Columna personal

SUSURROS DE LOS MOLINOS DE VIENTO LXIII - EL GUELO

El Guelo era otro de los amigos de juegos y también pateaba la pelota, Norma. Lo veo desgarbado, dando trancos largos, cada uno de sus pasos daba la impresión que no era seguro, como si no estuviese pisando en firme, como si hubiera sufrido de algún problema físico, pero él era así, alto, no caminaba bien recto y el pelo siempre se le caía en los ojos, con mayor razón cuando se había pegado unos tragos. No hablaba mucho, más bien parecía algo cohibido, pero igual fue travieso como tantos otros niños. Lo veo de tez blanca, cara alargada, me parece oír su voz baja, no la alzaba demasiado como si tuviese flojera de hablar. La verdad –Norma- es que al Guelo no lo he visto en largo tiempo pero no he olvidado su aspecto físico característico. De que terminó la escuela, no me cabe duda, lo que no tengo claro es en qué otra cosa trabajó posteriormente.

Al Guelo siempre lo conocí por el Guelo, como también fue un compañero en la escuelita sé muy bien que se llamaba Manuel Rojas, tenía una hermana muy poco agraciada a quien todo el mundo le decía la Yoca, blanca y desgarbada como el hermano, su verdadero nombre era Gioconda; otra hermana se llamaba Yolanda; un hermano menor que nosotros respondía al nombre de Iván pero normalmente todos le llamaban por el diminutivo de Tato, era de tez blanca, de aspecto apagado, un poco desabrido, silencioso, casi no hablaba, no recuerdo haberlo visto reír. Todavía hay una hermana más del Guelo cuyo nombre francamente no llega a mi memoria para nada. Los padres del Guelo eran Juan Rojas y doña Clementina, la esposa y por ende la mamá del Guelo. Don Juan era un hombre alto y flaco, de físico también desgarbado, lo recuerdo vestido con ropa oscura, un terno azul marino y siempre con el sombrero puesto. La hermana mayor del Guelo contrajo matrimonio con Pancho Settra, mecánico de automotores, conocidísimo en el oficio y chofer de camiones cuando era necesario, vehículo propio no tenía pero en un dos por tres podía reparar uno cuando lo buscaban. Pancho Settra sabía del oficio y tenía un cierto prestigio en el pueblo y los alrededores, entiendo que en una ocasión sufrió un accidente de tránsito bastante grave en la cuesta de Los Mantos, durante una noche, supe que el camión que en ese momento manejaba rodó decenas de metros por la ladera, como secuela un ojo le quedó medio torcido aunque al parecer no perdió toda la visión. Pancho Settra era un buen fumador y bebedor de vino tinto. Siempre dijeron que el suegro –Juan Rojas- posiblemente por ese motivo, no estuvo de acuerdo con el matrimonio de su hija, era tan manifiesto su rechazo por el yerno que el día de las nupcias, desapareció y no se hizo presente en ningún momento, simplemente no fue al Registro Civil ni a la iglesia. Se me ocurre que el veterano –que al parecer era bien jodido de carácter- cuando el Pancho le empezó a dar nietos, se puso chocho y el cuadro cambió por completo. Cuando Pancho Settra no tuvo trabajo suficiente en Punitaqui, se fue a Combarbalá con mujer e hijos, allá lo vi la última vez, en el fundo de don Francisco Echeverría, padre de mi gran amigo Gabriel, estaba reparando un tractor. Pancho Settra trabajaba normalmente con una botella de vino y un vaso que llenaba cada cierto tiempo, se alegró de verme, habló largamente de Punitaqui, entre copa y copa. Denotaba la nostalgia por el pueblo.

Siendo casi veinteañeros, alguna noche con el grupo –no el de costumbre- nos reunimos donde la Luisa González, era guapa, con esa sonrisa que mostraba una hilera de dientes blancos, podía espantar la borrachera de cualquier cristiano. Con la mirada decía mucho más y ponía de cabeza a los punitaquinos.

Era una noche veraniega, estábamos decididos a beber, ¡cómo olvidarme que en esa ocasión andaba con el Ñelo!, aburridos y sin plata en el bolsillo, paseábamos por toda la calle larga y no hallábamos qué hacer. Llegamos al Hotel Buenos Aires solo por la fuerza de la costumbre porque ese lugar no era de nuestras andanzas, lo frecuentaban aquellos que nosotros considerábamos viejos y obviamente los respetábamos. El Ñelo tenía ganas de tomarse una Pilsener o una buena caña de vino tinto, pienso que en ese momento ni siquiera eran las 9 de la noche, ni yo ni él nos imaginamos que acaso una hora después beberíamos como contratados. Cuando estábamos en la esquina donde vivía don Juan Navarro, mi amigo exclamó: “no hay nada”. Y a continuación me propuso que siguiéramos aplanando la calle, que avanzáramos más abajo, eso significaba que camináramos por la calle de tierra hasta el final, una especie de callejón corto donde vivía la familia Bugueño, una de esas casas era la del Sadi, antiguo compañero de la escuelita, el mismo que en la sala de clases cantaba esa canción mejicana, juraría que era un corrido, la letra contaba de un gorrioncillo enamorado de la calandria presa en una jaula, ésta le pide al gorrioncillo la ayude a recuperar su libertad a cambio de darle su cariño. Pero la calandria en cuanto se ve libre, vuela lejos y ya no regresa. El Sadi se habrá olvidado que cantaba esa canción con voz potente pero yo no lo he olvidado, Norma.

Te decía que esa noche impulsados por el tedio que sentíamos fuimos a parar al fondo de la calle e hicimos lo que no nunca hacíamos: subimos por el callejón donde en esa época había unas pocas viviendas hasta conectarnos con la calle Carrera, por la que rara vez circulábamos. El mismo sector donde vivía el Turi, el Ubaldo, don Segundo Flores que amasaba pan a diario; otra casa era la de don Juan Gallardo, don Vicencio (el cartero) a quien todos apodaban “Plata Sencilla”, también la de don Alberto Laso que se fue a vivir al pueblo luego de dejar su propiedad en Camarico (cerca de la laguna de las garzas) donde era vecino de don Cucho Salas que de vez en cuando iba a Punitaqui en un coche de dos ruedas arrastrado por un caballo blanco macizo, grandote, tipo percherón.

¡Qué aburrimiento, Norma! Con el Ñelo cerramos la caminata volviendo a la esquina del Buenos Aires. Y otra vez desanduvimos la larga calle Caupolicán pero la verdad, Norma, es que no teníamos qué hacer, ni con quién conversar, ningún conocido para agarrar la charla y hacer un alto así fuera en plena calle, era la costumbre de los punitaquinos en aquellos tiempos cuando querían hacer más cortas las horas antes de dormir; podían recorrer toda la calle y detenerse donde les diera la gana. Te prometo que de puros aburridos llegamos más allá de la casa de don Pedro Miranda, el progenitor de unas cuantas chicas guapas, hermanas del amigo Armando, el del juego de las bolitas, el antiguo compañero de la escuelita. Ya te dije un día que de todas ellas la más bella era la Myrna. En ese momento el Ñelo creo que dijo “ya son las diez de la noche, vámonos a la casa”, pensé que era lo más sensato, pero lo bueno se produjo al retorno, sentimos bulla frente a la casa de don Óscar Rojas, justo donde años antes había vivido don Romelio Segura, pero el bullicio no provenía de una casa común, era del negocio de la Lucha, demasiado conocida para todos nosotros, la mujer sensual, labios carnosos, entreabiertos cuando quería impactar más de lo que impactaba, con esa mirada para inquietar al más indiferente, daba la impresión de que reía con sus ojos grandes, tremendamente expresivos, vivaces, parecía que desnudaba con la mirada, la Lucha era una terrible tentación. Pero ella no estaba atendiendo esa noche, el dueño de la farra era su hermano, el Perico, reunido con los amigos simplemente para beber. Por lo menos eran ocho varones en total, créeme que a veces quisiera tener una memoria de computadora, un disco duro con muchos megas para seguirte escribiendo –Norma. Para seguir recordando, para que estas páginas no se acaben nunca, para que las evocaciones sean infinitas. Pero conservo todavía en las reminiscencias la tomatera de esa noche, algunos rostros, no todos. No olvido que por una hendija de la puerta de esa casa que yo conocía muy bien por mi amigo Romelio, observamos furtivamente hacia el interior y logramos ver a los que hacían bulla, entre ellos, mi hermano mayor. Eso me dio alas, sentí que tenía derecho de participar de esa juerga, de estar adentro con todos ellos, fue más que suficiente para que con el Ñelo golpeáramos la puerta, la abrió el propio Perico, era una farra con curagüillas escogidos. Por la expresión del dueño de casa, al parecer tenía toda la intención de decirnos “es una fiesta privada, esta noche no hay atención”, pero al darse cuenta que éramos nosotros nos hizo pasar de inmediato y esta vez cerró por dentro accionando un robusto picaporte, juraría que él dijo algo así como “ya no le abro a nadie más”. El Perico ni bien había cerrado la puerta de gruesa madera, agregó dos vasos más que sacó de la estantería y al instante otras manos los llenaron hasta el borde, esa primera copa con el Ñelo, tan sediento como yo, la vaciamos de golpe en la garganta. Sentí un estremecimiento, todavía me parece sentirlo cuando lo evoco. Nosotros fuimos los últimos en incorporarnos al grupo de tomadores, si hubiésemos llegado un poco antes habríamos visto la llegada repentina del Negro de la Quebrada y del Guelo que arrastraban un chuico de vino blanco, pero ¡la marca, Norma!, ahí estaba el problema: era Santa Josefina, sorpresivamente se había puesto de moda, tenía dos características: malo y barato.

El dueño y fabricante de ese vino era don Pedro Comas, amigo de mi viejo, tengo idea que el apellido era de origen español. Recuerdo a don Pedro, hombre rubio, alto, delgado y de ojos azules, buena pinta, no llegaba a los cuarenta años. Había comprado “La Media Hacienda” a don Horacio Soisa (creo que este último era abogado o había estudiado la carrera sin obtener el título), don Pedro se metió a la actividad de la tierra pero sin saber mucho de ello y sin la vocación necesaria, no entendía de siembras, tierras, siembras, regadíos, pero igual adquirió maquinaria, tenía tractores, un oruga, trilladora, segadora y otros enseres propios para ese trabajo. Ese hombre que venía de la capital, no duró mucho tiempo dedicado a la agricultura, no sé si vendió o alquiló esa enorme propiedad que así no exista o se haya parcelado, el nombre sigue en vigencia, todavía la gente le llama así a ese sector: “La Media Hacienda”.

Don Pedro Comas era un hombre de espíritu aventurero, amante de las cosas buenas, le gustaba hacer vida social. En cuanto adquirió la propiedad, organizó un banquete, un gran asado, invitó a muchos punitaquinos, a varias familias incluidas las autoridades, por lo menos había 50 o 60 personas. Improvisó una mesa gigante con tablas largas sobre caballetes, al aire libre en una soleada tarde, también estaba el Alcalde de ese entonces, don Manuel Olivares, afectado por un cáncer al esófago, comía con mucha dificultad el asado de cordero, le dieron la carne partida en pedazos pequeños y aun así, apenas podía comer. En esa ocasión hacia las 9 de la noche, cuando todos estaban en la tertulia, don Pedro exhibió una película en blanco y negro filmada por él mismo, era de un viaje que había realizado por la Panamericana visitando Perú, Argentina y Brasil, había llegado al río Amazonas y lo cruzaron en balsas grandes incluidos los automóviles, las imágenes mostraban buena parte de la selva. Los invitados quedaron gratamente impresionados y la función de cine terminó pasada la medianoche. También estuvo presente don Nicasio, suegro del dueño de casa, un hombre gordo que según lo que el mismo contaba, en una ocasión, por apuesta se comió cinco platos de cazuela de gallina con la respectiva presa, por supuesto que ganó la apuesta

Pero la noche de la farra, Norma, el famoso vino Santa Josefina que comenzamos a beber en un acontecimiento que no fue improvisado, se dio simplemente porque el Perico estaba de cumpleaños. Lo triste es que el “vinacho” blanco era Santa Josefina, llevaba ese nombre porque así se llamaba la primera esposa de don Pedro, una santiaguina atractiva, blanca, delgada, muy joven, entre los cónyuges por lo menos había una diferencia de quince años. El vino nos hacía estremecer cuando lo tomábamos, de un sabor avinagrado, creo que fue el más malo que yo haya probado en mis años de bebedor, de paso catalogado como temible según los más cercanos amigos ¡Qué tiempos, Norma! ¡Qué tiempos!, mientras más resistíamos los efectos del alcohol, más hombre nos sentíamos. Era la época de los 20 años, cuando creíamos ser –como lo he dicho tantas veces- los dueños del mundo. La reunión era entre hombres y todos tragadores, había vino más que suficiente para emborracharnos, cual más cual menos estaba en plena capacidad de demostrar su resistencia frente al vino más barato y malo, asombrosamente malo, pero con el Ñelo -quien tampoco quería quedarse atrás- engullíamos el líquido sin titubeo alguno como si tuviéramos la intención de emborrachar al vino sin emborracharnos nosotros. Las canciones eran de letra como para incitar a beber, todavía recuerdo esos boleros más que burdelescos de Lucho Barrios, Luis Alberto Martínez, canciones que nos acompañaban en cada farra, imposible olvidarse de “Copas de Licor”, “Señor Abogado”, “Amar y Vivir”, en el local de la Lucha había un tocadiscos y un buen repertorio de canciones, de 78, 45 y 33 revoluciones por minutos; los que más se utilizaban eran los de 45, pequeños, con una etiqueta redonda de color naranja bien adherida, imposible de quitar, moría junto con el disco, también había adhesivos amarillos y rojos, en cada uno de ellos estaban todas las especificaciones. Esas letras –otrora mientras bailaba con su pareja- la Luisa González las cantaba al oído, haciendo dúo, la sensual mujer, de la piel morena, tenía una hermosa voz. ¡Qué lindo que cantaba la Lucha!, Norma. En esos mismos tiempos también estuvo de moda Lucho Oliva y sus melódicos, a año seguido grabó dos valses que causaron furor: “Nunca Podrán” e “Ilusión Perdida”, poco tiempo después se escuchaban las canciones de Palmenia Pizarro, en este momento se me van los nombres, pero también esa cantante causó furor, era la misma que se escuchaba en los burdeles de la gran ciudad y también en los de Punitaqui.

Pero ya te dije –Norma- que esa noche en el local no estaba la Lucha de rostro y labios tentadores, pero sí nuestra sed, no tanto por verla a ella sino de vino. El lugar estaba disponible solo para los amigos del cumpleañeros, todos queríamos festejarlo bebiendo y oyendo los “quilates” –así le llamaban algunos a los discos. Decir “vamos a escuchar unos quilates” era como decir “vamos a pegarnos unos tragos y oigamos música”, a eso se reducían las farras, nadie hablaba de drogas, Norma, nadie. Éramos bebedores pero mucho más sanos, aunque debo reconocer que yo era pícaro, siempre trataba de hacer beber a los amigos y esa noche que había tanto vino blanco y música a destajo, en mi mente de inmediato, casi inconscientemente, pensé que el Ñelo tenía que emborracharse y comenzamos a beber. No me olvido que mi hermano después de la juerga comentó en varias ocasiones que yo y el Ñelo por lo menos tragamos unos ocho litros de vino blanco avinagrado. El resto se distribuyó entre siete y ocho gargantas más. En poco tiempo nos pusimos a tono igual que los demás, el Perico constituía el centro de la tomatera, tomando en cuenta que era su festejo.

Todo estaba a la perfección, el ambiente completamente encendido como para avivar nuestro entusiasmo, entonces fue cuando el Perico puso un disco con una canción que estaba de moda, juraría que la cantaba Luis Aguilar: “Que se mueran los feos”. Ahí comenzó el show, Norma. El Negro de la Quebrada que ya estaba con unos cuantos grados de alcohol en la cabeza sacó a bailar al Guelo y ambos –cada uno por su cuenta- sin perder el ritmo, hacían sus propios pasos de baile, el Negro de la Quebrada era el más empeñoso en el baile, el Guelo le secundaba, al final cada uno le daba al espectáculo lo mejor que podía. Al principio lo hicieron bien, esforzándose en ser graciosos, luego el cuadro cambió por una sencilla razón: tocaron el disco varias veces y entre uno y otro, en pequeños intervalos le echaban más licor al gaznate, los vasos se vaciaban e inmediatamente se llenaban con el vino Santa Josefina, había un chuico para beber. Entre dos lo agarraban para vaciarlo poco a poco dentro del jarro de vidrio que por lo menos era de un litro y medio. No me olvido que el Negro hacía muecas graciosas –como que se sentía identificado plenamente con la canción- a medida que el cantante mejicano cantaba alguna parte de la letra, especialmente cuando decía:

“Yo, yo, yo no soy muy feo,
como nadie me quiere,
ni modo,
también yo me voy a morir.
Que se mueran los feos…”

Llegó un momento en que los dos bailarines se caían de curados, el Negro en el suelo y el Guelo que le ayudaba a levantarse; si el Guelo era el caído, el Negro que tenía mucho más fuerza, lo paraba casi alzándolo en vilo. Cuando los dos se dieron un suelazo simultáneamente de tanto hacer piruetas, nosotros que estábamos cansados de reírnos, decidimos que pararan. Créeme que gozamos del espectáculo con los improvisados bailarines. El vino se acabó pero a las cuatro de la mañana, todos fuimos a dormir, el Ñelo durmió en mi casa, yo tuve que levantarme a las siete a recibir una carga de trigo para la molienda. ¡Qué tremenda sed, Norma!, antes simplemente habíamos “echado las tripas” con el estómago descompuesto, daba la sensación que arrojábamos vinagre por culpa del vino Santa Josefina. El Ñelo se asomó en el molino casi al mediodía y jamás he olvidado la única frase que pronunció, enojado consigo mismo: “Amanecí curao, weón! Era como un reproche también para mí. En esa oportunidad el Beto le dio un sermón que yo creo el Ñelo lo recuerda hasta el día de hoy.

No he vuelto a ver al Perico ni al Negro de la Quebrada, peor al Guelo. Ya no se oye, Norma, la canción “Que se mueran los feos”. Ignoro si vivirá Pancho Settra, solo sé que el Guelo se casó y tuvo tres hijos: Manuel Sergio Rojas Alvarado, Carmen Clementina Rojas y Guaconda Haydé Rojas. El Guelo, Norma. El de los amores prohibidos, pero esa podría ser otra historia del recuerdo. ¿Qué te parece si la dejamos para otro día?…

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