Columna personal

Spencer Tunick y Yo - Un ovallino que se empelotó hace diez años

Spencer Tunick y Yo

La primera vez que supe de Spencer Tunick fue a finales del 2001 en un reportaje del History Channel, canal del cual era casi adicto principalmente por las tardes de Domingo en La Reina. En él mostraban a este fotógrafo vanguardista e irreverente tomando fotos de desnudos artísticos en las calles de Nueva York. No eran los desnudos bacanales y masivos que conocí posteriormente, si no performance individuales, ilegales, con muy poca producción y muchísima adrenalina y talento. A principios del año 2002 volví a encontrarme con Tunick. La noticia en esos días era la fotografía masiva que había realizado en las Calles del gran Buenos Aires, con mas de 500 trasandinos en pelotas por el puerto del Atlántico. Recuerdo que la noticia la vi con varios amigos y todos asombrados prometíamos, creyéndolo imposible, que si venía a Chile iríamos a participar de la fotografía. Al poco tiempo Spencer Tunick anunció que venía a Chile en Junio del mismo año y yo recordando mi palabra y el deseo de ser consecuente con mi pensamiento liberal-artístico envié un correo al Museo de Arte Contemporáneo para inscribirme en la sesión fotográfica del artista Neoyorquino. A los pocos días recibí un correo de confirmación de mi inscripción junto con algunas indicaciones, la fecha y la hora de convocación.

Pasaron los meses y se venía el Mundial de Corea-Japón. Chile no había clasificado y mi equipo favorito era la Argentina de Bielsa que al poco andar también quedó descalificado. Nos juntábamos con mi grupo de amigos a ver los partidos tomando cerveza, que comprábamos en la botillería de Pocuro con Tobalaba. No tenía refrigerador y para mantener las cervezas heladas las colocábamos en la terraza del departamento que en ese entonces arrendaba con mi primo. El frio de Junio bordeaba los 5 grados cada noche mundialista y los organizadores fijaron la fecha definitiva de la performance para el día Domingo 30 de Junio y la convocatoria era a las 06:30 de la mañana día y hora en que se jugaba la final del Campeonato Mundial entre Brasil y Alemania.

De más está decir que todos aquellos que en algún momento dijeron y juraron que participarían si Tunick viniera a Chile se deshicieron en excusas para no desnudarse ante el lente del artista y que incluso, algunos de ellos trataban de persuadirme para no hacer el loco, que Chile estaba a años luz de Argentina y que solo iría un puñado de trasnochados y volados al bullado encuentro. La noche anterior fue el cumpleaños de uno de mis nuevos amigos y recuerdo que después de celebrar en el Hall de su departamento nos fuimos a bailar a la discoteque top de es entonces. Cosa rara en mi, esa noche no tomé. Temía quedarme dormido o que la modorra del alcohol me persuadiera de quedarme entre las sábanas. Regresé a mi casa y dormí solo un par de horas.

Me levanté muy temprano y solo con las cosas indispensables, salí a tomar micro. Estaba absolutamente oscuro y la temperatura era la más baja en lo que llevábamos del año. La micro empezó a avanzar casi vacía desde Bilbao con Tobalaba rumbo al poniente y a medida que avanzábamos se iban subiendo otras personas de todas las edades y condiciones sociales con una cosa en común, una sonrisa de complicidad al saber de que éramos parte de la misma historia.

Al acercarnos al MAC, el que inicialmente era un puñado de personas, había ido aumentando gradualmente hasta transformarse en hordas de gente feliz que repletaba las calles y dificultaba el tránsito camino al forestal. Al llegar a Monjitas todos los que íbamos en la micro nos pusimos de pie, nos miramos como para confirmar que estábamos en el lugar correspondiente y confirmar también entre sonrisas que estábamos haciendo lo correcto. Mirándonos en silencio, sospechábamos que estábamos en algo que a lo menos, sería relevante en nuestras vidas. El lugar exacto del encuentro era el frontis del Bellas Artes y al momento en que llegué había alrededor de quinientas personas que aumentaban a una velocidad asombrosa entre gritos, cánticos banderas chilenas y la adrenalina como único calefactor de nuestros fríos cuerpos.

El caballo de Botero estaba lleno de improvisados jinetes y los árboles del parque parecían bajar sus ramas para que cientos de compatriotas, gritando y saltando como primates, se subieran eufóricos a ellas.

Ya éramos cerca de 3000 personas y se rumoreaba que Tunick había cancelado. Mientras tanto, decenas de ojos curiosos y flashes enceguecedores se asomaban por los balcones de los edificios cercanos desde donde Paparazzis ocasionales nos fotografiaban asombrados como si estuvieran observando a una tropa de Papiones en el zoológico.

Eran aproximadamente las 7 de la mañana, el sol aún no asomaba y la temperatura parecía seguir bajando. De pronto, a lo lejos, empezamos a oír cánticos un poco tediosos y algunas guitarras desafinadas. Obviamente imaginé que se trataba de algún grupo de trasnochados que venían de Bellavista por el Parque Forestal, muchas otras veces vi cosas parecidas o extravagantes por el sector y no me extrañó en demasía. Sin embargo a los pocos segundos mi impavidez fue dando paso a un estado de incredulidad y al sentimiento de estar en alguna historia surrealista de algún escritor latinoamericano. El grupo que se acercaba eran “Los valientes de David”, un grupo de unos 50 manifestantes de alguna Iglesia Evangélica que se había propuesto como buena acción del mes, boicotear la performance de Tunick porque al parecer pensaron que Dios se ofendería de ver tanto cuerpo como ÉL los trajo al mundo por la calle o tal vez porque su propia hipocresía les hacía sentirse inmaculados, dignos y dispuestos a arrojar la primera piedra al prójimo.

Es extraño que estos grupos siempre alzan la voz cuando hay temas sexuales de por medio y guardan silencios cómplices frente a temáticas cotidianas que son objetivamente moralmente reprobables, fue lo que pensé en ese momento, sintiéndome estúpidamente sabio y comenzando a darme cuenta de que estaba en uno de esos días que cambian para siempre la propia historia. De pronto lo esperado. Balizas de carabineros, tres o cuatro radio patrullas y la sensación de que la fiesta llegaba a su final. Los “Valientes de Goliat” contaban con 2 grandes aliados, la fuerza pública y Dios. ¡Game Over! pensamos todos. Pero una vez más el surrealismo se apoderó de la historia y aquello que jamás pensé ver sucedía frente a mis ojos. Los carabineros pusieron una barrera humana de protección entre nosotros y los valientes y, primero por las buenas y luego por las malas, comenzaron a disuadir y a separar a los protestantes que rasgando sus vestiduras y condenándome a mi, a mis compañeros y a la fuerza policial a la condena eterna y a las llamas del Infierno se fueron alejando entre cánticos del mismo modo del cual habían llegado.

Los minutos pasaban lentamente. Ya eran casi las 08:00 y no había señales de Tunick, de un representante ni nada. Los convocados éramos más de cinco mil entusiastas que improvisábamos conversaciones cantos y gritos esperando la hora de desnudarse. Parecía evidente que Tunick no llegaría. Los presentes superábamos con creces los pronósticos de los más optimistas y sabíamos que a la organización el evento se les escapaba de entre las manos. Fue entonces que mucha gente comenzó a retirarse defraudada. No era para menos, nos estábamos perdiendo la final del mundial, llevábamos casi dos horas de espera y la temperatura parecía no querer dejar de disminuír. Dentro de mi sentía la sensación del gol en contra de último minuto. Todo iba tan bien que no podía terminar bien. Era antes de la llamada era Bielsa y los triunfos morales eran bien recibidos. “Al menos me atreví”, me decía en voz alta para convencerme de que no estaba perdiendo el tiempo, reafirmar que tuve las agallas de ir solo, en una ciudad ajena, para ser consecuente con mis creencias, con mi forma de ver la vida, y a demostrar con hechos que la prédica salida de mi bocota no eran solo palabras. En ese ritual onanista de autosatisfacción me encontraba cuando, como si del juego de la ola se tratara, gritos eufóricos y brazos alzados venidos desde lejos se acercaban rápidamente a este envolverme y contagiarme del optimismo que, de golpe, me hacía saber que esto aún no terminaba.

En forma muy pausada la masa humana fue trasladándose al sector del Bellas Artes que da hacia la costanera en dirección hacia Santa Lucía. Éramos una jauría enorme, ansiosos de vivir un momento que a esa altura ya sabíamos que era más trascendente que la propia historia personal. Avanzábamos muy lento sin saber el porqué, todos apretujados, paradójicamente acalorados y con sonrisas algo tontas en las caras. Un poco más allá un tipo con pinta de intelectualoide que portaba un megáfono daba instrucciones que eran imposibles de descifrar. Un poco más allá vallas papales y un alto contingente policial. Detrás de ellos, lo desconocido.

Carabineros no dejaba de impresionarme. Ni un solo paco tenía cara de paco y ni uno ellos andaba paqueando. Por el contrario, eran los nuevos amigos, ue nos salvaron de los valientes y que ahora al llegar a ellos te decían con una sonrisa amable que si qerías continuar adelante tendrías que hacerlo sin ropa. Insólito, inaudito, increíble. Esto de verdad estaba ocurriendo y yo estaba ahí no observando, sino como protagonista, y era mi turno de desnudarme. No hubo tiempo para voyerismo. Si algún residuo de pudor aún no estaba anestesiado por la adrenalina, se transformo en sentido práctico. ¿Y si me cagan con la ropa?, si algún weón se lleva mis pantalones, ¿Cómo chucha vuelvo?. Seguramente los organizadores habían preparado guarderías para las 400 personas que cumplimos con el ritual de la inscripción, pero los 4000 asistentes que desnudos y descalzos recorríamos el Forestal, sobrepasaba cualquier guardarropía en que hubieran pensado. Tomé mis jeans y dentro metí zapatillas, chaleco, polera, celular (¿a quién mierda se le ocurre llevar celular?)y busqué uno de los cientos de faroles para amarrar, abrazado a él, las piernas de mis pantalones ayudado por mi cinturón. No era algo que me diera ninguna seguridad, pero era menos rápido de robar, menos evidente y menos atractivo que las miles de prendas diseminadas por el pasto del parque.

Siempre la desnudez fue complicada por el morbo sexual, por la curiosidad o por los propios complejos. Sin embargo, en esos momentos, todas aquellas ideas que traban y que hacen que uno se avergüence de su cuerpo públicamente desnudo parecían haberse quedado detrás de las vallas papales, adheridas a las ropas que al separarse de nuestra piel parecían permitir la aparición de alas donde siempre tuvimos hombros.

El paso siguiente fue encontrar un lugar en medio de el cardumen de cuerpos desnudos que apretados unos contra otros desfilaban lentamente al compás de algunas canciones de Axé Bahía que alguno de los que aún no se desvestían tenía puesta en una radio. Lo primero que pensé fue en ponerme delante de una mujer. No porque quisiera mirarla sino porque me sentía más seguro no teniendo un hombre frente a mi retaguardia desprotegida.

Al poco andar comenzaron las bromas. “Cuidado que las armas las carga el diablo” “Se me calló el jabón”, “Está pelúa la cosa”, “No se echen para atrás que no respondo” “Perdonen lo poco”, etc., se escuchaba entre risas desde todos los rincones. La gente estaba feliz y parecían niños de 7 años jugando en la playa. Fue al llegar a la Costanera con Santa Lucía que la verdadera euforia se desató y donde acontecieron la mayoría de las imágenes que la prensa registró y que forman parte del inconsciente colectivo de ese día. El gordito entre las hojas, el pilucho posando como matador, la patota de íntimos desconocidos con la bandera chilena las decenas de cuerpos fundidos con las estatuas del MAC.

Juro que no vi ni una sola escena vulgar, fuera de contexto, grotesca o molesta. Éramos Evas y Adanes con una dieta que excluía la manzana… Spencer Tunick fue solo una excusa. Los 4000 que nos agrupamos fuera del MAC nos sentíamos tan libres en ese momento que no éramos capaces ni de escuchar ni de seguir las instrucciones que intentaba dar el Neoyorquino. Su idea era retratarnos tendidos en el suelo con la mirada fija en el cuerpo que teníamos a nuestro lado como era su usanza. Sin embargo la sana anarquía de esos instantes hacía que el fotógrafo se tomara la cabeza con sus dos manos y que gritara ingenuamente desde su silla de salvavidas, en un pésimo español ¡“Por favor, no miren la cámara”!. Era inútil. Si bien la mayoría nos tendimos siguiendo las instrucciones, gran parte de nosotros saltaba, corría, colgaba de las estatuas, se abrazaba y definitivamente más de un ochenta por ciento miraba la cámara e incluso sonreía o hacía conejitos.

Luego de unos 10 minutos nos cambiamos a la Costanera a otra sesión de fotos imposible. Tunick estaba en Chile y al parecer esa mañana nos creímos la historia de la sangre Araucana indomable y muy pocos se preocupaban de hacerle caso al único extranjero vestido que intentaba dar orden al carrousel de emociones que se desplegaba con las primeras luces de la mañana.

Todos parecíamos olvidar que nuestros penes, pechos o vaginas se mostraban sin pudor ante los ojos de miles de desconocidos, olvidamos por un instante que estábamos en las calles de Santiago en una avenida donde diariamente circulan cientos de miles de personas, olvidamos que se jugaba en ese instante la final de un mundial de futbol y que no habría otra hasta dentro de cuatro años, olvidamos incluso que el grado bajo cero que besaba nuestra piel era la temperatura mas baja de lo que iba del año. Olvidamos el miedo, las diferencias de edad, de sexo y orientación sexual, olvidamos los barrios de donde veníamos y el color de nuestros ojos o de nuestra piel, olvidamos si estábamos demasiado blancos, peludos, lampiños delgados o gordos, olvidamos si habíamos llegado en auto en micro o a pie, olvidamos los sectores políticos y los equipos de futbol… olvidamos tantas ataduras que arrastramos a diario, que nos marcan, nos segregan, nos enfrentan, y nos hacen temer… Spencer no sabía lo que hacía cuando vino a Chile, no sospechaba ni una minúscula parte de la historia que generó, no ambicionaba ser parte de la historia del país ni generar un quiebre en el discurso, en la idea de lo que es Chile y de cómo somos los chilenos. Ese día crecimos todos… los que estuvimos y los que no. El país seguiría su ritmo los días y años siguientes pero ya no con el lastre a cuestas del país extremadamente pacato y moralista. Un ejercito desnudo estaba conquistando ese logro para Chile.

El resto de la historia es conocido. Robaron ropa a mucha gente, salimos en los diarios y en televisión el resto de ese año, la abuelita de Tunick fue invitada a cuanto estelar de televisión hubo. «Las últimas Noticias» decidió cambiar su portada a fotografía completa para ese evento, estilo que continúa hasta hoy y que la convirtió en éxito de ventas, el final del mundial pasó a segundo plano y pocos recuerdan ese partido entre Alemania y Brasil. Los piluchos de Tunick quedaron… Mi idea de amarrar mis pantalones dio resultado y encontré toda mis cosas intactas. Aún sintiendo la sensación de haber vivido un sueño, y estar despertando miré hacia mi lado. Una preciosa joven de unos 25 años con un cuerpo de escultura griega a escasos 5 metros míos, acababa de ponerse sus calcetines y subía su tanga a la altura de sus rodillas. La miré con morbo. Ella me vio a los ojos y se apuró en terminar de vestirse. Yo avergonzado de mi mismo me di la vuelta y me fui. Llevaba puestas mis ropas de nuevo.

Comentarios

Comentario: 

buen comentario,para recordar a un numeroso grupo de jóvenes ovallinos de la época que se empilucharon….en nombre de su tierra ancestral!!!!!!!!!

Comentario: 

Me encantó el relato.Me acuerdo de esas fotos solo por lo que vi en los diarios y en la TV.El autor tiene talento para contar.Lo felicito.

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