Columna personal

SUSURRO DE LOS MOLINOS DE VIENTO LX - MI AMIGO ROMELIO

Son muchas cosas las que me hacen recordar a mi amigo Romelio. Uno de esos pasajes de la niñez que asoma nítidamente en la memoria, cuando estábamos en la escuelita todavía, fue el intento fallido de construir un camioncito de madera, Norma. Todos los alumnos de sexta preparatoria hicimos uno, el mismo modelo, un vehículo ñato tipo Daf, camión que circuló algún tiempo por las carreteras chilenas y repentinamente desapareció, algo parecido sucedió con la marca Commer, recuerdo muy bien que en Punitaqui hubo varios, de barandas bajas, pasaban por la larga calle polvorienta cargados de metales para el mineral de Tamaya, no transcurrían diez minutos y aparecía otro carro metalero, creo que fue una época de auge cuprífero en el pueblo. El motor de los Commer funcionaba con petróleo y producía un ruido característico cuando transitaban por la calle, no tenían las clásicas líneas de los camiones americanos, especialmente Ford y Chevrolet, que parecían más lujosos y confortables que los demás.

Corría el mes de diciembre, Norma. Tanto yo como Romelio habíamos cumplido con la tarea práctica en la materia de trabajos manuales (para las niñas ese ramo equivalía a labores, un pedazo de tela, género, dedal, aguja e hilos de colores). Todos los muchachos, apenas pisando la adolescencia, unos dieciocho en total, estábamos felices con los camioncitos, aún los recuerdo pintados de celeste, verde loro y naranja, tres tipos de esmaltes tuvimos que comprar, tarritos pequeños porque no se necesitaba más para hermosear el juguete, en ese entonces fui a comprar la pintura a Pueblo Viejo, donde don Plácido Gallardo, veterano juraría que solterón, comerciante toda su vida, así lo conocí y pienso que así murió, tenía poca cabellera, escaso bigotito, me parece verlo detrás del mostrador, propietario del local de abarrotes más surtido de toda la comuna. Voz baja, rostro inexpresivo, metódico, sobrio, quizás austero aunque oí que sí se daba algunos gustos, cada año salía de vacaciones y se trataba bien, según comentaban, Norma.

Con Romelio estábamos felices con el camioncito que hicimos en el curso, eran las postrimerías de la educación primaria y luego tendríamos que tomar otro rumbo. Recuerdo que mi entrañable amigo mencionaba la posibilidad de irse a Ovalle a estudiar en la Escuela Industrial, que impartía solo carreras técnicas que no duraban más de tres años, pero eso no pudo ser. Ahora que lo pienso, ese juguete que te digo lo construimos con nuestras propias manos, para cumplir el propósito contábamos con don Lalo Varas, gran profesor, la cabeza de toda actividad, él planificaba, orientaba y dirigía, la tarea se complementaba con unas cuantas herramientas. Cada uno tenía un arco metálico donde poníamos la sierra fina, graduable, con una mariposa que permitía ajustarla. En aquellos tiempos existían dos clases de sierra: una bien delgada que servía para el calado, permitía realizar un corte fino especialmente en la madera terciada. Para obtenerla, todo niño debía conseguir cajones vacíos, los comprábamos en los mismos almacenes, los precisos eran los galleteros, generalmente los costados eran de madera terciada. La otra sierra era más gruesa, mucho más resistente, a cualquiera de las dos- cuando se calentaban- había que pasarles un pedazo de esperma para que corriera suavemente, pero si abusábamos sometiéndola a un calor excesivo, sin parar, sorpresivamente se quebraban, entonces, se reflejaba la decepción en el rostro y quedaba inconcluso el corte en la línea que daba forma a la figura calcada en la tabla. Cuando se rompía la sierrita, la reemplazábamos por otra y continuábamos trabajando. Pienso que en esa época maravillosa hecha solo para los niños, fabricábamos sueños de madera y los pintábamos de colores, Norma. Ese sueño puro de niño acompañado de la imaginación que se proyectaba demasiado lejos, lo representaba un perro, un caballo, un gato, un elefante, una garza, un conejo, una liebre, una carreta, no me olvido que la señora Laura Véliz de inmensos ojos celestes, casada con don Hugo, tenía un montón de modelos en cartón o cartulina gruesa; la lista de figuras de animales o aves era larga. Una vez terminada, venía la lijada, cuidadosa, perseverante, cada cierto tiempo pasábamos los dedos por la madera para constatar la suavidad del material, la figura acabada la asentábamos sobre una base también de madera y las patas del animal la fijábamos con cola en dos pequeños huecos que calábamos con la sierra, primero se abría un pequeño agujero con un punzón de metal bien caliente y ahí metíamos la sierra, luego la fijábamos al arco y recién lográbamos hacer la ranura previamente dibujada con un lápiz en la superficie. Después agregábamos las cuatro ruedas, venía la pintura y un día entero para que se secara, finalmente estaba el juguete rodante que halábamos con un trozo de pita gruesa o lienza por lo menos de un metro y medio. La figura cobraba vida rodando por el patio o en la vereda.

No creo que te hayas olvidado de esos sencillos y bellos juguetes de madera, Norma. Pero no era solo el arco con la sierra la única herramienta que necesitábamos para los trabajos manuales, había que tener un pequeño serrucho para las tablas más gruesas, martillo, escofina para alisar las aristas luego de la aserruchada. Además, un puñado de clavos adecuados para ese tipo de figuras, generalmente de tres cuartos de pulgada. Todo eso llevábamos a la escuelita, recuerdo muy bien que Romelio era el único que tenía un cepillo N. 1, pequeño, preciso para esas manualidades, formaba parte del stock de herramientas, nada despreciable que guardaba bajo llave don Romelio, ese cepillo que sacaba toda la viruta de los trozos de tablas cortados a la medida, era la salvación de la sexta preparatoria.

Motivados por el resultado del camión que habíamos hecho como único trabajo del año en el curso de 18 alumnos, carrito que ya estuvo listo en los primeros días de diciembre, pensamos que era fácil hacer la réplica, con mayor razón si ya teníamos el modelo en piezas de cartón grueso. El juguete terminado permanecía en la escuela para ser exhibido en la exposición que por costumbre se presentaba al público antes de la Navidad, el mismo día en que rendíamos exámenes orales ante una comisión examinadora de los personajes notables del pueblo, se constituían en una especie de jurado, previa invitación por escrito que anticipadamente les hacía llegar la institución educativa, el evento tenía una importancia testimonial con la presencia de esos punitaquinos. Todavía recuerdo algunos de sus nombres: don Pedro Pérez, don Carlos Galleguillos, don Ramón Luis Cevallos y otros, participar era un honor.

Con Romelio tuvimos todo lo indispensable para emprender la obra, eso incluía el cepillo N.1 que mi amigo le pidió prestado al papá, existía la predisposición y entusiasmo para construir el juguete, hasta pensamos pintarlo con el esmalte sobrante de la compra que habíamos realizado en Pueblo Viejo, pero en ningún momento pensamos que faltaba lo insustituible: la guía del profesor. Estuvimos dedicados a la tarea casi un día entero –con el intervalo del almuerzo, algo sagrado en el ámbito familiar- y casi a las cinco de la tarde, desistimos. Estuvimos ilusionados que el juguete lo tendríamos listo en un par de días, “pintadito” decía el Romelio entusiasmadísimo pero comprendimos que no podíamos hacerlo, el principal escollo fue la parte delantera del motor, el desgaste de la tabla con la ayuda del cepillo requería de gran precisión, sabíamos usarlo pero nunca logramos la exactitud de ese capó, no pudimos darle vida al camioncito Daf. Nos quedamos con todos los implementos reunidos pero sin el juguete de madera. Yo estaba confiado en la habilidad carpinteril de Romelio pero tuve que reconocer que don Romelio sí podía fungir de carpintero sin pedirle favor a nadie, pero el hijo no había heredado la destreza del papá.

Con Romelio fuimos amigos desde niños, el recuerdo de ese afecto se remonta claramente desde la cuarta preparatoria en adelante, era un amigo de extraordinarios sentimientos, bondadoso, leal. De físico más bien bajito, pelo ligeramente ondulado, lo usaba corto, nunca se dejó crecer la cabellera, cabeza pequeña, tenía unas cuantas pecas en el rostro. Me acuerdo que ya éramos veinte añeros y lo molestaba cuando retornaba del peluquero con el pelo bien corto y le decía “cabeza de coco”. Bueno para jugar fútbol, excelente para el puesto de delantero, buen puñete, lo vi pelear un par de veces cuando jugábamos a la pelota en una cancha que quedaba detrás del patio de la casa del Huelo Rojas, hijo de don Juan, hermano de la Yoca. Si Romelio peleaba, siempre revolcaba al contrincante y lo dejaba maltrecho con la ropa entierrada.

Con Romelio compartimos la emoción de coleccionar la revista Estadio, siempre andábamos afanados buscando ejemplares antiguos, a veces nos conformábamos con las tapas de la revista que los punitaquinos tenían la costumbre de pegar con engrudo en las paredes del comedor o dormitorio, especialmente si en ellas estaba algún jugador destacado, mejor si pertenecía al equipo de Colo-Colo, el más popular de todos los tiempos. Podía ser un Enrique Hormazábal o los Robledo, Jorge o Eduardo que ya no deben existir; un Misael Escuti, famoso arquero, también estaba Manuel Muñoz o aquel delantero de nombre Juan Soto que metía goles en todos los partidos, empezó a jugar a los 18 años. Con mi amigo Romelio me aficioné de la revista que comprábamos semanalmente, no olvido que teníamos unas cuantas novelas, por no decir muchas, tanto policiales como del lejano oeste, una ocasión le propusimos a Jaime Araya, a quien le gustaba leer, cambiarle novelas por los Estadios que como gran futbolista de la selección punitaquina, conservaba por mucho tiempo. Esa tarde, en cuanto terminaron las clases fuimos rápido a la casa, tomamos onces y salimos disparados con Romelio, cada uno en su bicicleta, hacia Pueblo Viejo, Jaime estaba listo con un buen montón, nos dio tres Estadio por dos novelas, nosotros nos disputábamos los ejemplares de la publicación deportiva y Jaime decía: “tranquilos, cabros, aquí hay muchas revistas, que nadie escoja nada, les entregaré tres a cada uno, contadas para que no haya problemas”. Y así mismo fue, Norma, después de un rato retornamos a casa con nuestro tesoro para guardarlo celosamente. Era una competencia sana, infantil todavía eso de coleccionar Estadio, créeme –Norma- que aún recuerdo algunas de esas portadas que tanto llamaban nuestra atención: veo a Escuti atrapando la pelota en el aire, en otra a Manuel Muñoz, sudoroso, con el rostro congestionado, marcando la pelota al contrario; a un Arturo Farías sonriente, gran pateador de penales; en otra salía Andrés Prieto. Ese tipo de portadas eran un imán, andábamos detrás de ellas con Romelio, nos apasionábamos por obtenerlas, a veces nos sacrificábamos demasiado o dábamos más de lo que realmente valían, Romelio solía comentar que don Héctor Ávalos –casado con una hija de don Alfredo Díaz, padre y abuelo, respectivamente, de Tito y Mireya- guardaba en su casa una colección fabulosa de la revista Estadio, desde el número uno en adelante y que la vendía completa en veinte o treinta mil pesos, mucha plata en aquellos tiempos, Norma.

Romelio era el amigo del trompo, del emboque, del juego de bolitas y de los runrunes. Juraría que su bicicleta era roja y la de su padre, concho de vino. Recuerdo a Romelio con bototos de cuero engrasado y pantalones de mezclilla, esos que aguantaban todo. No olvido que me aficioné tanto del cepillo N.1, ideal para los trabajos manuales, que de tanto joderlo –y con la venia de don Romelio- me lo cambió por una chaqueta a cuadros, gruesa, abrigada para las mañanas de invierno, tipo tela escocesa, yo estaba feliz.

Cada mañana tomaba al apuro el desayuno, a veces el característico jarro de cocho con un pan untado generosamente en mantequilla, me sentaba en la puerta de calle junto a la bicicleta hasta que pasara el amigo, no se detenía, rápido tenía que treparme en la mía de color azul y seguirlo. Romelio era un niño de pocas palabras, buen estudiante, observador, reía fácilmente ante una broma o tontería que le decía. Creo que me soportaba demás, Norma, pero así era él, cuando se incomodaba por algo la cara se le ponía rojita con expresión congestionada, como decían comúnmente era de “pocas pulgas”. Romelio fue el primero que apareció en el pueblo con un sombrero de color azul que también me lo prestaba, andábamos en los l2 o 13 años. Ignoro si él lo recordará todavía pero yo no lo he olvidado. Y la bicicleta, Norma, nunca nos faltaba, él tenía la posibilidad de utilizar la del papá cuando la suya sufría un desperfecto. Son pequeños detalles, Norma, que emergen en la bruma del tiempo, que se quedaron en la calle larga para hablar en silencio envueltos en tantas cosas vividas. Como el sabor del pan amasado por las manos de la señora Julia, mamá de mi amigo, siempre le pedía a Romelio que me diera un trozo de ese pan después del juego de la pelota, cuando caía la oscuridad.

Romelio se quedó en Punitaqui, pero eso no duró mucho, un día apareció golpeando la puerta en la gran ciudad, con la misma sonrisa en su cara pecosa. Éramos veinte añeros, Norma, la diferencia es que él trabajaba de día y estudiaba de noche. Se ganaba el pan, a mí me lo daban y pensar que a veces el amigo me prestaba dinero para cuadrar la cuenta en El Fresia, la fuente de soda favorita en la esquina de Vicuña Mackenna y Diez de Julio, cuyos dueños eran los hermanos Campolo, italianos cuarentones, gemelos como para confundirlos porque eran igualitos, uno de ellos se llamaba Consolato. Éramos asiduos parroquianos, ahí hacíamos más corta la noche de los sábados, a veces comenzábamos la farra el viernes, ahí estaba un pedacito de nuestro pequeño e infinito mundo de la juventud, cerca de los cafetines y de los prostíbulos que se encontrabas a pocas cuadras, en la calle San Camilo, más abajo estaba la Tocornal y más allá todavía, la calle Carmen, todo eso lo recorríamos caminando, Norma, formaba parte de una despreocupada existencia.

Con Romelio éramos vecinos. Para nosotros la enorme ciudad representaba lo desconocido, demasiado para el espíritu pueblerino que nos vio crecer, era mucho para las reminiscencias que habíamos dejado en aquella calle larga, para ese Punitaqui puro de esos tiempos con sabor a vino y a pisco, con aroma de viñedos. Éramos nortinos, Norma, y qué orgullosos nos sentíamos. Como que teníamos algo de citadinos y también de campesinos, abandonar el villorrio significó enfrentarse a la capacidad de asombro de lunes a domingo porque con Romelio nos veíamos todos los días. El amigo era sobrio, los fines de semana en que rompía la rutina del trabajo, de la piel de las manos ásperas ya que laboraba haciendo lámparas de metal estilo antiguo y variados adornos muy cotizados en ese entonces, esas noches de viernes o sábado si se salía del cauce moderado que tenía, era por mi culpa. Yo lo hacía beber cuando nos juntábamos con Paquetón o el Sweeping, siempre en El Fresia donde solíamos unir dos mesas: en una nos acomodábamos los cuatro con no menos de media docena de cervezas, en la mesa adicional poníamos las botellas vacías a medida que transcurría la noche y en la máquina echábamos las monedas para escuchar las canciones favoritas.

Y te prometo, Norma, que con Romelio vivimos la gran ciudad. Mi amigo era enamorado y enamorador, yo me enredaba en algunas aventurillas haciéndole el juego, todavía asoman en la memoria nombres sueltos que aparecieron y luego se esfumaron, a veces pienso que fueron tan leves como un vaso de cerveza en una mesa del Fresia. Recuerdo a las canutas, dos chicas atractivas, evangélicas que nos hacían entrar a una iglesia extraña, donde cantaban y gritaban, tocaban violines, guitarras y con un mazo le daban al bombo, una de ellas llevaba tu nombre, simplemente se llamaba Norma, su hermana era María Eugenia, blanca, rubia, de una trenza larga, con ellas salimos un par de meses, algo hizo mi amigo y las hermanitas dijeron adiós al mismo tiempo. Romelio quería que yo averiguara los detalles y me empujó hacia la incertidumbre, yo tenía que dar la cara, esa noche él esperó paciente mi regreso, preocupado, curioso. Retorné solo para decirle que apenas me habían dicho “chao” y una vez más fuimos a parar al Fresia, estaba la noche intacta para interpretar, analizar, sacar conclusiones. Ahí el amigo solamente escuchaba, era yo el que hablaba, nos quedábamos con esa versión a la madrugada, cuando íbamos a dormir con la mente nublada pero con el corazón más tranquilo, aunque al amigo le quedara la nostalgia con una mezcla de arrepentimiento por lo que no había sido, eso le duraba unas semanas, después nuevamente éramos los mismos y volvíamos a reír. No me olvido de Anita María, de Carmen, de María del Carmen, una chica de Los Mantos que le escribía al amigo, la carta la leíamos en El Fresia, la niña le dedicaba a mi amigo una canción del Dúo Dinámico (Ojitos Negros me parece que se llamaba) ¡Qué te digo, Norma!, las santiaguinas que se asomaron en nuestra existencia, eran sencillas, a veces vivían en barrios apartados o en una comuna, entonces la distancia era una dificultad cuando jugábamos a ser galanes conquistadores, había que acompañarlas trepándose a una micro. Nunca entramos a ninguna casa, nos habríamos considerado derrotados, esa era la teoría que pasaba a ser parte de una técnica, si frecuentábamos un hogar, sentíamos que estábamos atrapados y nosotros éramos lobos jóvenes, soñadores, escurridizos y libres, pero en el fondo inexpertos, Norma, yo creo que ciertos comportamientos los asimilábamos de la trama de alguna película.

En este momento quisiera que los recuerdos fueran más nítidos todavía, si no me equivoco tres años pasamos con Romelio picando por aquí y por allá, a lo mejor habríamos seguido igual si es que no hubiese aparecido mi amiga Gloria Angélica. La conocí en el parque Bustamante mientras estudiaba paseándome bajo los grandes y frondosos árboles, desde un principio se produjo la química de la comunicación y llegamos a ser grandes amigos. Era una morena pequeñita, menuda, de rostro agraciado y una sonrisa franca que enseñaba unos dientes blanquísimos, de una expresión de picardía y coquetería femenina en su rostro, característica muy de ella. Fue quien le robó la voluntad a mi amigo, él visitó su casa y eso simbólicamente significó que le cortaran sus alas y que se cumplía la teoría.

Tres años nos pasamos con mi amigo entre amores furtivos, pasajeros, pero su vida cambió por completo cuando se asomó Gloria Angélica, de apenas dieciséis años, mi gran amiga, muy especial, de enorme empuje y carácter fuerte, bien plantada, ella fue quien le “ajustó los zapatos” al amigo picaflor, lo último que supe de ellos es que están en Canadá, tienen hijos y nietos, me invitaron, tendré que ir a verlos –Norma. Te prometo que iré a Toronto para hablar con ellos de aquellas cosas que se quedaron en el tiempo y les daré un abrazo grande para luego decirles que siempre han estado en los recuerdos. Con mi amigo hablaremos de reminiscencias y retrocederemos en los años para hacernos la ilusión de que nuevamente hacemos bailar el trompo, veremos cómo ruedan las bolitas de cristal por las veredas, volveremos a encumbrar volantines y a jugar con el emboque. Entonces me pondré su sombrero azul y recorreremos en bicicleta la calle larga. Construiremos el imaginario de la niñez, Norma, para hacerlo eterno, infinito, como los recuerdos de Punitaqui.

Es mi amigo Romelio, Norma. Mi amigo Romelio…

Comentarios

Comentario: 

Muy lindo y enriquecedor todo lo escrito. Me hizo retroceder en cincuenta años mi memoria, cuando en mi querida ciudad de Ovalle también tuve la misma infancia y juventud de los protagonistas de lo descrito con tanto lujo de detalles. Enorme la descripción de los tiempos y todo lo que de esa época era una maravilla disfrutar. Me sentí plenamente identificado y agradezco la simpleza de lo descrito. Un saludo muy grande a todos los que amammos la belleza de La Perla del Limarí y sus alrededores y a todos los que en esa tierra nacimos. Un abrazo.

Comentario: 

Don Ivan.
Se nota que usted tiene mano para la pluma, siga que tiene pasta, mire que cada vez la RETRO tiene aceptación, siga escribiendo que las cosas simples gustan y quedan.
A mi en lo personal su relato me llego al alma, la zona la conozco y tengo muy buenos recuerdos.

gracias.

Comentario: 

SI VAS A TORONTO AVISA TE HAREMOS LLEGAR UN VINITO CHILENO Y TROMPO CON LIENZA PARA COMPARTIR CON ROMELIO. Y SIGUE CON TUS BUENAS HISTORIAS,NO TE ALEJES MUCHO ENTRE CARTA Y CARTA PORQUE LA NORMA SE ENOJA.UN ABRAZO PUNITAQUINO.ghghm

Comentario: 

Estimado Ivan

Un placer leer esta hermosa columna dedicada a mi querido Tio Romelio, mas aun que la leimos juntos sentado en la terraza de mi hogar aca en santiago de Chile. (el esta de viaje de canada ppr un mes)sin duda fue es y sera un hombre extraordinario y le cuento como dato que cuando termine de leerla mi Tio Romelio estaba emocionado.

Un abrazo Grande

Saludos Cordiales

Patricio Gonzalez Carter

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