Columna personal

Susurro de los molinos de viento LVII - La muchacha de la ventana

Todavía recuerdo a la muchacha que asomaba medio cuerpo por la puerta abierta a medias, para mirar a la calle. Mirada triste o al menos así me parecía, silenciosa, ni siquiera sonreía. A lo mejor fabricaba sus propios sueños mientras contemplaba sin hablar hacia Arriba y hacia Abajo, cuando se aburría de hacerlo, cerraba la puerta y volvía a esperar. Siempre esperaba. Esa casa, Norma, quedaba al frente de las señoritas Cortés y en ella vivía la chica de nombre Nolvia. La fachada de la vivienda estaba cubierta con cemento desde la misma altura de la vereda hasta el alero conformado por el techo de zinc, por lo menos había dos puertas y tengo la impresión que el mismo número de ventanas con barrotes de hierro, típicas en otros tiempos en el pueblo de Punitaqui, las vislumbro de madera, color grisáceo.

El propietario de la casa era don Francisco y lo veo salir montado en un mular, contiguo al límite de la fachada de su casa había un pequeño portón que conectaba directamente con el patio donde descansaba el animal. No sé Norma, pensándolo bien no tuve la oportunidad de ver a don Pancho trepado en un vehículo, imagino que en ciertas ocasiones habrá viajado a la ciudad de Ovalle. Casado con doña Dominga pero tampoco los veo juntos, daba la impresión que cada cual salía por su cuenta a la calle del pueblo, el mundo de ese matrimonio no avanzaba muy lejos en esa parte del barrio, tampoco necesitaban extenderse más dentro de su propia existencia. Como que en el interior de esa casa todo era silencioso, sin gritos ni peleas, quizás don Francisco tenía un comportamiento machista y doña Dominga, sumiso, metida en la casa, así la conocí y eso al parecer no cambió hasta el final de sus días, la mujer no muy alta, de voz baja, me parece que con trenzas, de aspecto bien pueblerino, polleras un poco largas, bastante más abajo de la rodilla, las medias le cubrían todas las piernas, reconozco que no logro precisar tantos detalles.

Don Pancho era un veterano algo rechoncho, de bigotes poblados visiblemente canosos, al igual que el pelo. Puesto una manta delgada color canela con flecos, como los punitaquinos de antaño nunca abandonaba el sombrero, a veces usaba una bufanda, tengo aún su imagen nítida en la memoria, usaba una chaqueta de tela sencilla tipo vestón, más abajo el infaltable chaleco. Rostro de gesto serio, severo, como aquellos viejos de conducta exigente, estricta consigo mismo y con los demás. Cuando andaba montado, usaba un par de espolines y si no estoy equivocado, unas polainas de grueso cuero. Nunca supe el verdadero origen de este hombre, juraría que era matarife de cabritos o borregos de pocos meses, era su actividad, tenía una pequeña carnicería, ahí mismo sacrificaba los animales y vendía el producto ciertos días, de la semana, no permanentemente. En la tarea se ayudaba con una sierra de mano, en eso tenía una gran pericia.

Yo diría que ese matrimonio lo conformaban dos personajes silenciosos de la calle larga. A don Pancho y doña Dominga los conocí viejos o al menos así los veía, en el núcleo familiar había dos personas más, Norma, una de nombre Nolvia como te lo comenté, en este instante es como si la estuviera viendo con el delantal blanco de la escuelita, la otra era la Amandita, varios años mayor que la primera, un poco retardada por ello todos le decían la tontita Amanda, no sabría decir si la pareja de adultos eran los progenitores de estas dos mujeres, pero al menos cumplían ese papel, cronológicamente parecían los abuelos de Nolvia. Generalmente la Amandita acudía a los almacenes de abarrotes que existían en el barrio para comprar alguna mercancía, solía andar con un pequeño paquete en la mano, cualquier cosa con envoltorio de papel, en aquellos tiempos nadie utilizaba las fundas plásticas. A veces era una bolsa con pan, la mujer era de edad indefinida, limitada mentalmente pero se hacía entender y cumplía con los encargos, cuando pasaba por la vereda saludaba a los vecinos.

Nolvia era de contextura delgada y así mismo eran sus piernas, un poquito desgarbada, rostro serio, expresión casi indescifrable pero insisto, Norma, su mirada reflejaba tristeza, nunca conocí su sonrisa, ni siquiera la escuché hablar alguna vez, la recuerdo callada, de cara fina, agraciada. No era fea y apenas una adolescente cuando cada anochecer mi amigo Pepe sostenía con ella largas conversaciones, la chica entreabría ligeramente la puerta que daba a la calle y asomaba medio cuerpo para charlar, Pepe montado en la bicicleta, con un pie apoyado en la cuneta pronunciaba aquellas palabras que a la muchacha le sonaban hermosas. Cuando avanzaban las horas, ella cerraba la puerta por dentro y asomaba el rostro detrás de los barrotes de la ventana, el galanteo todavía seguía por lo menos hasta la medianoche, hora en que Nolvia se retiraba a dormir y ahí quedaba todo hasta el día siguiente, cuando el galán volvía a asomarse al caer la oscuridad. Tengo idea que esa relación no llegó a traspasar la puerta y se perdió detrás de la ventana.

El tiempo no pasó en vano, un día don Francisco no estuvo. El viejo se fue de este mundo y doña Dominga se volvió más anciana, seguramente sintió mucho más vacía su vida sin el compañero, a la veterana le quedaban pocas energías frente al ímpetu de la joven que repentinamente se convirtió en mujer, entonces experimentó lo que nunca había conocido. A veces salía en la mañana y retornaba al atardecer, apareció otro galán a quien apodaban “el liebrero”, le decían así porque fue el primero que en Punitaqui tuvo una furgoneta marca Volkswagen, con varias corridas de asientos para transportar pasajeros en el recorrido diario Punitaqui-Ovalle, el pasaje costaba trescientos escudos, cincuenta más que en los otros vehículos, el automotor era la clásica liebre de otras épocas que se usó durante años en la gran ciudad, allá fue a comprarla de medio uso, su propietario en ese entonces no tendría más de treinta años, delgado, mediana estatura, tez blanca, un poco frentón y bigote fino. Solo recuerdo que una larga temporada la muchacha salía a pasear en esa liebre. Pero ese entusiasmo también se apagó y tiempo después llegaron nuevos sentimientos.

Me dijeron, Norma que era un huaso de El Toro y cuando la gente de nuestro pueblo empleaba el término huaso, agregando el nombre del pueblito al que pertenecía –aún debe ser así- significaba que se trataba de un hombre del campo, de comportamiento recio, un tanto burdo, poco refinado. Me contaron que el huaso de El Toro se dejó arrastrar de su afición por la muchacha, es que los afectos asoman cuando menos se piensa y él no tenía necesidad de pensar mucho. A lo mejor el camino rodado tantas veces, en aquellos tiempos de tierra dura, pedregoso en varios tramos, con piedrecillas filosas en otros, no daban lugar para reflexionar, en esa misma huella por la que andaba permanentemente para llegar a su casa, donde más allá del cementerio empezaban a divisarse las casitas dispersas. En ese sendero él dejaba flotar los pensamientos, en ellos se reflejaba el rostro de la punitaquina. Flaca, cuerpo frágil, demasiado frágil para su humanidad pero eso no importaba, a él le agradaba la muchacha, de cualquier forma se amoldaría a sus ochenta y tantos kilos. Es que él era grandote, Norma, criado con granos, con los productos que salían de la tierra, siguiendo las costumbres de la harina tostada, el buen pan amasado en horno de barro, respirando el aire mañanero, levantándose temprano.

El macizo demostraría sus propias artes amatorias e inevitablemente ese escuálido físico femenino sería suyo, le ofrecería matrimonio para que todo fuera como lo manda Dios. Y ella cocinaría para él, abundante comida en una olla grande, tenía buen apetito, solía engullirse un plato desbordante de caldo, con una presa generosa, mayor razón si se trataba de una cazuela. El segundo en plato hondo, con repetición si le agradaba el menú. Después un cigarrillo antes de dormitar, cabeceando ligeramente sentado en una banca de madera.

Por lo que me contaron siempre imaginé al morador de El Toro, eructando luego de comer, comiendo charqui asado en el invierno y bebiendo harto vino tinto con los amigos en alguno de esos bailes que de vez en cuando organizaban en el pueblito que se encontraba a unos cuantos kilómetros de Punitaqui, recuerdo que la hacienda de don Augusto Varela, dentista estudiado en la Universidad de Chile, propiedad que trabajó toda la vida su hijo mayor, Hernán, distaba por lo menos unos ocho kilómetros de nuestro pueblo, Norma. Nunca he olvidado que una noche en la que estábamos dispuestos a farrear, fuimos a parar a una de esas fiestas con el Manolo y el Raúl Rojas, antiguo compañero de la escuelita a quien apodaban Cacaruca. Allá nos topamos con el Chumingo Roco con quien siempre fuimos buenos amigos. Recuerdo que estaban de moda las canciones de Julio Jaramillo, boleros que tocaban una y otra vez, discos pequeños de 45 revoluciones, una de esas melodías que esa noche oímos incansablemente al calor de las poncheras de pisco, se llamaba “La Duda” o algo parecido, esas letras eran como una espinita que pinchaba nuestras emociones que terminaban mezclándose con la bruma mental que producía el alcohol.

Un día Nolvia recortó un anuncio publicitario y se inscribió en un curso de corte y confección por correspondencia, posiblemente vio la forma de independizarse y se concentró en el aprendizaje una temporada. Y quizás también soñaba, estuvo feliz cuando una mañana escuchó una voz que gritaba en un tono característico, conocidísimo para los punitaquinos, al tiempo que golpeaban la puerta ploma que daba a la calle, era don Vicencio, el cartero que anunciaba correspondencia y a quien todo el mundo conocía por el “Plata Sencilla”, nunca supe la razón por la cual le decían así pero que creo que éste fue uno de los apodos más célebres que hubo en nuestro pueblo, Norma. Ese hombre repartió miles de cartas desplazándose en su bicicleta de arriba, abajo, las misivas que llegaban a los pobladores de otros lugares, también de otros países aunque en escaso número en esas épocas. Don Vicencio entregó en las propias manos un sobre grande que contenía el título con letras doradas, determinaba que la joven había aprobado el cursillo que la convertía en una artesana de corte y confección. Ese diploma la llenó de alegría, se dedicaría a la modistería, ya era una modista. Y no quiso perder un minuto, de inmediato contrató un pequeño espacio de publicidad en la Radio Norte Verde de Ovalle ofreciendo sus servicios como profesora de modas, incluso no faltaron las alumnas interesadas y dicto un curso a un pequeño grupo en el mineral La Delirio.

También contaban una situación anecdótica, un poco chistosa, relacionada con una de sus primeras obras de costura y la protagonista fue la señora de Lucho Lazo, el panadero que vivía con la familia en la esquina del callejón de las Escobares, casi al frente de la casa de quien le decían “Viejo Lalo”, famoso sobador de torceduras, no faltaba la gente que acudía a su casa buscando alivio para los molestosos dolores musculares, fregar era una habilidad innata del “Viejo Lalo de apellido Contreras, papá de Eduardo, a quien también le decíamos Lalo, otro antiguo compañero de escuela y amigo de algunas farras compartidas durante la juventud, ya adulto vivió muchos años en Til-Til, un pueblo cercano al Gran Santiago. El “Viejo Lalo”, minero durante toda su vida murió aplastado en un derrumbe en las entrañas de la tierra. Dicen, Norma, que la señora del panadero pidió a la flamante modista que le confeccionara un pantalón (no sé si fue la primera esposa o la pareja del segundo compromiso de don Lucho Lazo), la mujer protestó molesta porque al probarse la prenda sintió que desmejoraba su figura, simplemente le quedaba horrible. La profesora de modas recién graduada por correspondencia, ante la inconformidad de su primera clienta, solo expresó “usted parece un monstruo, no puedo hacer ningún milagro señora”.

Presiento que Nolvia se cansó de mirar detrás de los barrotes de la ventana y sus sueños empezaron a esfumarse en la calle larga, repentinamente apareció en su vida el huaso de El Toro y en corto tiempo la convirtió en su esposa. El hombre, recién desposado, puso una carnicería, fue lo que me dijeron, Norma. Detrás del mostrador movía su volumen inconfundible, ahí estaba a sus anchas, ese era su negocio, él sabía del asunto, ahí atendía a los clientes, el producto no faltaba, un compadre camionero dedicado a la compra-venta de cerdos y vacunos, era puntual proveedor, otro varón de físico generoso, grande y obeso, hacía ruido con los tacos de los bototos cuando los asentaba en el piso al caminar, dentro de un cuarto pequeño parecía que el suelo se estremecía. A lo mejor eructaba más que el mismo Pedro después de llenar la barriga y hasta soltaba ventosidades. El no titubeaba en dejarle carne al compadre aunque no tuviese dinero, cómo no fiarle a Pedro si eran tan amigos, además le pagaba en cuanto podía, nunca demoraba demasiado y primero que nada estaba la amistad, por algo había ido al casorio cuando Pedro contrajo nupcias, la luna de miel había sido ahí mismo, no hubo necesidad de ir más lejos para sellar los sentimientos, los afectos podían demostrarse en cualquier catre, aunque crujiera toda la noche, mucho más que la misma desposada cuyo esmirriado cuerpo se encogía, se perdía en los abrazos de oso del apasionado marido. A lo mejor entre sudores y quejidos juraron un amor imperecedero, ¿para qué palabras? Fueron promesas en medio de suspiros y una esperanza de colores para la moza convertida en flamante señora.

Sin duda los compadres se querían y entre compadres se conocían muy bien tapándose mutuamente las picardías, Norma. Lo triste de todo esto es que en una de esas tomateras el comerciante grandote, en medio de la espesa niebla cerebral causada por el vino, vio en la Amandita una mujer atractiva y pensó ¿Por qué no? Llevaba vestidos, era una fémina, no existía ningún impedimento para intentarlo y empezó a molestarla torpemente, moviéndose como lo hacen los borrachos, mostrando toda la masa corporal como si fuera una muralla gigantesca, impresionante como un dique cuando comienzan a soltarlo para que salga el agua de la represa, la culpa la tenía esa marca de vino tan buena que había destapado el compadre Pedro. La acosó, la persiguió por toda la casa, la pobre mujer por instinto comprendió que debía ponerse a salvo, en su entendimiento no entraba eso de los abrazos con el compadre del dueño de casa que en esa ocasión estaba de visita, echando el aliento avinagrado, desagradable para su vida tan sencilla de mujer pueblerina, que le decía cosas que no comprendía, estaba asustada, sabía que los hombres habían bebido mucho, que las botellas vacías ella misma las había amontonado en un rincón, ordenadamente, como jugando, combinándolas de acuerdo al color llamativo de las etiquetas. El instinto le decía que debía ponerse a salvo y salió corriendo hacia el patio, en su rostro solo se veía una expresión de enorme pavor. Buscaría un refugio donde los brazos del grandote no pudieran alcanzarla y se acordó del gallinero, como era tan menudita, flaquita y malhecha, parece que entró por la misma compuerta que servía de entrada y salida a las gallinas, permaneció detrás de las mallas de alambre, respirando agitada, temblorosa y recién se sintió segura. El comerciante de chanchos no pudo satisfacer sus deseos concupiscentes, Norma y se quedó cabeceando, babeante, semidormido, resoplando ruidosamente, sentado en una banca.

Un día Nolvia y su familia, emigraron a la ciudad grande. Doña Dominga quedó sola, refundida en El Toro, al parecer ya no estaba la Amandita. Dicen que una tarde apareció una mujer joven todavía, con gafas oscuras y peluca completamente rubia en su intento de pasar desapercibida, que nadie la reconociera. Y no la reconocieron, Norma, en ese momento nadie se enteró que se trataba de la esposa de Pedro que venía de visita a saludar a la madre después de mucho tiempo. Era la muchacha que yo conocí en la etapa de la adolescencia, la misma que un día se cansó de contemplar la calle larga y darle forma a los sueños detrás de la ventana.

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