceitosa, se me vino a la memoria de cuando conocí a don Goyo. Se le veía todos los días a este viejo pastor de cabras campeando por los cerros del Parral detrás de los animales, acompañado siempre de su fiel perro. Sus años avanzados ya no le permitían mucha movilidad de desplazamiento por entre las piedras y montes, pero siempre llegaba a las cumbres más escarpadas, parecía disfrutar del viento en la cima. Para los ojos de nuestra niñez pelusilla nos resultaba tenebroso, le observábamos por largos ratos y no comprendíamos como no desbarrancaba en su caminar, le gritábamos cosas de niños desde un cerro a otro, a veces nos respondía. Su actuar era lento pero persistente, nunca fallaba en su procesión diaria, salía con el arreo cuando los primeros rayos refulgentes del sol mañanero pintaban por el oriente la cumbre del cerro Movilo y regresaba cuando estos mismos rayos marchitos de atardecer se ocultaban tras el Cerro Negro. Para mí, en mi recuerdo, siempre fue un anciano ermitaño y su apariencia me infundía cierto miedo, sus ropas roídas, sus barbas largas y espesas al igual que sus crenchas canas bajo un tongo roñoso con olor a sudor y a guano de cabras. A su apariencia se le sumaba un cojera de larga data y un ojo visco y nebuloso de color plomizo. Para nuestra mirada de impúber, el no era un pastor de cuentos, era un cesante, un tirifilo pobre que escasamente subsistía marchitamente detrás de un puñado de cabras quejumbrosas.

De toda una vida vivió de allegado ejerciendo su trabajo de pastor. En un principio le sirvió a un buen patrón arrendatario del “Fundo El Parral” quien lo acogió dándole la comida y el techo, aparte de una paga escuálida y retrasada. En aquellos tiempos, los dos, siempre detrás de los animales recorrieron varios caminos entre cordilleras chilenas y argentinas, y en sus andanzas pasaron muchas peripecias y penurias, y también con ellas se les fueron pasando los años. En aquellos buenos tiempos de su juventud, en un par de veces tomó el tren y enfiló a las pampas nortinas a pasear, según su fe y misterio, por allá tenía alguna familia y debía visitarlos. Vivencias que solía contarles a los más conocidos cuando pocas veces por el cerro se acercaba a compartir un mate. Con los años malos y las entradas de los otoños míseros, tanto para su patrón como para él, no les dejó alternativas que aceptar el sometimiento de los atardeceres sombríos. Sin embargo, no faltó un buen hijo de su patrón, encariñado desde niño con este fiel y anciano pastor que lo arranchó en su humilde hogar, encargándole el cuidado de un puñado de cabras a cambio de la comida y un ruco por techo. Fue en ese entonces, que esta familia protectora, al no poder darle alguna paga iniciaron los trámites ante el Seguro Social para que se le otorgara una humilde pensión de invalidez.

Lo cierto es que, ya desde algunos años, era el comento de los lugareños que don Goyo como jamás bajaba al pueblo y se lo pasaba una vida entera en los cerros, nunca tenía la oportunidad de gastarse ni un centavo de lo juntado. Entonces aseguraban que desde hace mucho tiempo, venía guardando todo el dinero de su jubilación en un gran tarro de lata mantequera de quince kilos y lo ocultaba sigilosamente en un lugar de entierro por donde él pastoreaba. Supuestamente por el sector de las vegas de los cerros del Manzano. Y es más, tenía en su entierro otros tesoros que podían ser, según los vecinos, varias monedas de plata traídas desde la Argentina cuando de joven iba a las cordilleras de Donoso y Los Machos y, otras diversas joyas de valor que había juntado cuando de año en año viajaba a las oficinas salitreras del norte y le compraba éstas a mujeres alegres abandonadas en la pampa o a maleantes pendencieros agolpados en los puertos que requerían de efectivo para sus marrullerías. Los parroquianos del sector, en sus conversaciones del día a día, cada vez se alimentaban más en comentos del tesoro que tenía el viejo Goyo enterrado y, algunos de ellos estimaban que alcanzaba a la suma de unos cincuenta mil escudos, es decir, como parte baja alrededor de esa suma. Y es más, cada día las lenguas en reuniones de cantinas, de trillas y pasillos le aumentaban el monto, al igual como subía la espuma de la codicia.

El tren ya había partido para el norte, con todo el atraso comentado, su traqueteo avanzaba con cierta rapidez, su gran fumarola se conjugaba con las nubes rojizas del crepúsculo invernal. Mientras me acomodaba en ese vagón de tercera, sobre una banca de madera descolorida en medio una fauna diversa de pasajeros apretujados de frío, me daba vuelta el subconsciente del por qué lo agradecidas que estaban las gitanas de una familia campesina, de los alrededores de Combarbalá, y en memoria a ellos, me desearon los mejores parabienes a mi persona… Cada ciertos y largos trayectos de la vía férrea, el tren disminuía acompasadamente su carrera, acompañando con pitazos anunciantes la llegada a una próxima estación cercana. En algunas de ellas, demoraba más de lo deseado, entonces me bajaba a los andenes a caminar y a matar el tiempo en silencio. Y si mi presupuesto de estudiante me lo permitía, me compraba una botella humeante de café de cebada, prefería ignorar los ofrecimientos variados del resto de los vendedores… luego continuaba el interminable viaje, mientras me distraía observando por los vidrios de la ventana, como las estrellas jugaban a ocultarse entre nubes arremolinadas y aparecían nuevamente titilantes entre los claros del infinito nocturno… Entonces, ensimismado en mis pensamientos, de poco a poco, iba lucubrando los recuerdos de aquel pasado… en la sumatoria de minutos que pasaron en mis recuerdos, no me di cuenta que nos acercábamos ya a la Estación de la Ligua.

El apuro por despedir prontamente al difunto, tenía su razón de ser; algunos de aquellos que difundieron el entierro que tenía don Goyo, en su actitud se mostraron muy prestos y solícitos en acudir a los campos a rodear sus ganados por las tardes de ese mes de Agosto y como nunca habían demostrado tanto interés por el cuidado de sus ganados, denotaban su torpeza en el ocultar sus comportamientos. Los cerros del Parral cobraron magia. A los vecinos se le veía ofrecerse para salir a la leña, a los chaguares, a catear minas y otras diligencias que duraban días enteros… hombres que nunca se habían apartado de los surcos y del arado o de las barrenas en los pirquenes. A todos ellos se les vio subir y bajar cerros, recorrer quebradas y meandros, escudriñar riscos y escarbar hasta por debajo de las matas de chaguares. Todos ellos furtivamente, disimulando, ignorándose y observándose. Todos ellos en busca del entierro… Pasó el resto del invierno y llegó la primavera, la búsqueda se concentraba en lugares más precisos y aquellos más ambiciosos recurrieron a prácticas de magias no vistas en la zona, consultando a chamales y clarividentes, otros más avezados y creyentes del “Malo” contactaron a seudos brujos empeñando hasta su alma por la causa… El tiempo pasaba y el tesoro no se encontraba. Sin embargo, proliferaban las venidas de personajes extraños de diversos lugares, como de; Salamanca, Petorca, La Ligua y Coquimbo que venían a realizar algún trabajito por encargo de los lugareños. A estos visitantes oscuros, se les vio bajar de los trenes nocturnos cubiertos con atuendos largos y negros de cortes fantasmagóricos, y se presentaban carentes de identidad humana, como si fuera el lucifer mismo. Y en ese venir y deambular de personajes extraños por esos lugares apacibles, y verles ejecutar sus prácticas de desentierro, se recobraron con ellos antiguas tradiciones nocturnas ya casi perdidas en la zona; como el “echar a correr la vela” para ubicar el lugar preciso del entierro, o el “soltar una gallina negra en la noche”, y otras prácticas diurnas con elementos técnicamente raros; como el uso de algunos viejos y modernos detectores de oro, se les vieron empuñándolos recorriendo por cada una de las quebradas. Además de las infaltables y diversas varillas de cobre en manos de sonámbulos empecinados por encontrar el entierro. Como nunca, en esa zona humilde y aislada fue centro del interés inusitado y reunió un sinnúmero de buscadores de fortuna empleando hasta las más inverosímil prácticas de desentierro.

Durante años los buscadores recorrieron los cerros y llanos, y cada cierto tiempo los más empecinados volvían al intento en busca del entierro. Nada encontraron. De los bienes de don Goyo, al momento de morir solo quedaron algunos trastos de cocina, una vieja montura y su perro, aparte de un roñoso colchón de lana con mantas descoloridas y otras ropas roídas, que antes de quemarlos, se las regalaron a una familia de gitanos pobres que pasaron por allí, en aquel frío invierno de 1957.

El sueño por ratos me borraba y me desvanecía entre murmurios mixtos y lejanos, proveniente de la población viajante de alguno de los catorces carros del Convoy. El vaivén del tren continuaba maltratando a los sucesivos durmientes de madera enclaustrados en el balastro de piedras, quienes crujían al paso del tonelaje en comunión con la larga y gélida noche… al fin mi mente despertaba y la luminosidad tenue de una ciudad a la distancia anunciaban la pronta llegada a la Estación de Salamanca, en la misma donde años atrás embarcaron los brujos, en dirección a mi tierra a desenterrar el tesoro… Unos bufidos de vapores cortos y amistosos de la locomotora, saludan ó despiertan a los presentes apiñados en los andenes escarchados. Mientras el tren se aproxima adolorido y maltrecho disminuyendo las revoluciones del traqueteo hasta que los chillidos de los frenos terminan por detenerlo. Muchas personas bajan y la estación por minutos parece alegre de saludos y vapores humeantes emanados de las voces. Observante del movimiento de la Estación por ese tiempo me distraje, pero al cabo de unos minutos, reanudamos el viaje al norte. Subieron algunos campesinos enmantados sin la apariencia de la brujería que yo esperaba encontrar, quizás bajen en Illapel… y luego de un tiempo en marcha, la noche raudamente empieza aclarar con los primeros atisbos de luminosidad de la naciente luna alzada en la blanca cordillera… Mi mente volvía al recuerdo del “entierro de don Goyo”, y mientras se escuchaba una débil melodía de radio en un coche lejano, lentamente fui hilvanando lo que empezaba a presentir.

Las gitanas de la Estación de La Calera, me preguntaron hacia donde viajaba, – hacia Combarbalá les contesté, – eres afortunado, me respondieron, y me empezaron a contar una historia desde hace diez años atrás, de la cual no le presté mucho interés, se trataba de lo siguiente: “…en un frío invierno, como este, con nuestra familia muerta de hambre y frío, viajando de Ovalle a Combarbalá, pasamos a la casa de un campesino en busca de comida y agua caliente, éste vivía en una localidad un poco antes de llegar al pueblo de nuestro destino a orillas del camino. El, muy amable nos recibió y a cambio de leerle la suerte, nos regaló un pato y dos gallinas y cuando nos disponíamos a partir nos preguntó si queríamos llevarnos un viejo colchón con mantas percudías y un par de roñosos paletós, los aceptamos sólo para pasar la fría noche, empero en ellos encontramos una gran fortuna con la cual nos cambió nuestras vidas… Paisano, no sea soberbio, si alguien en esos lugares le regala algo usado, acéptelo de buena gana y revise entre los pliegues de los trapos y se acordará toda la vida de ellos, no sea orgulloso joven y le irá bien por la vida…”

En mi largo silencio, raudo e inocente y sin respuestas a mis preguntas, mirando los rieles perdidos en la distancia de la noche alunada, siguiéndome por la luz de la locomotora en las incontables curvas, me abismaba en mi ser… ya solo me esperanzaba de que pronto llegaría a mi tierra y estaría con mi gente… Ya poco me importaba el frío del amanecer insipiente, poco me importaban ya los ronquidos y olores de los dormidos y de las conversaciones trasnochadas de mis vecinos del vagón, que por mucho que trataba de entenderlas en su filosofía, caían en el abismo de la nada, solo palabras y de ellas parece que ya me acostumbraba… Pareciera que en este simple viaje, me acostumbraba a aceptar las cosas, fueran simples o complejas, fueran verdaderas o inciertas… Como explicarle a mi pueblo, que descubrí el “entierro de don Goyo” viajando en un tren, meditando en una banca de tercera clase. Que el tesoro nunca fue enterrado en el cerro del Manzano, que la fortuna se fue con quienes nunca la buscaron. Se fue con una familia de gitanos pobres y errantes, sin apego ni a la tierra ni a lo material. Como explicar, que la ilusión y avaricia por encontrar el entierro persiste en muchos hombres hasta el día de hoy, y que han gastado parte de su vida y más recursos por encontrarlo que el valor mismo de éste. Y qué pensarían aquellos brujos jactanciosos de tantos viajes e intentos fallidos, acudiendo a prácticas de magias negras y a sus desesperados experimentos sobrenaturales para encontrarlo. Y porque tanto afán de atesorar de este viejo pastor, que lo llevó acumular y a esconder en sus ropas harapientas su fortuna… Y así, mientras el tren avanzaba mi mente con su desordenada filosofía, símil a mis años vividos, no encontraba respuestas a tantas preguntas de la vida misma, explicaciones del por qué ocurren las cosas y de tantas cosas sin respuestas, del por qué lo injusto es justo y del por qué la miseria del pobre es injusta y perdurable… sin darme cuenta de pronto ingresamos a un túnel enorme y oscuro, el “Túnel del Espino”, caí en un vacío de pensar, demoramos demasiado en vencerlo y cuando vimos la luz clara al salir del brocal norte, el amanecer era pulcro y diáfano, ya estábamos en la comuna de Combarbalá. Empecé a desencajar mi cuerpo mohíno por el matraqueo del tren, ya mi mente se aclaraba en paz, tranquila por el frescor de mi tierra y contento de haber amanecido en ella esa mañana del día domingo 6 de agosto de 1967.

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