Columna personal

Los Remolinos del Tranque

La pareja de ancianos abstraídos contemplaban melancólicamente las aguas del embalse, mientras unas cuatro velas reblandecidas y tristes, se extinguían lentamente sobre una pequeña roca en el abismo del cerro. Era un día de sol claro después de las lluvias. La cascada de aguas liberadas por las compuertas formaban un arcoíris a esa hora de la mañana. Desde el mirador, cercano al puente de cimbra, sus miradas compenetradas parecían buscar un objeto en la gran masa de agua. Nuestra curiosidad por ver la abertura de compuertas del tranque rebasado por las aguas nos había dirigido hasta allí. Nuestro grupo de amigos adolescentes, al acercarnos a ellos, les saludamos respetuosamente antes de cruzar el puente. Entonces, el hombre de aspecto humilde, con sus ojos azulados y esperanzadores de respuestas nos preguntó -¿Han visto los remolinos en el agua? – ¡No! respondimos en coro. - Cuando las aguas suben al nivel máximo aparecen estos remolinos y también en las noches de luna llena. - Nos comentó. Nosotros continuamos caminando sin reparar en el sentido de sus palabras, motivados por la prisa de ver las compuertas en su magnitud. Ellos, permanecieron en contemplación por un largo rato más, hasta que el ruido de la vieja camioneta Apache, nos atisbó que se retiraban del lugar.

Al llegar a casa, después de ese agotador día de excursión al embalse, le comenté a mi madre de los acontecimientos del día, del comento de los ancianos sobre la aparición de peligrosos remolinos en el tranque, a lo cual ella agregó: - Ellos siempre vienen a cumplir una manda en memoria de su padre, quien zozobró en las aguas del tranque… Entonces, mi curiosa adolescencia se empeñó en conocer aquella misteriosa historia. Y, al día siguiente, en compañía de mi hermano volvimos a ese mirador en donde supuse que los encontraríamos.

El hombre se presentó afablemente como Manuel y la mujer, su hermana Rosa. Al poco de conocernos, nos comentaron que sería su última visita al tranque por sus avanzadas edades y menguada salud, siendo para ellos muy importante que se conociera la verdadera historia de su padre… Manuel sacó su tabaquera, lío un cigarrillo parsimoniosamente, lo encendió con nerviosismo y dio inicio a su relato:

Mis abuelos heredaron de sus antepasados, de tiempo inmemoriales, unas hijuelas a orilla de río, lo que hoy en día está sepultado por las aguas del tranque. Vivían humildemente de lo que daba tierra, de la alfarería en greda y de unos míseros pirquenes de oro claveteado en el farellón del cerro. Ahí mismo, en donde se construyó el muro del embalse. Ellos envejecieron y al morir le pidieron a mi padre, hijo único, que por la memoria de sus ancestros enterrados jamás abandonara estas tierras sagradas. Además, en ellas existía un gran mineral que debía descubrir, diez veces más grande que la Mina Las Mostazas. Mi padre, de nombre Abdón Araya, acató los deseos de sus progenitores tal como les prometió… Con los años se casó con mi madre de la cual nacimos cuatro hijos. Éramos felices en nuestra infancia, jugábamos y crecíamos en ese mundo infantil ideal, en esa naturaleza que hoy ya no existe. Pasaron los primeros años en el campo y quisieron darnos una educación básica. Con mucho esfuerzo nos envió en compañía de nuestra madre a estudiar a Coquimbo donde unas parientes solteronas, ruinosas de un pasado aristocrático. Al poco tiempo de estadía en el puerto, mi madre cogió una pulmonía, su frágil cuerpo no asimiló la humedad costera y falleció dejándonos a la deriva de la adopción a los cuatro hermanos. Mi padre desolado en su soledad, no pudo llevar a cuestas ese dolor y con el tiempo, ido en su retraimiento se volvió ermitaño confinándose en su majada. Solo de vez en cuando se le permitía vernos. La vida nos llevó en nuestra infancia a crecer en una involuntaria separación. El tiempo, la distancia y el olvido lograron enterrar los frágiles e inocentes lazos de familia.

El cigarrillo lentamente crepitaba en los labios de Manuel, el humo envolvía sus barbas blancas y su tez curtida por el tiempo. Luego de estas pausas de sorbos, de bocanadas débiles, llenaba sus pulmones enjutos y cobraba nuevamente vida para volver con interés a su relato:

El año 1933, profesionales del Departamento de Riego de la Dirección General de Obras Públicas del Ministerio de Fomento, vinieron a hacer los estudios de ingeniería para la construcción del Embalse de Cogotí. Mi padre Abdón, jamás pensó que lo expropiarían de sus tierras, ni mucho menos que al hermoso valle le inundarían 850 hectáreas fértiles con 150 millones de metros cúbicos de agua. Desde el momento en que le notificaron, jamás quiso firmar nada. Se apoyó en un señor Leiva, me parece que era abogado en Combarbalá y, a pesar de los pobres escritos que presentaron argumentando las pertenencias de las tierras heredadas desde el tiempo incásico, no hubo caso, se logró imponer la fuerza de la Ley… Y, pasó el tiempo hasta el año 1935, cuando llegó la firma contratista del tranque, la empresa constructora BOSO & Compañía. Y sin perder un día se iniciaron las obras a toda marcha irrumpiendo la apacible vida de los lugareños.

Los humildes vecinos propietarios de los terrenos inundados; aledaños a los ríos de Cogotí, Combarbalá y Pama, no tuvieron opción y debieron partir dejando lo más preciado, “la Tierra”. Se allegaron con esperanzas a los caseríos cercanos a la línea del Ferrocarril; en La Ligua, La Colorada y San Marcos. El Tren Longitudinal Norte, en esa época estaba en pleno apogeo y para ellos les parecía algo esperanzador avecinarse a los rieles.

Abdón, con su tozudez de ermitaño, desde un principio tramó vencer a los invasores de la construcción del embalse, tenía sus razones; quería proteger esas tierras sagradas a toda costa. Sus padres habían pasado toda su vida en ese lugar, cuidando los entierros existentes de usurpadores afuerinos. Estos tesoros fueron ocultados por los Incas, cuando tuvieron conciencia del robo del oro y asesinato del Inca Atahualpa por los españoles, de inmediato cortaron las remesas al Cuzco de las minas “Los Fonditos” aledañas al río de Pama y las ocultaron en diferentes lugares del valle.

Pues no había tiempo que perder, Abdón debía encontrar el tesoro o expulsar a los constructores de la represa. Y, para tener más conocimiento de los movimientos de estos afuerinos, se hizo contratar en la empresa como jornal. Lo dejaron como nochero al cuidado del polvorín de explosivos. Por el tamaño de la obra se utilizaron muchas toneladas de explosivos; para cortar los farellones rocosos de los cerros que dan lugar al muro cortina de 82,70 metros de altura, para construir el túnel de la compuerta, el vertedero de rebalse en la roca viva y varias obras anexas necesarias como los caminos de accesos.

En su soledad nocturna de largas noches interminables, elucubraba muchas formas de vencer al invasor, pero no lograba dar con la fórmula adecuada. La construcción con todas sus instalaciones y recursos montados era un monstruo gigante, nunca visto ni imaginado por los lugareños y, para Abdón no era fácil atar todos los cabos para aniquilarlo… No fue hasta que en una clara noche de luna, se le presentaron cinco Duendes revoltosos, eran los guardianes del tesoro. Los traviesos Duendes habían dormido por mucho tiempo en pequeñas cuevas en los farellones rocosos del cerro, hasta que fueron despertados por las fuertes tronaduras que secuencialmente reventaban los mantos rocosos de los cerros. Se presentaron alegres y amistosos con el hombre, con sus atuendos de mineros muy coloridos; con morral, lámpara, palas y picotas, listos para desenterrar el oro escondido. Si bien Abdón se sintió asustado y sorprendido en un principio, luego comprendió que estos pequeños hombrecillos eran los cuidadores de los comentados entierros. Eran tal como su abuelo le había comentado haberlos vistos en apariciones; en algún pirquen minero o tomando sol en las arenas del río. Les comentó a sus pequeños amigos del propósito de la construcción de la represa. Y luego de varios diálogos de acercamiento, concluyeron y estuvieron de acuerdo en desenterrar cuanto antes las riquezas, solo qué, ni ellos mismos sabían dónde estaban ocultas. Habían dormido por mucho tiempo y poco recordaban. Se propusieron hacer una sociedad y cada uno tocaría una sexta parte de los entierros encontrados. Abdón les invitó alojarse en su casa, ésta sería el centro de operaciones de la sociedad. A los Duendes les gustó mucho su nueva morada, el jardín, el huerto de frutos y hortalizas, la bodega de alimentos y la compañía de aves y animales. Así, en su alborozo se pasaron días y noches enteros jugando y, de búsqueda del tesoro nada.

Al volver el ermitaño del trabajo, encontraba a los Duendes con su barriga repleta de tanto comer miel y frutos frescos de la huerta, además de queso y leche que aportaba el rebaño de cabra. Si no estaban comiendo, se entretenían en la fabricación de vasijas, se les veía afanosamente amasar tiestos de gredas, que después de secos, ellos mismos quebraban en sus jugarretas o simplemente le arrojaban piedras a modo de probar su resistencia. Estos cinco torbellinos tenían toda la majada revolucionada, los gatos se habían marchado, las pobres gallinas estaban histéricas y un par de perros cachorros les seguían las jugarretas. Abdón llegaba cansado y por un tiempo les dejó ser, pensó que era bueno un poco de compañía y alegría en ese hogar. Su pasibilidad no duró mucho, estos pequeños demonios le colmaron la paciencia cuando se percató que le dieron sus dos costales de higos secos al chancho que demandaba a gritos comida, y estos higos era toda su reserva del invierno. También destruyeron los colmenares de abejas y se comieron su miel. Y es más, hicieron una cazuela, en un fondo con agua hirviendo echaron vivas las dos gallinas ponedoras, enteras con plumas incluidas.

Entonces tuvo que hablarles claro a estos hombrecillos que ya estaban subidito de peso, y les mandó a buscar los tesoros que habían convenido, pero pasaban los días y no había ningún hallazgo. Una noche se acercaron al polvorín donde él cuidaba, le comentaron que estimaban varios lugares en donde podían estar los entierros, sin embargo se requería de mucho esfuerzo desenterrarlos puesto que estaban muy bien ocultos. Entonces le pidieron al socio, que les pasara una buena cantidad de pólvora para el desentierro, ellos mismos por las noche la acarrearían desde el polvorín hasta la morada, a lo cual el hombre accedió con mucha esperanza. Los Duendes se entusiasmaron en esa aventura y empezaron a fabricar bombas explosivas con las decenas de marmitas de greda que habían hecho. Los tiestos de diversos tamaños las llenaban con pólvora dejándoles una mecha trenzada de totora recubierta con cera virgen. Por las noches, cuando Abdón partía a su guardia, ellos montaban en unos burros pardos y salían a repartir la dinamita a los diversos lugares en donde estaban los entierros… Y, así pasaba el tiempo, hasta que un día, mientras las aguas de los ríos lentamente continuaban llenando el tranque, los duendes se marcharon sin dejar rastros, sin avisar en donde estaban las cargas de pólvora, se llevaron con ellos el secreto y un centenar de bombas sin destino.

La represa empezaba a crecer, ya había pasado más de un año, los terrenos lentamente se fueron sepultando por las aguas y Abdón, no tenía la solución para salvar las tierras… recordó con nostalgia a sus amigos Duendes al ver que los esfuerzos por rescatar el tesoro quedaba lentamente sumergido por las creciente oleada de agua.

El hombre, un día domingo de faenas paralizadas, quiso recorrer el túnel construido en la roca madre del cerro, que daba a la compuerta de evacuación de las aguas. Al recorrerlo con su lámpara de carburo vio refulgentes e iluminados por el candor de la luz, varios veneros de oro que se descolgaban entre el barro pulposo que cubría las paredes del socavón… Había descubierto las anheladas vetas de oro claveteado. Se ubicaban profundas, a varios metros en la entraña del cerro. Se sintió desolado y herido como si la estocada del cerro irrumpiera en su alma… Triste pensó, que el intento de los Duendes era imposible a esa profundidad y, sintió una gran melancolía el no poder ayudarse entre sí en esa ingenua complicidad de sociedad… Había encontrado el yacimiento pero los entierros de los Incas permanecían ocultos, quedaba una esperanza, quizás sus amigos puedan volver cuando las aguas se agoten, cuando en los años de sequías se muestren los lechos de los ríos en sus cauces naturales como lo fue en antaño… Ante sus ojos las aguas continuaban inundando las hectáreas de terreno y ese mar fue creciendo a diario sumado por las lágrimas de Abdón.

Cuando las aguas del tranque llegaron a los cimientos de su casa y empezaron a ahogarla para siempre, tomó su bote de madera y deambuló varios días sobre las aguas, no quiso recoger nada de su existencia en esa morada, salvo unas decenas de marmitas de greda convertidas en bombas por los Duendes… A la fecha nadie sabe donde las depositó, se dice que en el túnel de las compuertas, pensaría tal vez vaciar de una vez esas invasoras aguas que se represaron en su preciada tierra. Aguas que ahogaron los tesoros de los Incas y tal vez sepultaron a sus Duendes custodios.

La empresa BOSO & Compañía terminó de construir el Embalse de Cogotí el año 1939 y se retiró del lugar. Desde ese momento la represa entró en funcionamiento. Y cuando el tranque llegó a sus aguas máximas por primera vez, la claridad de la luna dejó ver unas explosiones en el agua levantándose varios metros en altura, y luego de eso, unos enormes remolinos como trombas marinas tragaban hasta las profundidades lo que circundaba a su alrededor… Luego de esa noche de explosiones y remolinos en el tranque, suelen sucederse de cuando en cuando.

Manuel, compungido por el recuerdo y con su nudo en la garganta termina diciendo en su relato: - A mi padre Abdón Araya, se lo tragó un remolino, días después encontraron el bote hecho astillas zozobrado en la orilla-.

…Cuando la presión del agua es mayor, sumada la atracción de la luna llena sobre el embalse, las vasijas de greda convertida en bombas por los Duendes, empiezan a reventarse provocando las explosiones y remolinos. Nunca se sabrá cuando y donde explotarán, también no se sabe el lugar exacto. Se cree que en cada explosión debe existir un tesoro, al menos Abdón encontró el suyo y el mismo remolino lo llevó hacia él… Si te detienes a observar el tranque en una noche de luna llena, es probable que en las masas de agua veas una explosión, en ese punto habrá un tesoro, tal como te lo ha narrado esta Leyenda.

Comentarios

Comentario: 

En el imaginario de mi madre estaban muchos detalles de su relato. Es bastante posible que los duendes se instalaran en los territorios que ella habitaba y alguna de la vasijas de greda haya quedado cerca de la vertiente, porque el tio Ocatavio pudo conocer a la madre de los duendes. Mi vieja vió alguna vez una columna de agua que se levantaba en medio de la brillante superficie líquida, cuando el embalse era joven y se empezaba a mostrar en toda su magnitud.
Atentos saludos.
Silis Alba

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