Columna personal

Susurro de los molinos de viento LIX - Mi hermano mayor

Créeme Norma que cuando niño era arriesgado pero no tan valiente. A veces decidía jugarme el pellejo en cosas sencillas de la infancia, como meterme a un huerto ajeno saltando una muralla para sacar furtivamente alguna fruta y sentir la emoción de la acción que no debía cometer, generalmente eran peras o los pomelos que amarilleaban en una plantación del fundo de La Higuera, tengo la idea que esa propiedad tenía cuidadores permanentes. Las matas de pomelo daban prácticamente al estero, si llegábamos a pasar por ahí -de cuando en cuando- aprovechábamos la oportunidad para realizar la picardía, en ese instante secretábamos la adrenalina de lo no permitido, el cítrico, que yo sepa, no había en otros sitios.

Si la memoria no me traiciona juraría que el propietario de ese fundo era un gringo, asomaba en Punitaqui cada cierta temporada ya que vivía en Santiago, difusamente se vislumbra en la mente el nombre de ese gringo: Federico y solía visitar la casa del tío Carlos, como que ahí pernoctaba Norma, pero iba a echarle su mirada a sus pertenencias. Eran aquellas épocas en que todavía no había la carretera panamericana y el hombre, al cabo de unos cuantos días, retornaba a la ciudad en una especie de “liebre” que cumplía un recorrido por lo caminos polvorientos, rumbo al sur y eso significaba que –posiblemente saliendo de Ovalle- con el respectivo cupo de pasajeros, pasaba por la calle larga de nuestro pueblo, por un costado del mineral de Los Mantos y continuaba avanzando por pueblos tristes y solitarios como Manquehua, Soruco, Combarbalá y desde ahí tal vez Illapel para seguir hacia la ciudad grande, debe haber sido el viejísimo camino de la famosa cuesta de El Espino, la ruta paralela a la del tren cuya energía la daba el carbón de piedra, con esas locomotoras negras. Me parece que esa especie de “liebre” que te digo también tenía un nombre “La Bola de Oro” o algo así como la CEPAN, no debe haber circulado por mucho tiempo. Era una furgoneta para unas cuantas personas, de colores llamativos, constituía una novedad verlo pasar por el corazón de Punitaqui los días sábados.

Y fue un sábado, Norma, como a las nueve de la mañana. Yo venía en la bicicleta bastante rápido por la vereda, me habían mandado a comprar un kilo de arrollado en la chanchería del Guatón Segundo pero en ese mismo instante el gringo salía del almacén del tío Carlos con una pequeña maleta para treparse al vehículo que anunciaba su presencia haciendo sonar la bocina, fue como apuntar, choqué bruscamente con él y los dos fuimos a parar en el suelo con equipaje y todo, vestido con terno oscuro quedó bien entierrado, sentado en la tierra suelta de la calle junto a la vereda. Su rostro reflejaba una expresión de desconcierto, como si en ese momento hubiese preguntado “¿qué sucedió?”. Yo fui a dar en la vereda, contra la pared de la casa. Don Federico fue el primero en levantarse, si en algún momento estuvo contrariado por el desagradable percance, se le pasó pronto, preocupado se acercó para ayudarme, con semejante costalazo fui arrastrado varios metros y la vereda que no era pavimentada hizo el papel de lija en mi cuerpo que estaba debajo de la propia bicicleta, no podía pararme, debo haber tenido un aspecto impresionante ya que el gringo puso más cuidado en mí que en él mismo. De muy poco sirvieron la camisa y pantalones cortos que se usaban en esas épocas para protegerme de la tremenda despellejada, las rodillas sangraban, la carne vivita, un lado de la cara que frenó en la muralla de la vivienda, rasmillada y empolvada, hasta el mechón rebelde que siempre me caía en la frente lucía blanquecino por la tierra, el codo izquierdo también rojo. Hice un par de intentos por levantarme pero fue imposible, la bicicleta me cubría como si hubiese sido una frazada, recuerdo que había un sol radiante, posiblemente de octubre o noviembre. Yo había querido lucirme con el encargo, pretendí ir y volver en diez minutos de donde el Guatón Segundo, esa fue la razón por la que quise ahorrar tiempo metiéndome a la vereda casi justo en el poste de la panadería de los Astudillo, en ese entonces quedaba en una de las casas de don Carlos Galleguillos, frente al almacén que años después abriera don Juan Ramírez, vecino de don Julio Alfaro. En ese punto que te digo, comenzaba una bajadita y me puse a pedalear con más fuerza, agarré buena velocidad en un tramo de cincuenta o sesenta metros, que se cortó de golpe al dar con la humanidad de don Federico, varón elegante, formal, blanco, cara medio colorada. Sentí la mirada compasiva del afuereño que fue el primero en sacar la bicicleta para después tomarme de un brazo hasta que nuevamente estuve en posición normal. Quise hacerme el valiente y montar otra vez en la bicicleta pero el hombre no lo permitió, con actitud enérgica –casi sin hablar- me obligó a que fuera caminando hasta mi casa llevando la bicicleta a un costado y la bolsa con el encargo colgada del manubrio, tal como venía, el arrollado no sufrió consecuencia alguna.

Te comento, Norma que yo adoraba esa pequeña bicicleta, la primera que tenía en mis manos, el viejo la había comprado a alguien en La Serena, fue un tiempo en que se le ocurrió hacerse propietario de una casa mediana, en un barrio cercano a lo que en ese entonces llamaban La Pampa. Recuerdo vagamente esa vivienda a la que no fui más de dos veces, no muy grande pero con una huerta más o menos extensa con árboles frutales, entre ellos unos cuantos que se cargaban de chirimoyas. En la entrada de esa casa había un almacén de abarrotes parecido a los de Punitaqui. Aunque esa propiedad el viejo la adquirió con esa visión positiva que poseía, pronto perdió el interés cuando se enteró que el gobierno expropiaría esas tierras para agrandar la carretera que iba hasta Coquimbo, el viejo compró rápido y vendió pronto, hizo un buen negocio y entre algunas cosas que recibió como parte de pago, estaba la bicicleta, pequeña, aro 18, importada, de colores vivos y los neumáticos rojos marca Michelín, creo que estuvo colgada de una pared un largo tiempo, como no sabía andar no me provocaba ningún entusiasmo, pero a los seis años, cuando ya dejé el triciclo, la bicicleta despertó toda mi afición y luego de darme unos cuantos porrazos, aprendí demasiado rápido a montarla y disfruté del placer de andar en la pequeña bicicleta que pronto se volvió chica a medida que crecía, no la utilicé más de un par de años, razón por la cual presionaba para que compraran una más grande. Con esa bicicletita, Norma fue que protagonicé el percance con el gringo Federico, dueño del fundo de La Higuera. No tengo idea de donde salió el hombre, la única vez que lo tuve al frente fue cuando me ayudó a levantarme todo maltrecho. Llegué a casa con un aspecto deplorable, la vieja tomaba desayuno con mis hermanos y de inmediato dejó todo a un lado para quitarme la ropa empolvada, lavar mis magulladuras con agua tibia y ponerme crema de sulfatiazol en las despellejaduras que eran de consideración, me tocaba con el dedo y quedaba en un solo ¡ay! Las costras que después fueron formándose hasta hacerse resecas, duraron varias semanas. Esa mañana nadie se preocupó del kilo de arrollado preparado por el Guatón Segundo, lo dejaron para servirlo con ensalada de tomates en el almuerzo.

Desde esa ocasión no volví a ver al gringo que ese sábado esperaba el vehículo que lo llevaría a la gran ciudad, pero nunca olvidé el tremendo porrazo que me di y el fundo de La Higuera siempre me fue familiar.

La casona de ese fundo era un poco grande, apenas recuerdo que las paredes eran de color plomo con blanco, techo de zinc, bastante largo especialmente en una estancia que cumplía el papel de un inmenso bodegón, donde también guardaban un tractor también gris, de vez en cuando el ruido del motor de ese vehículo rompía la quietud del pueblo, retumbaba, lo manejaba el mayordomo parece que respondía al nombre de Rafael, cojeaba de una pierna, visiblemente más tiesa que la otra, con poca movilidad. El hombre, junto con su familia, cuidaba todas esas pertenencias.

Acaso tendría once años, Norma, cuando mi hermano mayor me pedía que lo acompañara a cazar pájaros con la honda y caminando por el estero solíamos llegar al límite de esa propiedad que en la parte trasera colindaba con el estero punitaquino, completamente seco especialmente en la época veraniega, había una alambrada que impedía el paso de los animales a los potreros del fundo pero no el de las personas, en el límite con el estero existía una plantación de pomelos, en más de una oportunidad cuando íbamos de pajareros con el Ñelo, lo primero que hacíamos era sacar unos cuantos pomelos, al apuro, uno de los dos hacía de campana observando atentamente las casas del fundo que quedaban distante, los pomelos eran grandes como para guardarlos en los bolsillo y como no teníamos en qué llevarlos, solamente llegábamos con un de cítricos a la casa, solíamos ponerlos en la gorra con visera que siempre usábamos. La pequeña cosecha de frutas ajenas la hacíamos con la picardía de niños, la verdad Norma es que los pomelos no eran tan agradables, más bien amargos, había que abrirles un agujero, introducir uno o dos terrones de azúcar y luego chupar la pulpa.

En esa ocasión que te digo, Norma, cuando mi hermano mayor pidió que lo acompañara a la cacería de pájaros, nos sentamos bajo la sombra de un árbol de sauce bastante frondoso que había entre los chilcales, él extrajo una hoja doblada del bolsillo de la camisa y la leyó en silencio, a mí el asunto no me despertaba ninguna curiosidad, estaba mucho más interesado en que nos metiéramos a los extensos potreros para darles piedras a las aves, incluso me acerqué, medio agazapado, escudriñando entre las rama de unos árboles de “churqui” que se hallaban a unos treinta metros, en busca de alguna tórtola, mi hermano siguió enfrascado en lo suyo, debe haber sido una carta pero no supe de su contenido, tampoco lo comentó Norma. En ese instante no di ninguna importancia a la situación pero eso no duró mucho tiempo, acudí al llamado de mi hermano quien solamente expresó: “mira hacia la casa, si ves que viene alguien, silbas. Yo estaré cerca”. Luego se perdió entre las plantas de pomelo. Creí ver fugazmente una figura femenina, después me enteré que era una de las hijas del mayordomo del fundo, el hombre que rengueaba de una pierna, la joven –también adolescente como mi hermano- creo se llamaba Luisa y entre el grupo de amigos la conocíamos más como “la Lucha del fundo”, había otra hermana que le seguía en edad cuyo nombre se diluye en las evocaciones, no doy con él, tengo idea que ella era amor del Manolo, aún me parece que existía una tercera hermana menor llamada Violeta. Por más que las cuidaba “iño Rafael” –como decía el Beto riéndose con expresión picaresca- pienso que sus hijas sucumbieron. Ambas conocieron el amor percibiendo el aroma de los pomelos, en medio de la maleza que crecía entre una acequia y otra. El silbido de los tordos y el canto de las diucas, no apagaron los quejidos de las jóvenes parejas.

Como yo era el menor de todos, Norma, algunas veces hice de vigía observando cuidadosamente ciertos detalles que ayudaban a proteger al hermano y a los amigos, aventurillas de juventud que se consumaban en los bosques de eucaliptos, en el estero o simplemente en el viñedo. Además de eso, era el recadero verbal o portador de unas pocas letras estampadas en el papel. Pero nunca fui valiente, Norma, mi hermano en cambio tenía las dos cosas: temerario y también corajudo. No era malo para dar puñetazos y le gustaba enfrentar cosas que no tenían una explicación lógica, desafiando aquello que caía en lo extraño. Siempre lo sentí rebelde, lleno de coraje si es que de verdad había que actuar, tampoco se acobardaba si es que existía la posibilidad de salir perdiendo. Yo sentía una secreta admiración por él, era decidido, conquistador, en eso me daba largamente. Yo todavía no llegaba a los veinte años, Norma y recuerdo que el hombre se pasó una buena temporada leyendo por las noches libros de magia negra y magia blanca, varias ediciones que ignoro cómo fueron a parar a sus manos, las tenía camufladas entre otras publicaciones en el cajón del velador, una mañana en que me puse a intrusear en sus cosas, di con esos extraños libros. Ahí sí que me llegó la curiosidad, “¡mi hermano metido en eso!”, fue lo primero que pensé, eché una ojeada a esos pequeños libros, con portadas de dibujos tenebrosos y ahí mismo los dejé, reflexioné un rato y me pregunté en silencio “¿qué querrá hacer?”. La respuesta no llegó, tampoco me atreví a preguntarle para no delatarme que había hurgado en sus pertenencias, algo que no solía hacer y en eso él era más reservado todavía. Mi curiosidad apenas duraría un par de semanas, fue una noche invernal y para él infernal.

Me había acostado temprano, juraría que el calendario marcaba 24 de agosto. Desde niño había oído que en la noche de San Bartolo, justo a las doce se asomaba el diablo, esa versión la escuché siempre –Norma. Aún había algo más: quienquiera que se atreviera, precisamente a esa hora podía llamar a Lucifer, pero la persona tenía que ir sola, situarse bajo una higuera, rezar un Padrenuestro al revés y esperar después de aplicar unos conjuros raros, si llevaba una guitarra, el mismo demonio le enseñaría a tocar el instrumento.

No me olvido de esa noche, Norma. Mi hermano apareció de repente, pensé que por el frío también quería descansar más temprano, estuvo un rato en el dormitorio que compartíamos, me di cuenta que repasaba uno de esos misteriosos libritos sentado al borde de la cama, cerca de la lámpara encendida que descansaba sobre el velador, daba la impresión de que mentalmente se concentraba en retener algún contenido, deduje mucho después que era la oración que trataba de registrarla en su memoria, pero de atrás para adelante, completamente a la inversa de lo normal. Sorpresivamente se incorporó con el libro en la mano y salió cerrando la puerta muy despacio, yo había empezado a dormitar, el ruido del cerrojo me despabiló, la cama de mi hermano estaba vacía. Ya no pude dormir, se me fue el sueño con la preocupación. Salí en pijama, fui directo a la puerta de calle, la encontré cerrada por dentro, comprendí que mi hermano estaba en algún lugar del patio, la cocina y el comedor estaban en oscuras, entonces pensé en el viñedo y tuve la intención de ponerme la ropa e ir en su búsqueda, pero no tenía una linterna y la noche era un solo hueco negro, sin el más mínimo resplandor. Sentí un escalofrío, Norma y desistí de ir a la viña, aún no era la medianoche, volví a acostarme y esperé con las luces encendidas. Me vino el sopor y casi en vigilia me pareció ver a mi hermano que entraba silenciosamente, pálido, el pelo que peinaba hacia atrás, alborotado como si un viento lo hubiese despeinado. Yo vi que quitaba su ropa, se acostaba, apagaba las luces, luego oí que se dio varias vueltas en la cama y sentí su respiración acompasada, le había llegado el sueño. El estaba ahí, en el cuarto, calculé que serían las dos de la mañana. Quedé tranquilo y perdí la noción de las cosas. Vacaciones de invierno, Norma, en esas dos o tres semanas, solía levantarme mucho más tarde. La vieja me daba desayuno en la cama, llegaba con la bandeja de paila de huevos, pan, mantequilla o mermelada que ella misma hacía en la época veraniega para consumirla en invierno, su presencia me despertó, la flojera se fue de golpe junto con la intriga que ocasionaron sus palabras: “tu hermano no llegó, ¿dónde se habrá quedado?”. Incrédulo miré hacia la cama de mi hermano mayor, estaba intacta como si nadie hubiese dormido en ella.

Días más tarde, hablando con los amigos comentaron que mi hermano era un valiente, que había ido al encuentro del diablo y éste no se había aparecido. Eso volvió a despertar mi curiosidad y en cuanto pude, volví a intrusear en sus libros y encontré un detalle que despejó la incógnita: una hoja de cuaderno manuscrita con el Padrenuestro al revés.

Casi siempre uno quiere y admira por algo al hermano mayor, trata de imitarlo y asimila determinados comportamientos. El hombre siempre fue valiente y calmado, me imagino que todavía le queda algo de eso, Norma. En las relaciones sentimentales se las jugaba, ahí sí que no tenía medida. Pienso que a los veinte años existió un amor que lo marcó. Le dejó una huella, posiblemente un recuerdo que en muchas ocasiones le habrá clavado una espinita, así haya sido pequeña, en aquella época era una astilla en la uña, más aguda que un dolor de muela. Amor volcánico, apasionado, una verdadera llamarada que quemaba, un incendio que el qué dirán lo extendió por la calle larga y polvorienta de antaño. Se consumaba en el estero, en El Alto, el estadio, en la plaza o en el viñedo donde tal vez mi hermano sentía más tranquilidad, resguardado por la cerca de espinos tupidos. A veces, cuando la pareja quería escapar de todo, sin pensar en la huella indeleble que dejaban sus pasos fugitivos, el escenario era Ovalle, entonces mi hermano desaparecía. Por ninguno de los dos lados estaban de acuerdo con esa relación, un sentimiento absorbente, se me ocurre hasta obsesivo. Los amigos de siempre le decían que estaba embrujado, que habían hecho conjuros raros que lo tenían poseído, que tenía que viajar a Salamanca para buscar la contra y zafarse de ese afecto, que si no actuaba pronto, lo verían volando en una escoba. Yo nunca quise creer en esas cosas, Norma y si todos estaban en desacuerdo, yo solidarizaba con el hombre enamorado que no podía romper ese nudo como si estuviese hecho con un cabestro y por supuesto que serví de mensajero, de portador de recados, bastaban unas pocas letras en un papel que llevaba corriendo montado en la bicicleta y al poco rato la chica que pasaba por la calle hacia el barrio de Abajo, vestida de amarillo o de color naranja, recuerdo bien esos vestidos delgados, vaporosos que se agitaban con el viento. Evoco su cara redonda, unas pequitas, piel de color mate, sonrisa amplia, dientes blancos y parejos, voz suave, peinado tipo permanente, algo crespo. Ella era atractiva, debe haber tenido un encanto especial, yo la encontraba agradable y en mí tenía un aliado, por eso me apreciaba. Y yo tenía que estar atento a la escena, en la adolescencia fui parte de ella.

Cuando la muchacha iba en bicicleta, el cuadro era más normal, la pareja retornaba pronto, unas horas, el día o la tarde ausente, pero regresaban. Si iba bien vestida caminando con un bolsito que colgaba de su hombro y su saludo al paso era un hola junto con un guiño del ojo y una expresión de complicidad en su rostro, ya sabía que la situación era diferente. Los enamorados podían no aparecer y transcurrían dos o tres días. Ahí sí que todo se volvía conflictivo. Entiendo que mi hermano se convirtió en un ser odioso para esa familia, secretamente se sentía amenazado, eso lo obligó a ser más cauteloso pero no renunciaba a sus sentimientos, la pasión lo devoraba, Norma. No me olvido que una ocasión hacia las dos de la madrugada, se escucharon golpes en la ventana del dormitorio que daba a la calle, luego la voz del padre de la niña que reclamaba a mi viejo, una protesta desesperada por su mujer que estaba muy enferma, alterada de los nervios y con la presión arterial demasiado alta. Que lo único que quería era a su hija perdida tres días, de regreso en su hogar, ahí venía la queja larga, triste, angustiosa. Me hacía el dormido, yo sabía donde estaba mi hermano, pero el viejo no era tonto, también lo sabía. A esa hora se levantaba de la cama para enfilar hacia el viñedo, ahí estaba mi hermano, encerrado en un cuartito que servía para dormir y cuidar las uvas en la temporada veraniega. Todo se transformaba en un pequeño drama que duraba un par de horas, el sermón para el hijo mayor y la chica de retorno en su hogar, no sé qué le dirían pero las cosas retornaban a una aparente calma hasta que nuevamente volvían a incendiar el pueblo con los murmullos y comentarios. Un día esa fogata se apagó, Norma. Ya no quiso arder, se volvió ceniza, la fogosidad de otras épocas pasó a ser una ráfaga helada que traspasó a los sentimientos transformándolos en nieves eternas y mi hermano, como aquellos mineros que querían dejar atrás el pasado, también tomó el rumbo norte. Fue un largo tiempo, quizás un par de años o más en que el sueño del viñedo no volvió a ser interrumpido ni los vestidos de colores agitados por la brisa de la tarde, pasaron por la calle. Ya no tuve a quien entregarle una carta ni volví a ser cómplice de ese juego clandestino, me fui a la gran ciudad y nunca supe lo que sucedió, pero eso se extinguió, Norma. Simplemente se extinguió.

Nunca he olvidado el nombre de esa muchacha. Se llamaba… mejor te lo digo otro día, Norma.

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Comentarios

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Para los amigos del chazan les informo que estaré en mi querido pueblo de Punitaqui en el mes de abril del 2012 de pe a pa, posibles juntas con tutula, chata juana, etc, etc (para recordar «Hugo Gomez Holguin y las Diucas encañonando, si buscan a Hugo Gomez díganle que estoy tomando») El Chazan

Comentario: 

Los recuerdos y las experiencias de Punitaqui, te moldan toda la vida.Mi abuelo Pedro Juan Honores Codoceo (El Ajial de Quiles) al comenzar a sembrar nos enseñaba, el primer puñado para las aves y los animalitos, el segundo para los que tendrán hambre y ahora Dios danos lo que merecemos… Siempre, en sus historias, hacía notar el mérito por el trabajo y decía que los privilegios te lo daban las otras personas que te conocían por lo tú haces o habías hecho… Don Arcides, madera de aquel árbol, mi papá, decía que Dios era el mejor socio para cualquier negocio, ayúdale a hacer su pega y te bonificará 10 veces tú inversión…; a menudo, aprecio y admiro lo que hicieron estos viejitos por mí, sin adelantos ni tecnología sólo la fuerza de sus convicciones. Así, también es Punitaqui, te enseñó para trabajar y hacer el bien.

milciades-

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