Columna personal

Susurros de los Molinos de Viento LXII - El Pirulo

El Pirulo corría como liebre, Norma, es lo que más recuerdo. Aparecía como a las seis de la tarde, un rato antes de que se fuera la luz y jugábamos a la pelota o con las bolitas en plena vía pública. La calle larga, Norma, era el campo de juegos para los punitaquinos, aunque a veces íbamos a la parte trasera de la casa de don Humberto Martínez, amurallada, no podíamos precisamente entrar al patio de esa casa donde había un pique profundo, oscuro, si en otros tiempos había sido un proyecto de noria o pozo para extraer agua, hacía mucho que estaba en desuso y seco con un montón de piedras en el fondo, eso decían quienes se habían metido en el interior de esa profundidad. Se lo veía siniestro cuando nos parábamos en el borde, nunca supe cuantos metros tenía ese hueco, ese detalle era un misterio, alguna vez Silverio, quien ya comenzaba a ser casi un adolescente igual que nosotros, comentaba que ese pozo seco tenía dieciocho metros. Silverio era el hijo mayor de don Humberto, comerciante casado con doña Guillermina Pereira, hermana de Adán quien en cierta ocasión contó que tenía una hermana de nombre Eva, otro que se llamaba Abel y todavía decía que a un cuarto hermano –el menor- quisieron ponerle Caín y al final le pusieron Aladino. Tengo la impresión de que toda esa familia leía la Biblia. No me olvido que Adán un largo tiempo cantaba y tocaba la guitarra, lo hacía en las fiestas cuando lo invitaban, tenía un tremendo vozarrón, después dejó de hacerlo y se dedicó a cantar en el culto, Adán se hizo protestante y para el resto de la gente pasó a ser “canuto” –como le llamaban comúnmente a las personas que no profesaban la fe católica. Adán cantaba con un grupo en cualquier parte de la calle y predicaba la palabra de Cristo. Él también fue compañero en la escuelita y justamente era tío de Silverio y de su hermana Olinda, los hijos mayores del matrimonio de don Humberto, el almacén de abarrotes que éste tenía, era poco surtido, abría sus puertas muy temprano y las cerraba sagradamente al mediodía para almorzar y descansar un rato; a las dos de la tarde nuevamente estaba detrás del mostrador y máximo a las 7 de la tarde o noche –según la estación- lo cerraba hasta el día siguiente para sumergirse en la misma rutina. A las 6.30 de la mañana, oscuro todavía si era invierno, antes de realizar su acostumbrado trabajo, el hombre primero que nada barría la calle dos veces por semana, morador que no lo hacía recibía una citación, el juez aplicaba la multa. En eso los punitaquinos eran disciplinados, Norma, nadie quería enfrentarse con el juez de comportamiento severo.

Orosimbo Galleguillos entiendo que fue juez durante una larga temporada; otro fue don Julio Gallardo, vestido formalmente, terno, corbata, barbita luenga en la pera. Esos jueces no necesitaban estudios aplicar la ley, siempre oí comentar que don Julio era tremendo, estricto como él solo, su casa quedaba frente a la de don Gregorio Maturana, tengo idea que las paredes eran blancas, igualmente las puertas amplias con barrotes de hierro. Tengo idea que en esa casa también había un almacén de abarrotes con las estanterías casi vacías, el negocio surtido de ese sector era el de don Tito Gallardo que se encontraba contiguo a la casa de don Hugo Véliz, unos metros más al norte se encontraba la vivienda de don Pedro Araya, el único talabartero que yo conocí, padre de mi gran amigo Jaime, quien años más tarde desempeñaría la jefatura del Registro Civil, yo creo que a don Pedro ni siquiera alcanzaste a conocerlo, Norma o simplemente ya no lo recuerdas. Era un hombre macizo, un poco gordo, de tez blanca medio colorada, siempre llevaba sombrero y en el rostro lucía una barba de unos cuantos días.

El Pirulo –Norma- vivía en una pequeña casa de propiedad de don Manuel Rivera, junto a la vivienda de los hermanos Campos. El Pirulo era de confianza de los Campitos, entraba y salía cuando quería de esa casa, ignoro por qué razón le decía “hermano” al Pepe Campos, el penúltimo de los diez hermanos de esa larga familia cuya madre era doña Anita, a veces me preguntaba si los dos podían ser hermanos de leche –como decían en Punitaqui cuando la mamá de un niño le daba de lactar a otro de la misma edad que bien podía ser hijo de cualquier vecino, pero entre la edad del Pirulo y el Pepe por lo menos había una década de diferencia. Pepe Campos el penúltimo de los hermanos era de nombre César.

No conocí a la mamá del Pirulo, cuando éste la nombraba en sus recuerdos ese nombre no quedó registrado en mi memoria. Sólo sé que se fue prematuramente y tengo toda la idea que la culpable de ello fue la tuberculosis, que era como un latigazo cuando alguien la contraía, la cura ya existía pero la gente modesta no tenía la oportunidad de lograrla, eso era difícil y había que agregar un reposo prolongado. Algo imposible para la madre del Pirulo que tenía 3 hijas mujeres, me suena que una respondía al nombre de Aidé, otra Doris o Inés, no tengo claro los nombres femeninos en la familia del Pirulo aunque sí recuerdo un par de esos rostros, caritas redondas de niñas sin malicia todavía, la expresión se diluye inevitablemente por todo el tiempo que ha pasado, lo que sí estoy seguro que en ningún caso había alegría en las caras de esas hermanas cuya presencia no perduró en el pueblo, El Pirulo comentó un día que a sus hermanas se las había llevado a La Serena una tía, tal vez hermana de la fallecida. Y el Pirulo quedó solo, Norma y sus hermanas pasaron a ser parte del recuerdo y nada más, pero el Pirulo nunca las olvidó.

A partir de entonces, daba la impresión de que el Pirulo tenía un vacío, carecía de esa compañía de antaño que llenaba sus días, esa ausencia a veces se convertía en una nostalgia. Y el Pirulo pasó a realizar aquellas labores que posiblemente realizaba su hermana mayor quien le llevaba con un par de años, cuando las chicas desaparecieron de escena, el Pirulo simplemente hacía lo que ellas hacían, los quehaceres femeninos. Su existencia se apagó un poco más, bajo la mirada severa del papá que no le perdonaba una sola, ese minero duro cuya soledad parecía que solidificó el corazón. Pienso que el único entretenimiento que tenía ese hombre cada tarde, después que llegaba de la mina, de asearse y cambiarse ropa limpia, era irse caminando por la vereda hasta llegar al Hotel Buenos Aires para jugar una partida de dominó con los parroquianos, aquellos que aparecían cada día en busca de esparcimiento, por inercia asomaban en ese local que atendía doña Chelita Hernández, quedaba justo en una esquina, frente al almacén de don Humberto Rojas y a la calle secundaria que bajaba hasta el estero que casi siempre estaba seco, cruzarlo era como estar en Pueblo Viejo. Todos los punitaquinos que frecuentaban el Hotel Buenos Aires solían tomarse un par de cañas de vino, jugaban al cacho, con el vaso de cuero y los dados, naipe no jugaban y esos jugadores –Norma- eran los mismos de siempre, los penitentes que difícilmente dejaban de ir un día a ese lugar. Solo una vez tuve la mala idea de jugar con ellos al dominó, créeme que simplemente “me sacaron la madre”, no vi una, me ganaron lejos y sin mayor esfuerzo, ¡cómo se burlaba el maestro zapatero a quien apodaban “Pocas Cejas” ante mi derrota!, él fue uno de los ganadores. A mí no quedaron ganas de volver a jugar con esos veteranos de aquel entonces. Don Daniel Lastarria –papá del Pirulo- era un buen “dominocero”, hablaba poco, de expresión imperturbable.

Al Pirulo lo recuerdo bullicioso, temeroso en cierta medida y eso era comprensible, tenía fastidiosas responsabilidades que cumplir, aunque apenas andaba en los diez u once años, para él no era fácil decir “quiero jugar y no hacer las cosas de la casa”. El Pirulo limpiaba, lavaba los platos, las ollas, no sé si realmente cocinaba, es muy posible que doña Luzmenia, señora humilde y trabajadora les haya preparado la comida a esos dos varones. Ella era madre de un montón de hijos, casada con don Cándido Araya, fui testigo de sus últimos días de vida, no era viejo todavía pero no tuvo opción frente a la vida, fue un minero más que acabó su existencia metido en las minas, se le escapó la vida vomitando sangre, yo vi la bacinilla como a la mitad, con un líquido espeso que no me pareció normal, oscuro. Recuerdo muy bien que El Pirulo había dicho unos días antes: “mi tío Cándido está jodido con la silicosis”, su tono de voz reflejaba una pena escondida, él que siempre mostraba algarabía también denotaba una expresión de tristeza. Yo diría que vivía en medio de una pena que era muy suya, demostraba afecto hacia el papá y al mismo tiempo temor, a don Daniel en aquellos tiempos se lo podía catalogar como un “taita jodido”, inspiraba respeto, no le temblaba la mano si tenía que castigar al único hijo varón que llevaba su mismo nombre.

El Pirulo le decía tío al minero Cándido y tía a la esposa, doña Luzmenia, cuyo rostro tenía una expresión calmada, casi apagada, mujer sencilla, demasiado trabajadora. Usaba los vestidos a media pierna, medias largas, zapatos viejos, siempre viejos y el pelo recogido, amarrado por un cintillo, rostro algo pálido, ojos redondos, saltones, su sonrisa se me escapa porque tengo la idea que no sonreía. A lo mejor su tristeza contagiaba al Pirulo aunque éste tenía su propia tristeza que al parecer nunca lo abandonaba.

Algunos nombres de los hijos de doña Luzmenia asoman en mi memoria, en ningún caso todos ellos, la prole era larga, todo un desfile donde había más mueres que hombres. Recuerdo a Tita (la mayor de las mujeres), a Tena, a una Carmen. El varón mayor, el único que está en los vericuetos de los recuerdos, si vive pasa de los 70 años, siempre lo conocí por “El Chiquitín” (¿se llamaría Enrique?), él tenía un don que le había dado Dios: tocaba la trompeta y un día desapareció simplemente porque se lo llevó a Vallenar el maestro Sequeira, el viejo maestro de la banda de otras épocas. Al “Chiquitín” no volví a verlo nunca más, unas cuantas semanas antes de emprender el viaje que seguramente cambió su vida, sucedió algo que solo porque Dios no quiso que pasaran cosas peores, nada pasó.

Fue una noche invernal, Norma. El partido de fútbol había durado horas, yo simplemente era un pésimo pateador del balón, siempre fui el jugador más malo del improvisado equipo, la disputa era entre amigos, nunca encarnizada pero había que jugar con honor, lo último yo podía tenerlo pero nunca la habilidad, la destreza del resto como para hacer figuras con la pelota, en mi interior yo reconocía que era amargamente malo para correr detrás de la esférica, no obstante me contagiaba del entusiasmo del grupo y ahí estaba, en medio de todos ellos, así fuese malo. Reunirse con los muchachos resultaba inevitable y te prometo Norma, que no era líder aunque sí había ciertas deferencias en el trato para conmigo, por lo menos de unos cuantos, con Romelio –por ejemplo- gran jugador de fútbol, siempre fuimos grandes amigos, compartíamos a diario, desde la mañanita en que emprendíamos el viaje a la escuelita en bicicleta. Y en esa noche invernal, Norma, deben haber sido las siete, la oscuridad había caído y ya no se podía jugar. Como siempre al finalizar la “pichanga” me arrimaba al Pirulo para beber un vaso de agua fresca en la casa más cercana y de mayor confianza, la de don Cándido Araya, quedaba entre la vivienda del Huelo y del “Negro de la Quebrada”, Don Cándido era un minero flaco, enjuto, de rostro completamente pálido y barba descuidada (no lo recuerdo con sombrero a diferencia de otros viejos punitaquinos). Estoy seguro que el hombre, acostumbrado a permanecer laborando en los confines oscuros de la tierra, trabajaba desde la mañana al atardecer, las varias hijas mujeres que tenía me imagino que estaban conscientes del enorme sacrificio del padre, sin duda la vida en ese hogar era difícil. No sé con exactitud cuántas bocas había que alimentar bajo el techo de ese hogar modesto y cada noche, a la mesa se agregaba una boca más para la comida que debe haber sido frugal: esa boca era la del Pirulo que si es que no estoy equivocado, dormía en esa casa. A esa hora igual que siempre, su papá estaba en el hotel Buenos Aires en la tertulia con los amigos.

Esa noche –Norma- la Tena, prima del Pirulo, me pasó un vaso lleno de agua que comencé a beber con avidez pero no tragué más dos o tres sorbos, sentí en la boca el gusto de la legía, medio terrosa en el paladar. El rostro de la chica que debe haber andado en los once o doce años, permaneció inmutable como si nada hubiese hecho. Escupí rápido y comprendí de inmediato que me había jugado una mala pasada, posiblemente cansada ya de tener que darme siempre el vaso con agua. Seguro que sacó el líquido del tiesto grande de la cocina donde habían lavado todos los platos y los servicios, la luz del poste del alumbrado no fue suficiente para darme cuenta de la pesada broma. Ni siquiera alcancé a reclamar, los gritos de alarma del Pirulo que corría hacia el siguiente poste en dirección norte, a muy corta distancia, unos cuantos metros pasada la casa del “Negro de la Quebrada” No me olvido, Norma, así hayan transcurrido décadas de la tremenda bulla que protagonizó El Pirulo esa noche, en ese momento hasta se me fue el sabor de agua sucia que tenía pegado en la boca por culpa de la Tena que adoptó una perfecta expresión en el rostro que parecía decir “yo no fui”. Me da la impresión que todavía escucho los gritos del Pirulo que gritaba “sale humo, sale humo”. Y así fue, El Pirulo que corría como liebre fue el primero que llegó donde estaba un hombre medio recostado con la espalda pegada en la pared, en plena vereda, a poca distancia del portón de la propiedad de don Carlos Galleguillos, muy cerca del poste del alumbrado público que a su vez quedaba frente a unas de las puertas de la casa de don Mesías Jiménez, papá del “Ojito” entiendo que éste se fue del mundo completamente alcoholizado, el mismo que vendía helados. Yo llegué un poquito más atrás del Pirulo y casi al instante llegó don Cándido y “El Chiquitín”, el músico que tocaba la trompeta a todo pulmón, tenía buenos pulmones para soplar en el instrumento. El Pirulo estaba a un par de metros del hombre cuya cabeza le caía en el pecho, casi inerte. Don Cándido, de un solo vistazo se dio cuenta de la situación, solo dijo “échense pa´atrás”, de la cintura del hombre salía una delgada columna de humo que en ese momento me pareció ligeramente azulado. El experimentado minero, quien duraría muy poco tiempo más, solamente exclamó: “es una mecha encendida”. Todavía nos hizo retroceder otro poco por precaución, al mismo tiempo contemplaba al hombre recostado contra la muralla de adobes. Dejó de salir humito y aun el minero hizo una seña que nos obligó a esperar unos tres minutos más, hasta que volvió a hablar: “la mecha de apagó”, fue lo único que agregó. “El Chiquitín” se acercó muy lentamente al desconocido, le aflojó la correa y le abrió los pantalones, ahí tenía una media vela de dinamita con la mecha apagada, El Chiquitín empapó los dedos con saliva para luego aplicarlos en la mecha por precaución y volvió a corroborar lo que su padre había dicho momentos antes: “la mecha está apagada”. Sacó cuidadosamente la dinamita que el hombre tenía en la cintura y entregó el peligroso explosivo a don Cándido que lo sostuvo con cuidado en su mano derecha, el minero flaco y enjuto, solo expresó: “no explotó”. El Chiquitín volvió a acercarse al hombre que repentinamente empezó a temblar hasta que las convulsiones hicieron presa de todo el cuerpo, simultáneamente el desconocido terminó de resbalarse por completo y quedó tendido en la vereda de tierra, el pavimento en ese tiempo solo llegaba justo hasta la puerta de la casa de don Carlos Galleguillos, a cincuenta metros de distancia. Recuerdo que los temblores del cuerpo caído eran impresionantes, El Chiquitín se arrodilló y cerrando sus manos sobre cada una de las muñecas del convulsionado, apretó con todas sus fuerzas pero el también parecía que se estremecía, hizo tanta presión en las muñecas que por momentos el primo del Pirulo se le congestionó el rostro pero se aguantó con sus escasos dieciocho años. Pasaron las convulsiones y el hombre permaneció en el suelo, completamente dormido, recién El Chiquitín soltó las muñecas del hombre.

Yo no conocía a ese joven quien no tenía más de 25 años, no obstante todavía recuerdo su rostro pálido, alguno de los curiosos que habían acudido para curiosear por la situación inusual en el pueblo, comentó que el caído sufría de ataques epilépticos y que en varias ocasiones había dicho que se quitaría la vida, que no quería vivir así. Don Cándido dijo que si hubiese explotado la dinamita, al joven lo hubiera partido en pedazos.

Ahí se acabó el intento fallido del suicida. Yo con apenas doce años, casi la misma edad del Pirulo, me sentí impresionado y aunque me picaba la curiosidad, eran casi las ocho de la noche hora más que suficiente para irme a casa a comer algo y acostarme. No podía dormir, lo que había visto me impactó, pensaba una y otra vez en el hombre que horas antes estuvo inconsciente en la vereda, muy cerca del poste de luz que aún debe existir en el mismo lugar. Nunca supe de quien se trataba, aunque le pregunté al Pirulo al día siguiente, él tampoco dio razón porque al igual que yo no lo conocía. Su respuesta fue “mi tío Cándido sabe quién es”. Pero la verdad, Norma, es que en pocos días olvidamos el asunto, además El Pirulo estaba preocupado por el tío que sufría intensamente los estragos de la silicosis. Me parece que éste duró un par de meses más y los últimos días pasó vomitando sangre. El Pirulo sabía que el tío se estaba yendo, para eso no había ningún médico ni remedio que pudiera salvarlo. Cándido del Carmen Araya entregaría una tarde cualquiera lo poquito que le quedaba de vida, junto con el último vómito de sangre espesa que arrojó en la bacinilla que seguramente sostuvieron las manos de su esposa. Doña Luzmenia del Carmen Dubó Pereira quedaría viuda para siempre con un montón de hijos.

No me olvido que El Pirulo de niño al sentirse impotente porque alguien le pegaba, sacaba a relucir la figura de su primo y lloroso amenazaba: “Para la pascuita va a venir El Chiquitín, él me va a defender”. El Pirulo, Norma, que andaba con unos pantalones de color café, arremangados a media pierna con un pequeño hoyo en cada una de las asentaderas y casi siempre sin zapatos, el amiguito que se fue demasiado temprano. Parece que era un poco asmático y al final también sufrió del mismo problema de la mamá que ya no estaba, terminó contrayendo una afección pulmonar. Como que alguien me contó que El Pirulo se bañó en una tarde invernal con agua fría y horas después ardía en fiebre, le costaba respirar, murió con el pecho cerrado, con la desesperación de que le faltaba el aire, acaso habrá tenido veinte años. Comentaron que en esa ocasión su padre –el minero duro- lloró desconsoladamente.

El Pirulo corría como liebre, Norma…

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La Tena es mi abuelita :)

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