Columna personal

Susurro de los molinos de viento LVIII - El mundo de los volantines

Susurro de los molinos de viento LVIII - El mundo de los volantines

Los volantines siempre fueron parte de nuestros juegos de niños, Norma y también diría de aquellas ilusiones que despertaban en los meses de invierno, multicolores porque esa era la característica del papel fino, una variedad para todos los gustos. Cuando llegaba julio cualquiera inauguraba la temporada, bastaba que fuera un solo niño y el resto lo seguía. A veces aparecía un volantín solitario en el aire, precisamente en El Alto, aquel sendero que si la memoria no me deja mal, comenzaba al frente de la carnicería de la familia Huerta, junto a la casa donde vivió un buen tiempo la profesora Eliana Canevaro, esposa de Diego Jopia quien casi siempre andaba vestido de huaso pero nunca tuve la oportunidad de verlo sobre un caballo, ahí, había una entrada libre para quien quisiera, el transeúnte solo se topaba con algunas hebras de alambre de púas, el típico cierre que solían poner con unos cuantos palos de eucalipto para impedir que entraran los animales. Justo en ese punto empezaba el trayecto paralelo a la calle larga, decían que era más corto si se quería cruzar todo el pueblo.

El camino por El Alto era más desierto, transitarlo significaba no encontrarse con los vecinos de costumbre ni oír el bullicio de las radios que en algunas casas ponían con volumen bien subido, especialmente si la canción emitida por la emisora Norte Verde de Ovalle, estaba de moda o agradaba al radioescucha. Ese trayecto era muy utilizado por los mineros de la Compañía Los Mantos, transitaban por ahí según el turno de trabajo, el mineral tenía actividad día y noche. A mí se me ocurre, Norma, que si alguien se agachaba para sortear la alambrada frente a los Huerta, simplemente quería caminar más rápido y no perder tiempo en conversaciones que casi siempre estaban salpicadas de chismes.

Recuerdo bien que la persona que andaba por El Alto pasaba por el límite de los patios de todas las casas que pertenecían a la vereda izquierda yendo de norte a sur. La primera vivienda era la de Santiago Botarro, luego la plaza pública, posteriormente venían otras casas: una en la que vivió durante años Oswaldo Saavedra con toda la familia; la de doña Ethel, la de mis amigas Iris y Lucy, la de Omar Rivera a quien decían El Sardina, años después se enroló en las filas de los carabineros; la del Viejo Lalo; la de don Ramón Luis Cevallos; la de don Juanito Avendaño junto a la iglesia. Andar por El Alto significaba pasar por el estadio que en aquellos tiempos estaba completamente abierto, antes que existiera el estadio los peloteros jugaban en la famosa cancha Andrés Bello, el camino de El Alto continuaba por la zona que siempre denominaron “las lluvias”, crecí escuchando ese nombre que daba la gente a los terrenos donde solo sembraban trigo o cebada, luego del primer aguacero que a veces caía en mayo, señal de que el año prometía beneficios para la sencilla y tradicional agricultura punitaquina, la esperanza siempre estaba puesta en la generosidad de la naturaleza. Para mayor seguridad todavía la gente aguardaba por la segunda lluvia y recién abría la tierra, desparramaban los granos en el surco que dejaba el arado. No sé si la explicación lógica del nombre “las lluvias” se debía a que esas tierras en aquellos tiempos no tenían ningún tipo de regadío, salvo el agua que caía del cielo.

El camino por El Alto llegaba hasta La Planta y desde ahí continuaba por un costado de la cancha de aviación donde de vez en cuando aterrizaba una pequeña avioneta, tengo la vaga idea de que en ella transportaban a ejecutivos, personas importantes vinculadas a la compañía Los Mantos. Me pregunto, ¿aún existe esa pista de aterrizaje cuya superficie era solamente de tierra? Me parece que al final de ella había un espacio cuadrado con pavimento, ahí viraba la aeronave para volver a tomar la pista y surcar nuevamente el cielo punitaquino. En algunas ocasiones fuimos con mi amigo Gary, recorríamos toda la pista terrosa para disfrutar un largo rato de ese pedazo de asfalto con nuestras bicicletas. Un poquito más allá, a un costado del camino vehicular, seco y polvoriento casi todo el año, que conducía al mineral, tengo la visión casi borrosa de la existencia de una casa vieja deshabitada que llamaban “La Posada”, no sé si mucho antes de nuestra niñez la vivienda servía de albergue a los arrieros.

El mundo de El Alto era para los partidos de fútbol, jugar a las bolitas o pelearnos a puñetazos, en cambio en la adolescencia era el sitio perfecto para compartirlo con una conquista, a veces en plena oscuridad en medio de las manchas de malvas. Siempre fue parte de aquellos momentos de las parejas furtivas, testigo de más de algún sentimiento clandestino que se daba con alguna señora ajena, simplemente porque tenía que darse. Aunque los mirones nunca faltaron en el pueblo, Norma y al final todo se sabía.

Pero en la niñez el mundo de El Alto era mucho más hermoso, era el mundo de los volantines que rasgaban el aire, ese papel delgado que sonaba con el viento a medida que se impulsaba hacia el cielo, se hinchaba junto con las ilusiones de la niñez, con un poquito de imaginación, un pedacito de papel perforado en el centro, era un telegrama. Por ahí pasaba el hilo y el viento llevaba ese telegrama al mismo cielo, llegaba hasta el volantín, a veces enviábamos varios.

¡Qué lindo era encumbrar volantines! Como en sueños se me viene aquella niña que también quería participar de ese momento, en mi imaginación la veo de tez blanca, de aspecto tímido, silenciosa, no sé si resignada a la propia realidad, tal vez muy difícil. Pero también quería tirar del hilo, también quería poner sus ilusiones en el viento no importa donde éste las llevase, al final ella no las soltaba, se quedaba en tierra firme observando porque yo la sentía observadora, no abría los labios pero me conversaba y yo halaba del hilo que se volvía cada vez más tirante a medida que el volantín se alejaba en el aire. Por momentos la pequeña parecía que reflejaba la tristeza en su rostro pero igual que ella era una tristeza silenciosa mezclada con los recuerdos queridos y ausentes, lejos, convertidos en episodios vividos, en mi imaginación desconocidos para mí, demasiado distantes, no sé si a perpetuidad o pasajeros. Daba la impresión de que ella pensaba que halando del hilo, nuevamente resucitarían esas evocaciones aunque fuesen apenas como un soplo, como un bálsamo curativo, el elixir mágico que en algún momento de la existencia envuelve a todos los niños. Eran pensamientos de niña pura, sufrida por aquellas cosas que no estaban, por un vacío que no podía llenarse con el fru-fru del delgado papel ni con los guiños de colores que surgían en el cielo a medida que las manos soltaban más hilo. No sé si esa niña sin nombre era ella o tú misma, Norma.

Recuerdo que una tarde El Nata se choreó, había aparecido con expresión de suficiencia, triunfante, con un volantín morado oscuro, su color favorito, grande pero no podía elevarlo, estaba descontrapesado y ése sí que era un problema. Cuando eso sucedía, había que hacer un nudito en uno de los tirantes contrario a la dirección donde se ladeaba, El Nata hizo el primer nudo, pero nada, el volantín empezó a cargarse para el lado contrario, nuevamente lo bajó y probó de nuevo haciendo otro nudo y así, fueron varios los intentos y el morado que él mismo había hecho, no se dejaba encumbrar, al parecer había un problema con las cañas y el volantín ya no se encumbraría, rara vez sucedía eso, en esta ocasión fue justo el volantín de El Nata que traía tres carretes de hilo como para llegar bien arriba, daba un poco de hilo y empezaba a tirar en un afán por encontrar la altura, pero el volantín cargado, al final era para un solo lado y ya no se lograba la estabilidad haciendo nudos en los tirantes ni agregándole más cola, al final terminó de caer enredándose en la alambrada del corral del patio trasero de don Miguel Rojas (el Cacho Miguel, decía la gente). El Nata enrabiado dio unos cuantos tirones a la hebra de hilo y el volantín se rasgó sonoramente en varias partes, pero el percance no quedó ahí, El Nata más molesto todavía, quebró los trozos de caña que formaban el armazón y conservó solo el hilo que llevó en el mismo rollo, recuerdo bien que dijo: “cagó el morado, ahora voy a hacerme uno verde”.

No era difícil hacer volantines, Norma. Pienso que lo importante era el estado de la caña, no tenía que ser verde, después de cortarla, había que pelarla bien con un cuchillo filudo, el ancho de la franja medía menos de una pulgada, el largo dependía del tamaño del volantín, en la parte de abajo siempre quedaba un pedazo de caña libre para luego hacer la muesca y de ahí amarrar el hilo para la cola, generalmente un volantín tenía cola que se hacía con pedazos de tela, de la cola dependía en gran parte el contrapeso, si era muy larga, se tornaba pesada y simplemente no había manera de encumbrarlo. La caña para hacer un volantín se ponía a secar algunos días bajo el sol, verde para hacer el arco, éste mantenía su forma amarrando un pedazo de pita blanca de una punta a otra, luego había que secarlo un poco. Los tirantes, tres en total, perfectamente medidos para el equilibrio cuando se expusiera al viento, también eran de pita blanca, más resistente, soportaba mejor los tirones, pero como hilo era pesado, como decían los niños “guateaba” demasiado y no servía para encumbrar a gran altura. Pero también había los volantines sin cola, a ésos los llamábamos “chupetes”, rara vez un volantín no tenía cola, si eso ocurría, se debía a que los listones de caña eran muy delgados, casi se arqueaban en el aire, podían quebrarse si los tirones eran muy bruscos.

Cuando el soplo del viento cortaba el hilo, ahí sí que sufríamos Norma. Entonces el grito podía salir de varias gargantas: “se fue a las pailas”, la típica exclamación, se perdía gran parte del hilo, pacientemente volvíamos a enrollar el resto que otra vez permitía elevar un nuevo volantín. No olvido que una ocasión no quise perder tanto hilo e ilusamente lo seguí en bicicleta hasta la cancha de aviación, pero el volantín apenas logré divisarlo, iba mucho más allá de la explanada donde hacían La Pampilla, ¿de Los Mantos o de La Higuera?, no logro precisarlo después de tanto tiempo. A mi regreso cansado por el esfuerzo, comenté el detalle ante el resto de niños; el Nata que siempre trataba de dar una conclusión final a esas pequeñas cosas, dijo: “el volantín rojo fue a parar a La Delirio”. En ese momento, resignado me convencí de que así era por la cantidad de hilo que le había soltado, pero ahora que lo pienso no creo que haya ido tan lejos.

Los volantines también tenían tretas ocultas. Las cañas las pegábamos al papel con “cola”. Solíamos comprarla donde don Carlos González, la vendían en pequeña barras rectangulares, de unos quince centímetros de largo por unos diez de ancho, el grosor no pasaba de media pulgada, era un trozo sólido y había que derretirlo de lo contrario no servía como pegamento. Lo dejábamos remojando en agua fría durante una noche, al día siguiente lo metíamos dentro de una lata duraznera con dos agujeros en el borde justo en la mitad de la boca, en línea recta, pasábamos una hebra de alambre, el mismo que empleaban para colgar la ropa que las mamás ponían a secar en el patio de la casa, el tiesto cumplía el papel de un pequeño balde, echábamos una cierta cantidad de agua y lo poníamos al fuego sin dejar de vigilarlo un solo momento para que no se subiera cuando llegara la cocción, entonces la “cola” era una pega poderosa. Las franjas de caña tenían que ser bien lisas, especialmente en las aristas por cuanto eran cortantes, podían sangrar la mano como si se tratara de un afilado cuchillo, se adherían al papel una vez que le poníamos la “cola” líquida, para mayor seguridad al volantín lo aplastábamos unas horas con algunas piedras

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La trampa en el volantín estaba en el hilo “curado”. Molíamos vidrio de botella machacándolo pacientemente con una piedra, con un combo mediano –aquel que utilizaban los mineros para chancar metales- era más fácil todavía. Cuando el vidrio se volvía polvo lo mezclábamos con la “cola” derretida y con sumo cuidado, protegiendo los dedos con un pedazo de tela, untábamos esa mezcla en un pedazo de hilo, lo hacíamos en varios tramos y nos acercábamos con nuestro volantín a otro que se hallara en el aire, un par de roces de hilo con hilo y el que no estaba curado se cortaba con relativa facilidad. Lo mandábamos “a las pailas”, a eso le llamaban “echar comisiones”. No era un momento agradable hacer que otro niño perdiera su volantín.

Los colores de la bandera eran los más utilizados para hacer volantines, pero también los había amarillos, verdes, rosados, morados, cafés, naranjas o salmones, inclusive rara vez podían tan negros como un jote. Y hasta ahí no más llego, no recuerdo más colores. Pero estaba la niña, Norma, yo entendía su lenguaje porque también me hablaba de los sueños, decía que a veces nos hacen borrar caminos que no terminan de lo mejor, que la realidad en que vivimos es siempre complicada para los que sueñan demasiado, era la pequeña que hablaba de evaluar los recorridos cuando ya se está cansado; que el tiempo que fue de uno ya casi no lo es y se confirma que las cartas jugadas no eran las precisas, que las cosas habían cambiado y no era hora para las apuestas nuevas simplemente porque ya no era nuestro turno y había nuevos jugadores apostando. Y yo la contemplaba y ella volvía a mencionar los sueños que yo pensaba que eran los míos, y otra vez decía de sueños y caminos, que así era la propuesta de vida elegida, pero que el tiempo indica en algún momento, que no hay nuevas sendas, que había que instalarse a compartir el calor que nos queda con los cercanos, con quienes nos han esperado con paciencia y aún nos quieren. Y así quizás buscar algún sueño posible en lo inmediato…

Pero yo no había jugado con ella, antes no la había visto con el delantal blanco de la escuelita con su nombre bordado en hilo rojo, del mismo color del papel con que hacía yo un volantín con mis propias manos, cuando le ponía mi nombre recortando cada letra en el mismo tipo de papel pero de color amarillo o blanco, para que se viera cuando empezara a encumbrarlo, apenas se veía a unos pocos metros, después se perdía en el cielo y se convertía en un puntito, casi imperceptible porque me daba el lujo de soltarle hasta siete ovillos de hilo Cadena número cuatro, ningún otro volaba tan alto por una sola razón, no era fácil comprar siete carretillas de hilo donde don Manuel Acosta, el único almacenero del barrio de Arriba que las vendía. El hilo número tres no aguantaba mucho, se cortaba cuando el viento norte soplaba un tantito más fuerte y el volantín, ahí sí que se iba “a las pailas”. Y la niña insistía que mis volantines con nombre, eran sin duda rojas cartas enviadas al azul tan azul de nuestra infancias.

No sé quien era aquella niña, los recuerdos se confunden Norma, pero juraría que vi su rostro, estoy seguro que era la misma que se asoma hoy en el mundo de las evocaciones y los volantines.

Es agosto, septiembre Norma y muy pronto posiblemente los niños en las pampillas volverán a encumbrar volantines con el hilo del tiempo…

Comentarios

Comentario: 

jaja!!! si yo tampoco tuve la oportunidad de ver a mi abuelo a caballo

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