Columna personal

Susurro de los Molinos de Viento LXI - Los Billaristas

Susurro de los Molinos de Viento LXI - Los Billaristas

Siempre oí hablar del Guatón Cordones, en este momento se me va el nombre, Norma. Tampoco recuerdo con exactitud si era oriundo de La Serena o de Coquimbo. Decían que era un extraordinario jugador de billar, diestro en “la americana”, modalidad que le permitía reunir en triángulo las tres bolas y recorrer la mesa de las patas gruesas y torneadas de madera extremadamente fuerte haciendo carambolas. “El Guatón Cordones es como si arreara las bolas y la verdad es que no las suelta. El no deja que se separen, si una se aparta un poquito, calcula con precisión el golpe de taco y la bola vuelve a formar el triángulo con las otras dos, como el arriero que no deja que la res o la oveja se separa del hato, así es Cordones”, fue una de las opiniones que escuché en el salón de pool y billar, el único que podía ser considerado como tal en la década del 60. Recuerdo muy bien que ese salón se encontraba en la calle Libertad unos cuantos metros antes de llegar a la Miguel Aguirre, lugar céntrico de Ovalle, a menos de media cuadra de la plaza, esa plaza apacible y tan hermosa en aquella época, cuando los estudiantes del liceo solíamos sentarnos en esas bancas de color verde bajo los frondosos y añosos árboles, a veces eran palmeras de un tronco grueso, daba la impresión que se hallaban profundamente enraizadas, en alguna partes levantaban ligeramente el piso de baldosas. Ese liceo funcionaba en una vieja casona de paredes amarillas y puertas amplias de color verde, justo al frente de la plaza, la puerta principal estaba junto a la secretaría general y al rectorado, por la calle Libertad, la entrada para los estudiantes quedaba en la calle Socos, en la mañana se cerraba la puerta a las ocho y cuarto, por la tarde a las dos y media. Cada mañana faltando diez minutos para las 8, sonaban las campanas de la iglesia que se encontraba en la calle Miguel Aguirre.

El local del salón de billares, Norma, en otros tiempos había sido una bodega donde se compraba y vendía ciertos productos del país, enorme, correspondía a la planta baja otrora propiedad de don Gregorio Tapia casado con la señora Teresa, padres de Wilson Tapia a quien decíamos Chicho, un día la familia vendió esa casa de dos pisos y dejaron Ovalle para irse a vivir en la ciudad grande. Solo recuerdo que para doña Teresa el Chicho era como sus ojos, demasiado mimado, con el Chicho éramos amigos de juegos de pelota, del pequeño automóvil de juguete que funcionaba con cuerda, nunca más volví a verlo. Una vez leí un libro de su autoría compartida con otro periodista: “¿Quién mató a Tucapel?”, trataba de la historia de un líder obrero asesinado durante la dictadura de Pinochet, su cuerpo lo encontraron degollado en las periferias de Santiago.

¡Qué coincidencia, Norma!, en la misma casa de don Gregorio Tapia, donde jugábamos el Chicho durante parte de la niñez, se instaló unos cuantos años después el salón de billares más grande de la ciudad. Apenas quinceañero conocí el submundo de ese juego, donde en ciertas ocasiones hacían apuestas altas, partidas de pool que se prolongaban hasta la madrugada, el dueño era Leonardo Peñafiel, hombre joven, acaso tendría 30 años o un poquito más, fuimos buenos amigos pese a que yo era un mocoso para él, pero existía mi poderosa inclinación por el billar y mi habilidad algo tímida al principio, repentinamente fue destreza, me contagié de ese ambiente y empecé a jugar dinero, Norma. Ya no me faltaba plata en el bolsillo, simplemente ganaba la mayoría de las partidas y me sumergí en el mundo de las carambolas, a ciertas horas del día los estudiantes del liceo copábamos el salón. Jugábamos pool o billa y también nos entreteníamos con un par de taca-taca. La hora de pool y billar costaba trescientos pesos, llegué a ganar hasta 1200 pesos en la semana, tomando en cuenta que le vieja me daba otros mil pesos cada sábado. Eran otros tiempos, Norma, en Ovalle la vida era sana, se podía caminar a cualquier hora por las calles y no sucedía nada, ¡qué tranquilidad que se respiraba en la ciudad!, sus habitantes no pasaban de treinta mil y la comuna de Punitaqui apenas llegaba a dos mil almas.

Frecuentaba el salón de billares a partir de las 5 de la tarde hasta las ocho y media de la noche, hora en que debía llegar a la casa de familia donde me daban hospedaje y comida por 14 mil pesos al mes, tenía un pieza para mí solo, mi gran amigo Ñelo fue quien me llevó a esa casa que solo recibía estudiantes escogidos rigurosamente, nos sentíamos privilegiados, en esa misma casa vivía mi amiga Tina (su verdadero nombre era Justina), hermana del propio Ñelo. Mi amigo me acompañó un año y fue a terminar sus estudios en La Serena.

La casa que te digo Norma, quedaba en la calle Libertad, contigua al antiguo correo y a media cuadra de la plaza y del liceo, pertenecía a don Manuel Contreras, un viejo sastre viudo que bordeaba los 70 años, su hermana solterona respondía al nombre de Amalia, gran modista, le gustaba que le dijeran señorita, ya era veterana. En invierno pasaba toda la tarde junto al brasero, lo mismo por la noche después de la comida, solía coser hasta la medianoche y si el pedido era muy urgente, hasta la madrugada, no olvido que me abría la puerta el sábado en que con su autorización, salía unas horas a la calle. A esa hora todavía conversábamos en la pieza de costura, el brasero encendido y la tetera puesta, doña Amalia me brindaba unos cuantos mates con un trozo de pan. A veces me daba la impresión de que la dama tenía una tristeza rancia que se traducía en nostalgia, cuando hablaba de cosas del pasado, especialmente de un joven a quien nombraba como Huguito, al parecer había fallecido durante la adolescencia, ella misma comentaba que el muchacho había llegado solo a los 17 años, su muerte había sido inesperada. La señorita Amalia cuando recordaba, tragaba saliva y se enjugaba un par de lágrimas casi solitarias que rodaban por sus mejillas de arrugas profundas, pronto recuperaba su compostura y volvía a la costura. Siempre manifestaba que ese joven era su sobrino, yo como que lo ponía en duda, se me ocurría que podía haber sido un hijo, producto de un amor de su juventud, en mi cabeza me hacía la idea que era parte de alguna historia que bien podría haberse remontado a medio siglo antes, pero eso jamás pude dilucidarlo. Una tarde de sábado en que doña Amalia había salido con su sobrina, una pequeña de unos diez años que respondía al nombre de Cecilia, de puro intruso me metí al dormitorio de la veterana para hurgar entre sus cosas personales, eran papeles que guardaba en una caja de cartón, allí había una carta manuscrita de un joven, el contenido sabía a un reproche con mezcla de tristeza y me quedó la sensación que esas letras habían sido escritas por el joven que ella tanto evocaba, por su contenido parecía que eran de una persona que sufría un estado depresivo, la decepción era el sello de esas líneas que no pasaban de una página sobre una esquela, típicas cartas de aquellos tiempos. Luego de tantos años no vislumbro claramente el contenido, pero el sentido de esa carta comprendía una crítica amarga hacia la vida, tal vez por eso la persona que la escribió, vivió poco. Se fue de este mundo, pero nunca supe cómo: ¿muerte natural?, ¿enfermedad?, ¿suicidio? Jamás conocí la causa, lo único real era el tono de tristeza que impregnaba la voz de doña Amalia y unas cuantas lágrimas que caían de sus ojos cuando hablaba de esa muerte, su mirada reflejaba una gran tristeza.

Cuando hablo de los billares, dos nombres se agolpan en la memoria: Alejandro Andrade y Alejandro Chacón. Al primero le decían Janllo, hermano de la profesora señora María Andrade, esposa de don Lucho Díaz, hombre demasiado conocido en Punitaqui.

El Janllo tenía una mirada un tanto triste, no me olvido de él: rostro un poco pálido y al mismo tiempo medio colorado, aspecto enfermizo. Digo colorado, Norma, pero en ningún caso rebosante de salud, la piel de tonalidad un tanto púrpura. La boca siempre entreabierta, respiraba con cierta dificultad, el pecho bajaba y subía, como si estuviese cansado. Así lo conocí o reparé en él cuando yo vivía la etapa de la adolescencia. El hombre era de mediana estatura, flaco, enjuto de hombros, cara alargada, barbilla ligeramente terminada en punta, los ojos de una expresión desencajada. Siempre lo veía caminar por la calle, vivía con la mamá y juraría que la casa que ocupaba quedaba unas pocas decenas de metros más arriba de la vivienda de don Facundo Valenzuela. Ese trecho el Janllo lo recorría usualmente hasta alcanzar la casa de don Lucho Díaz, su cuñado, propietario de la fuente de soda, así era cada tarde, Janllo no trabajaba, simplemente dejo de hacerlo cuando el médico le diagnosticó una afección cardíaca. Pero no era un problema sencillo, Janllo un día contó que tenía más grande el corazón que el común de la gente y para eso no había solución, ni siquiera sometiéndose a una cirugía.

Janllo era especial, como que tenía un poquito grandes los dientes delanteros, de repente parecía que se le iluminaba el rostro cuando algo le causaba gracia, reía entrecerrando los ojos. Siempre conversábamos Norma, cuando yo tenía 15 añitos, él se aproximaba a los treinta. Estrechamos más los nexos cuando con el Janllo practicábamos billar.

En Ovalle el cuadro era mucho más intenso, el salón de billares donde verdaderamente aprendí a jugar, era un mundo mágico donde las bolas de marfil rodaban en el tapete verde. Se respiraba el olor a cigarrillo, siempre había un humo tenue que flotaba en el ambiente, el ambiente de las imprecaciones, del ruido de la tiza en la punta del taco, de los gritos de júbilo cuando se ganaba una partida. Había rostros serios, alegres, expresiones imperturbables junto con la concentración característica, la calma en el momento de realizar la jugada o el nerviosismo tan traicionero cuando un tiro lo decidía todo. Era complicado, Norma, yo era bueno pero más nervioso que calmado, quizás me confiaba en la habilidad adquirida a fuerza de tanto jugar. Ahí olvidaba la gramática, la historia o el inglés, los ejercicios de matemáticas se diluían cuando estábamos frente a una mesa de pool o de billar. Pienso que el ambiente era sórdido, un poco de los bajos fondos. Ahí conocí a Lucho de la Noé, me parece que era propietario de un bar que se llamaba El Quijote, me parece que quedaba en la calle Arauco, repentinamente desapareció, lo evoco grande, gordo, rostro barbado dando un aspecto de descuidado, un poco barrigón, con abundante pelo de color negro en su cabeza, así era su cabellera, con un mechón que asomaba en la frente, me parece que tenía doble pera. Los pantalones eran oscuros, un poco anchos, usaba unas botas negras relucientes, de caña larga, tipo españolas y en ellas metía los pantalones. Parecía un gitano, Norma, con aire de jefe, igualito a los que más de alguna vez tuve la oportunidad de ver en las carpas que se levantaban esporádicamente en Punitaqui. Confieso que me impresionaba verlo, despertaba mi curiosidad y lo observaba detalladamente, al disimulo, reconozco que llamaba mi atención ese hombre grande, de aire severo en su rostro, serio, ceñudo, no iba mucho a los billares y solo lo hacía en calidad de espectador. Repentinamente no se apareció más en el salón, alguien comentó que se había visto mezclado en una muerte o que le había quitado la vida a una persona y estaba preso. No volví a ver a ese hombre poco común con aspecto de gitano, en realidad no supe bien qué fue lo que sucedió, pero decían que no le había dado ninguna oportunidad al contendor y simplemente había presionado unas cuantas veces el gatillo de su revólver, también contaban que el contrario estaba desarmado cuando recibió el impacto de las balas.

Los billares lo frecuentaba gente de distinto rango social. Ahí estaba el Tato Álamo (tal vez descendiente de libaneses), de buena posición económica; Rodolfo Penna cuyo padre era propietario de una afamada ferretería localizada en plena Vicuña Mackenna, almacén donde –entre otras cosas- vendían bicicletas, esa línea era el negocio de Rodolfo, estudiante del liceo, un verdadero técnico en bicicletas. De vez en cuando asomaba en el salón Patricio Musalem, a lo mejor también de familia libanesa, propietaria de la Tienda El Sol, “el turco le decíamos”, bueno para el idioma inglés, se lucía con la profesora Gladys Maggio o doña Inés de Tam, señora muy atractiva, le decían la “Coca”, ignoro la razón del apodo o diminutivo, una dama respetable, madre de dos colegialas púberes que prometían una gran belleza. También era bueno para el inglés el Jorge Yagnam que no se escapaba del apodo de “turco”, con él alternaba con frecuencia, conversábamos largamente. El turco Yagnam era más calmado, hablaba con más seriedad que el Pato Musalem, este último era más polvorita, además de burlón, posiblemente era más adinerado que su amigo Jorge, no me olvido que ante cualquier pregunta que diera paso a la curiosidad de su interlocutor, el Pato Musalem se daba por aludido y la consideraba una indiscreción, de inmediato reaccionaba molesto para espetar: “¡Qué te importa a ti!, ¡te pregunto yo cuánto gana tu papá!”.

Y también en el salón de billares se aparecía el Cacho Jhon o Rolando –era el nombre del hermano; otro era el Jhonny Malagarriga,  todos los muchachos eran buena gente, de círculo social acomodado, yo no tenía nada al lado de ellos pero sí podía ganarles las partidas de pool o de billar.

Lucho de La Noé andaba con guardaespaldas, ése era el Jacko Magdaleno, un hombre blanco, no jugaba, siempre deslizaba su mirada atenta y estaba como al aguaite, de movimientos calmados, bigote fino, tez blanca, pelo castaño, rostro aguzado, fino, su pinta no reflejaba ninguna vulgaridad, tampoco hablaba mucho. Fumaba –juraría- cigarrillos Liberty, tabaco rubio, fuerte, no sé por qué pero al Jacko Magdaleno lo recuerdo con camisas escocesas, mangas largas, a cuadros, llamativas, pantalones de casimir y unas botas de color café, posiblemente de cuero engrasado, cubiertas con los pantalones como si fuesen zapatos comunes. Era zurdo, detalle que no he olvidado, algún rato haciendo gala de una destreza acompañada de una gran rapidez, con esa mano sacó un aguzado puñal de la bota izquierda. Tenía la cacha de color verde oscuro con incrustaciones de brillantes piedras rojas, cortó lo que tenía cortar, un pedazo de pita gruesa y guardó el cuchillo en el mismo sitio. Yo conversaba con el Jacko, me gustaba escucharlo, era demasiado ágil, observador y no tenía miedo de nada, decidido como él solo. Tampoco lo vi más, Norma.

La verdad es que yo era el citadino de lunes a viernes, pero de vez en cuando, algún sábado al mediodía, me iba con toda la ropa para el lavado adentro de una bolsa de tela, la que usábamos todos los pueblerinos que nunca podríamos haber sido ovallinos, enfilaba los pasos a La Alameda, desde ahí salía la micro de don José Roco (hermano de don Jorge), papá de mi amigo “Chumingo” y viajaba a Punitaqui para retornar a la ciudad el domingo al atardecer. Los fines de semana era imposible olvidar que era punitaquino y en el pueblo jugaba billar más sanamente, con el Janllo, con don Lucho Díaz, con Hernán Varela, inclusive con don Floro, el soldador u hojalatero. No apostábamos dinero y nos enfrascábamos en partidas desde las 7 de la tarde hasta la medianoche. El Janllo hacía hartas carambolas, nadie lo superaba en el pueblo, me daba ventaja y no podía derrotarlo. Era el mejor billarista de toda la zona, créeme Norma que yo estaba decidido a ser un jugador de categoría, conseguí un libro sobre el aprendizaje y práctica del billar, progresé pero no fue suficiente, empecé a aplicar la técnica de los grandes jugadores, me di cuenta que le geometría era parte del billar y no me hizo agracia por mi animadversión a todas las materias que no pertenecieran al campo de las letras, al área social. Nunca aprendí química, física ni álgebra, disciplinas que jamás tuvieron cabida en mi esquema mental.

Alejandro Chacón era el otro billarista, ovallino y zurdo de nacimiento. Ese sí que era bueno para jugar billar, aprendió con toda la técnica y enseñaba lo que sabía sin egoísmo, no tenía contendor. Decían, ante mi apasionamiento por reconocer su admirable destreza en el juego de las tres bolas, que el “Guatón Cordones” le podía ganar, yo siempre lo puse en duda; entiendo que Alejandro Chacón, quien se graduó de profesor de inglés en la Universidad Técnica de Santiago, frecuentaba los mejores salones de la capital y se codeaba con los jugadores más destacados. Con él jugué montones de veces en Ovalle, aparecí a en su ciudad natal por temporadas, para mí era un pequeño acontecimiento y lo disfrutaba. En el único salón –de Leonardo Peñafiel- era un espectáculo verlo jugar y demostrar cómo se hacían las carambolas difíciles y de fantasías, además de los tiros de “masé” con el taco en ángulo recto. Yo encontraba increíble a ese hombre joven, delgado, frentón, estatura normal, ojos claros, tez blanca y pelo ondulado. Vestía pantalones de casimir y chaquetas con un cierre de cremallera, zapatos formales, caminaba ligero y parecía que cuando visitaba Ovalle no tenía otro trayecto que cubrir que el de su casa al salón de billar, recuerdo muy bien que cariñosamente le decían “Chaconcito”, el apellido lo convertían en un diminutivo. Alejandro llegó a ser campeón de Chile entiendo que en la modalidad de tres bandas pero cuando quería mostrar sus habilidades haciendo carambolas, se olvidaba un poco de le geometría y que la mesa tenía 4 bandas, entonces se dedicaba solo a las jugadas difíciles que pertenecían a la carambola libre valiéndose de todos los recursos que comprendían la habilidad de cada billarista, la libre interpretación según la ubicación de las bolas para que procediera a realizar la carambola legítimamente, sin mañas ni trampas. Chacón era recto en eso, completamente auténtico, además el juego del billar es tan riguroso y exacto que no da lugar a triquiñuelas. La carambola que más despertaba mi interés era aquella que Alejandro llamaba “la arrepentida”. Ponía las tres bolas de izquierda a derecha, en hilera, separadas entre sí por muy corta distancia, la fila ubicada cerca de la banda larga. La primera bola era la de Alejandro, éste poniendo tiza en la boquilla paraba el taco verticalmente, hacía dos o tres movimientos leves y rápidos como si quisiera clavar el taco en la bola y daba el golpe, la bola salía disparada hacia adelante pero el efecto que llevaba, permitía que ésta avanzara un par de metros y repentinamente parecía que frenaba, luego retrocedía rápido como si le hubiesen inyectado una mágica energía y se iba directo a las dos bolas inmóviles, dándoles en forma simultánea. “La arrepentida” era una carambola difícil y de alta precisión, Chacón era un maestro en esa jugada, yo jugué un par de años con él, tratando de aprender un poco más, posteriormente jugamos varias veces en la gran ciudad, él nunca dejó el billar pero tampoco descuidó su carrera hasta que obtuvo el título de pedagogo en inglés. Yo estaba aprobando el bachillerato para ingresar a la universidad, pero sentía la picada de un bichito mucho más poderoso aún que no me ha dejado hasta la fecha, el de la aventura, el que provoca la sed de horizontes.

Un día dejé el mundo de los billares, Norma, pero no he olvidado a Alejandro Chacón. Tampoco a Janllo Andrade, el de aspecto cansado, rostro serio y sonrisa triste. Un día que visité Punitaqui ya no lo vi. Me contaron que hacía algún tiempo su corazón grande y cansado había dejado de latir.

Comentarios

Comentario: 

Excepcional relato de nuestro querido Ovalle, de sus paisajes costumbres y personajes, fué una gran época en nuestra maravillosa ciudad que nunca olvidaré.

Comentario: 

! muy entretenido , y cosa curiosa , siempre hago ciertos comentarios y doy mis opiniones de diversos tópicos extractando de los diarios noticias que me interesan, y esta vez me atrapó el leer lo escrito por IVAN..me sentí transportado , con alegría al pasado en mi querido OVALLE.especificamente lo del billar..conocí y conozco a ALEJANDRO CHACÓN..vivió en mi casa de SANTIAGO cuándo estudiaba..mi familia emigró de OVALLE 60.61..y cada vez que visito LA SERENA , es inevitable pasar por nuestra ciudad, recorrerla, cada vez mis barrios de antaño, el pje. GALVARINO, la calle TANGUE y aperarnos del sabroso queso de cabra y que no falte en el desayuno en nuestras vacaciones.playeras..Efectivamente había un lugar para jugar 2 mesas ,la de pool y la de billar..creo que su propietario era DN RAUL.. vecino de los QUIJANES„de JUANITO MORALES..nos juntabamos con EMILIO CORTEZ. JUANITO GALLARDO ( bueno pal.futbol )con el pato PIZARRO , el YAYO..como olvidar a la GLADYS A LA CORITA.etc. nuestra pichangas a todo dar en el QUISCAL…el río LIMARI donde nos bañabamos, ora cruzando el bosque de los CORRALES ora de frente cruzando los campos sembrados de trigo y en el camino los generosos árboles frutales..y la casita de ANGELITO un viejito conductor de un coche de alquiler tirados por caballos..tangue/victoria…y más al fondo la LUCHA ALFARO…ejale!…nuestra escuelita 1.a una cuadra del mercado..o el LICEO..frente a la plaza..cine CERVANTES y escuchar música y despues la marcha anunciando el inicio de la función..y los liceanos esperando en las bancas de la plaza para ingresar minutos antes a clases en amena charlas con grandes alumnos de nuestra época..EL GUATÓN CASTELLANI..ASTORGA…TABORGA.PAVIC. SIMUNIVIC, CORREA, EL PARAFINA PENNA.MARTINAC..CACHITO ROSENDE..EL BONITO ALVARO..PEÑAFIEL..LORCA RAFAEL RODRIGUEZ..
..uff. tantos nombres..rememorar es como abrir un libro y adentrarse en sus entrañas más profundas..no debo olvidar.mi infancia en el pasaje GALVARINO..con tantos amigos el COCHO..EL TAVO DIAZ..EL ZANAHORIA..LOS PACHECOS..LOS BAEZ..LA GEORGINA.EL SASTRE.LOS JIMENEZ. los FLORES los VELIZ y tantos más escondidos en nuestra memoria. hay tanto que contar y recordar…mi familia era numerosa como buen ferroviario que era mi PADRE.., todos practicabamos deportes. en especial el basquebol tanto en la cancha de la maestranza o en la cancha de la escuela 1 . 5 hermanos hacíamos un equipo.saludos a todos los OVALLINOS ..en el LICEO mi apodo era el MONO SANTANDER..primaria 49.54…secundaria..55.60- mi infancia en el pasaje y mi adolescencia en tangue..de la escuela recuerdo OSCAR ARAYA—y del liceo recuerdo al SR. MONJE…hasta la próxima….

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