Columna personal

SUSURROS DE LOS MOLINOS DE VIENTO LXIV - LAS LÁGRIMAS DEL LAGRIMILLA

Tengo la idea que era algo más de la mitad del mes de abril y todavía se sentían los rezagos del verano, Norma. Toda la temporada había sido calurosa, la brisa de Punitaqui parecía una caricia que hablaba de mil cosas, esa brisa tibia que muchas veces llegó a ser caliente, como en aquellas lejanas épocas de la niñez pero en ese momento comprendí que ya no era niño y pensé que ocho semanas transcurrieron demasiado rápido, tenía que regresar y te prometo que eso me angustiaba, mis pensamientos acumulaban una nostalgia anticipada a medida que los días largos caían uno sobre otro. Yo había perdido la costumbre de la luminosidad prolongada porque en el trópico llueva o haga sol, siempre hay doce horas de luz y pocas veces hace frío, salvo en los páramos a partir de los tres mil metros de altura, ahí se siente el aire de cuchillo filudo que penetra en la ropa y el cuerpo, en medio de las extensiones interminables de pajonales, donde sopla el viento gélido, donde vuelan las tucurpillas y corren los venados despavoridos ante la presencia de los humanos y los perros del pastor persiguiéndolos, implacables, ladrando desesperados, cuando los canes son blancos se los puede ver durante algunos minutos en la distancia, hasta que se pierden de vista. El venado es más veloz que los perros, después de un rato quedan atrás, pero el ciervo termina cansándose, generalmente es acorralado en alguna quebradilla. Y hasta ahí llegó su vida. Te decía que era abril y teníamos que retornar, Norma.

¡Cómo olvidar al Piloto y al Lagrimilla!, hasta el último estuvieron con nosotros, conmigo y mi amigo René. Ellos decidieron acompañarnos un tramo de la carretera nortina para quedarse en un cruce, en un desvío que conducía a algún mineral; Lagrimilla argumentó que lo esperaban en un pueblo cuyo nombre se borró en los recuerdos, le habían ofrecido un trabajo y el Piloto se pegó a la cola, ambos había jaraneado lo suficiente con nosotros durante semanas y cuando se dieron cuenta que se acababan nuestras vacaciones, como que repentinamente se les ocurrió que había que trabajar, verbo demasiado apartado de la conjugación de mis amigos, podían nombrarlo muchas veces pero no lo conjugaban. El Piloto estaba esperanzado, Lagrimilla denotaba gran entusiasmo, la posibilidad cierta de laborar era para él, de paso cargaba al Piloto pensando en que también podía encontrar una pega. Era media tarde, Norma, pero aún quedaban varias horas de sol, se sentía el calor seco y generoso porque el otoño recién comenzaba, la estación todavía era un bebé apenas balbuceando cada día. El abrazo de los muchachos también fue cálido. El Piloto, con tono de voz emocionado, expresó “quiero abrazarlo “Ño” porque no sé cuándo volveré a verlo”. Pienso que sus palabras fueron proféticas, desde entonces ha pasado mucho tiempo; Lagrimilla sonrió pronunciando mi nombre e igual que con el Piloto el abrazo fue estrecho y esos dos punitaquinos bajaron del jeep para quedarse en ese cruce, ya pasaría un vehículo para llevarlos kilómetros adentro donde ellos buscaban nuevos derroteros, te prometo Norma que en esa despedida también tragué saliva.

A Lagrimilla lo conocí cuando apenas era un niño, un poco llorón pero bastante vivaz, después dejé de verlo porque abandoné el pueblo, en aquellos años con sabor de aldea sana todavía. Sana pero polvorienta porque la misma calle era polvorienta y así la veíamos mientras crecíamos. La calle larga que en otras épocas albergaba a muchos personajes, yo diría que únicos, pero todos se fueron, el tiempo se los llevó. Es que así era la calle, Norma y Lagrimilla, de nombre Waldo, es un personaje de una generación más nueva. Yo recuerdo que él no tenía más de ocho o nueve años cuando asomó en los registros de mi memoria, yo era un varón farrero y bueno para tomar pisco a pico de botella, quizás por eso Lagrimilla pasaba casi desapercibido ante mis ojos; seguramente él jugaba al trompo y a las bolitas; pateaba la pelota como cualquier niño de nuestro pueblo, a lo mejor inconscientemente quería remedar los años mozos del papá que llegó a ser un buen jugador de fútbol, al mismo que todos apodaban Félix-toque. Se llamaba Félix Santander, no tengo la más mínima idea de quien fue su progenitor, en cambio a su madre sí la conocí: doña María Codoceo conocida por todos como la Mariquita Codoceo, nadie dejaba de mencionarla de esa forma.

Doña Mariquita era una mujer de poca estatura, bien chatita, regordeta, de caderas anchas y polleras que llegaban más abajo de la media pierna. Cuando la contemplaba se me antojaba de una edad indefinida, desde niño pensaba que era una veterana más del pueblo, pero reflexionando ahora podría decir que no era vieja para nada; nunca supe a ciencia cierta su verdadera edad. Usaba medias largas porque todas las punitaquinas de antaño no mostraban ni un centímetro de la pierna; sus zapatos eran modestos, corrientes, nada especial, a medida que el calzado envejecía junto con el uso y se volvía ajado, descolorido, los zapatos pasaban a ser chancletas. La cara de esta señora que posiblemente había enviudado hacía mucho tiempo, si es que alguna vez fue casada –tampoco tengo conocimiento de ello, Norma- su cara, digo, era redonda, con un par de lunares bien marcados en las mejillas; voz ronca y baja, como si hubiese sido una gran fumadora –aunque nunca la vi fumar, eso sí que tomaba mate; vieja matera como decían otrora en el pueblo, siento que así también era doña Lastenia cuando hago comparaciones en las evocaciones añejadas, que de cualquier forma terminan mostrando cosas dormidas en el tiempo pero jamás olvidadas. Las nostalgias obligan a recordarlas. La mujer era buena cocinera y también vendía frutas en canastos para las fiestas, especialmente el 18 de septiembre doña Mariquita improvisaba su negocio de comidas, una pequeña ramada, tipo fonda, donde vendía esos platos criollos bien preparados, cazuela de ave o caldo de gallina, acompañado de alguna gaseosa o una taza de té en infusión, bien caliente, costumbre arraigada en los punitaquinos de antaño, ignoro si todavía persistirá, Norma. En mis reminiscencias está doña Mariquita, me parece verla sirviendo platos humeantes que cualquier huaso después de bailar unas cuantas cuecas y tragarse muchos vasos de vino, los devoraba. Igualmente recuerdo a la mujer en algún partido de fútbol con el canasto de las ventas enganchado del brazo, repleto de manzanas tapadas con ese típico mantel de color blanco; manzanas rojas, grandes y crujientes, así se las sentía cuando uno daba un mordisco a la fruta. Mujer honrada, trabajadora que se ganaba la vida dignamente, no tenía que pedirle a nadie porque nadie le iba a dar nada; pienso que era viuda, Norma, los hijos que tenía no habían venido del viento. No me olvido que vivía en una modesta casita, pequeña, tipo media-agua, techada con calaminas u hojas de zinc, viejas y oxidadas, yo diría que la vivienda era propia, ahí la vi siempre. La veterana tenía una compañera y que yo sepa, nunca la abandonó, su propia hija, la Chabela, tengo idea que fue la única hija mujer que tuvo.

Otro hijo de doña Mariquita era el Félix-toque, no sé si también trabajó algún tiempo en las minas, posiblemente en Los Mantos, es que cualquier punitaquino sin trabajo fijo, se metía en esos huecos tétricos, oscuros y húmedos para sacar el cobre, simplemente tenía que cumplir alguno de los turnos; cuando el mineral estaba en actividad, ésa era día y noche, se laboraba en tres turnos. Nunca fue distinto el destino del minero, Norma, jamás dejó de ser triste y al mismo tiempo admirable, eran punitaquinos valientes, rotos bien plantados y resignados a su suerte, todos los días llevaban la vianda con porotos a la mina. Diecisiete años yo tenía cuando en más de alguna ocasión pude beber vino con varios de ellos en cualquier noche de bohemia, por eso no he olvidado las cosas que contaban, yo solo les oía en silencio y aprendía, aprendí también a valorarlos como seres humanos; a veces heredaban el trabajo que venía de los ancestros y esa tarea sí que era dura. ¡Qué duro era meterse a las minas!, Norma. Lo pensaba muchas veces cuando los veía pasar camino de Los Mantos o La Delirio, o cuando –una vez cumplida la jornada- retornaban a su casa con paso cansino, el tranco tenía un solo ritmo, no variaba. A veces pasaba un minero solitario, silbando, entonando una canción como para acompañarse en ese trayecto de kilómetros, pero también podía tratarse de un pequeño grupo, tres o cuatro, caminaban conversando, con botas de caucho o zapatos gruesos, “entaquillados” (era el término que siempre escuché desde niño), cuero tieso, resistente, demasiado áspero, despellejaban los talones y los dedos de los pies hasta sangrarlos.

Aunque no estoy seguro me parece que Félix-toque tenía otro hermano de nombre Segundo, unos años mayor. A la hija de doña Mariquita siempre la conocí por Chabela y en la misma escuela el apellido estaba registrado como Santander, igual que Félix-toque. La Chabela también era de baja estatura, con polleras amplias y largas (época en que no existían las faldas cortas, peor la famosa minifalda que causó gran revuelo cuando apareció). Tez bien morena tenía la Chabela, ojos negros con expresión de mansedumbre, también de la voz baja y ronca parecida a la de su madre. Esos tonos de voces todavía me parece que los sintiera en los oídos. La chica iba puntualmente a la escuela con el clásico delantal blanco, era de comportamiento tranquilo, modesta, nunca la sentí altanera o soberbia. Hay un episodio que con mis cortos doce años en aquel entonces, me impresionó. Nunca lo he olvidado.

Un atardecer llegó Félix-toque angustiado con un pequeño en los brazos, su hijo, cuya edad fluctuaba entre los tres y cuatro años, lo vi casi inerte, con la cabeza caída, babeando, respiraba con dificultad. El padre del chico hizo lo que tenía que hacer, lo que estaba más a la mano, acudió al consultorio del practicante Víctor Núñez. Éste fue el primero que compró una motoneta marca Vespa y se paseaba de arriba-abajo por la calle Caupolicán, había llegado a Punitaqui desde Santiago, ignoro la razón por la cual fue a parar al pueblo, Norma. Núñez asomó con la familia: su esposa Teresa y sus dos hijos, Víctor que no pasaba de los 5 años (le decían Nino) y María Teresa (conocida por Mary) que acaso tendría ocho años, una niña de carita redonda, tez blanca y suave, labios carnosos, ojos expresivos, vivaces, pelo suelto negro, casi azabache, timbre de voz demasiado agradable. Era una bellísima niña con aires de ciudad, hablaba con soltura de la capital, bailaba con mucha gracia el Chá-Chá-Chá y Charleston. Yo la sentía diferente cuando en la casona de mis padres jugábamos a las escondidas una tarde cualquiera hasta que oscurecía, su hermano pequeño tenía que buscarnos cuando nos metíamos a un cuarto vacío que cumplía el papel de sala, con algunos asientos, un sofá muy antiguo y media docena de sillas tapizadas de rojo. Los sillones y el sofá tapizados del mismo color, los costados habían sido trabajados con madera terciada barnizada, el juego de sala yo lo encontraba fantástico. Ese era un cuarto un tanto misterioso que se abría en muy pocas ocasiones, siempre permanecía cerrado y oscuro, la ventana con barrotes daba al patio embaldosado en cuya parte central se erguía el pino, era el emblema de la vieja casona y entiendo que ahora el añoso árbol es patrimonio intocable del pueblo. En esa pieza amoblada con un estilo que solo pertenecía al tiempo, compartimos con María Teresa los primeros besos de niños. La niña de las mejillas rosadas y suaves, de los grandes ojos expresivos, en compañía de su familia, se perdió pronto de Punitaqui, creo que no alcanzaron a vivir tres años en el pueblo, una tarde cargaron sus pertenencias en un camión y se fueron a la gran ciudad, pero siento que esa niña nunca se extravió de los recuerdos. A veces pienso que la proyecté en los sueños de niño sumergiéndola desde un principio en el mundo platónico. Y eso simplemente no tenía medida.

Pero te decía Norma que esa tarde –casi oscureciendo- Félix-toque golpeó lleno de ansiedad la puerta del consultorio y don Víctor, hombre gordito, rechoncho, pelo crespo de color negro, bigote poblado, atendió al afligido padre y recostó en una camilla al infante que no reaccionaba, botaba saliva espesa por la boca, el practicante le aplicó una sonda que seguramente le llegó al estómago, por la otra punta salía la saliva mezclada con algo aparentemente terroso, don Víctor solo decía que el niño se había tragado algo extraño que le producía arcadas. Félix-toque tenía el rostro lleno de lágrimas, sufría tremendamente por su hijito enfermo, a lo mejor sentía que se le iba, que ya no sería más y lloraba. Yo, curioso miraba por la ventana que daba a la calle, a mi lado el Pirulo, estábamos impresionados con los afanes del practicante que luchaba para que el niño de pocos años reaccionara de alguna manera. Faltó algún medicamento y cuando en el pueblo se hablaba de medicamentos, había que pensar en la farmacia de don Andrés Gallardo en el barrio de Abajo, a un par de kilómetros. Repentinamente Félix-toque salió corriendo, recuerdo muy bien que ese atardecer calzaba zapatos de fútbol, en menos de dos minutos ya estaba en la casa del Caco, ese minero futbolista, ágil, veloz en aquella época se esforzaba para que su hijo se recuperara. Félix-toque estuvo de regreso con el medicamento en algo más de media hora, retornó con la respiración agitada, sudoroso, esa carrera para él fue la más importante de todas las que había corrido en el estadio de Punitaqui durante los encuentros deportivos. Minutos antes que llegara, por los afanes de don Víctor que manipulaba la sonda de caucho que había introducido por la boca y esófago del niño que babeaba visiblemente, la Chabela, una adolescente en aquel entonces, que permanecía de pie junto al sobrino, seguramente solidarizándose con el hermano, no pudo soportar los ajetreos del practicante, repentinamente salió de esa casa llorando a gritos, parece que dijo algo así como “¡tanta cosa que le hacen Dios mío!” y no regresó. Félix-toque ya no derramaba lágrimas, se quedó junto a su hijo. Había caído la noche, Norma, con el Pirulo tampoco podíamos continuar de espectadores. Solo recuerdo que a los pocos días hubo funerales en el pueblo. El pequeño niño no pudo resistir y se lo llevó Dios. A ese hermanito el Lagrimilla no lo conoció, Lagrimilla todavía no nacía. Y se me ocurre que tampoco conoció a su hermana Telgui que cerca de la pubertad dejó este mundo afectada por la tuberculosis que le comió los pulmones; era una niña delgadita, paliducha, tímida, que igual jugaba con su grupo, recuerdo que a veces se la veía en la cancha de fútbol que se encontraba detrás de la casa de don Pedro Pérez, donde nos reuníamos cada tarde para “pichanguear” o encumbrar volantines, según la temporada.

No me olvido, Norma, que la Chabela muy joven todavía, unos pocos años más tarde tuvo un hijo del Armando Garay. El hombre la cortejó pacientemente durante unos cuantos meses, se lo veía cada día en la cuneta de la vereda cuando ya había caído la oscuridad y la Chabela a un par de metros, en la puerta de su casa, conversaban horas, la fortaleza de la joven estaba en la puerta de su modesta casa, de ahí no pasaba. Era un romance de resistencia. Nadie supo en qué momento la Chabela sucumbió a las palabras del galán y empezó a crecerle la barriga, ahí estaba el fruto de sus sentimientos y quedó como madre soltera. Armando, quien formó otro hogar, también se fue de este mundo cuando apenas andaría por los cuarenta, igual que su padre siempre fue minero, su salud se deterioró poco a poco, no resistió los embates de la silicosis y falleció prematuramente con los pulmones completamente obstruidos por el polvo de los metales. No quisiera imaginarlo, pero se me ocurre que vomitó sangre en la última fase de la enfermedad. Él fue un buen amigo con quien intercambiábamos novelas del oeste, le gustaba leer, yo era niño todavía cuando lo conocí, aunque yo jugaba a las bolitas también leía novelas, Norma. Siempre fui buen lector, en ese entonces no tenía más de 12 años y Armando –minero de vocación por sus ancestros- por lo menos debe haber andado en los 25 o 26 años, su hermano mayor tengo idea que respondía al nombre de Hugo, también lo conocí como minero.

En todo este cuadro que rodeaba a estos vecinos había un hecho curioso que formaba parte de la vida de Felixtoque y también de otras vidas. Felixtoque en primeras nupcias fue casado con Dominga Segovia Araya, la misma que en otros tiempos fuera mi Nana Norma, ella me cuidaba en los primeros años de vida. Por otra parte, Alfredo Hidalgo Pereira (a quien en sus años mozos apodaban El Clavel al parecer por lo enamoradizo), otro minero, fue casado con Ana Luisa Araya. Ignoro en qué momento, Norma, ambos matrimonios se disolvieron, uno primero, otro después, no sé bien. Lo que siempre llamó mi atención es que Félixtoque, luego se casó con Luisa Araya y tuvieron varios hijos: recuerdo a Telgui que ya dije se fue pronto; a Verónica y a Waldo (Lagrimilla) que pasa del medio siglo. El asunto no quedó ahí, de repente Alfredo Hidalgo se unió con Dominga y también procrearon varios hijos, por lo menos cuatro; en los registros de mi memoria figuran: Irma, Edith y Hugo. Los dos matrimonios se mantuvieron hasta el final de sus días. Félixtoque –otrora jugador de fútbol- ya no está; Alfredo tampoco, me lo imagino chancando metales en el otro mundo. Un buen amigo que por la edad tranquilamente podría haber sido mi padre, gran contador de historias y cosas raras como lo he comentado en más de alguna ocasión, Norma. Al parecer todo eso significó que ambas familias no se dirigieran la palabra, ni siquiera el saludo. Así fue hasta el final de su existencia.

En ese último viaje conocí de verdad al Lagrimilla, sostuvimos largas conversaciones, no me olvido que en esa ocasión comentó que quería y respetaba mucho a sus progenitores y que ni siquiera quería pensar en una ausencia perpetua, no sé por qué en algún momento mencionó al cementerio y se quedó triste, callado. No dije nada, solo lo observé respetando su silencio. Lagrimilla despertó mi curiosidad y también mi afecto, con el Piloto “iban a todas las paradas”. Lo recuerdo alto y flaco, bueno para bailar y también para abrir el gaznate, cuando lo abría, por ahí mismo el vino se deslizaba generosamente. Siempre se levantaba tarde, iba a saludarme con la misma sonrisa, si el reloj marcaba las 11 de la mañana y no asomaba, el Piloto sacaba sus propias conclusiones: “no viene porque está ayudando en el amasijo a doña Lucha, si no lo hace el “taita” se le enoja”. Al concluir el día, la noche veraniega era como una venia, la antesala de la juerga. Y ahí estaban el Lagrimilla y el Piloto, inseparables, cuando los contemplaba no sé por qué se venía a mis pensamientos –quizás parafraseando- el título de esa gran película francesa “Vivir por vivir”. Lagrimilla era pícaro, malicioso, ocurrido, pero de buenos sentimientos, respetaba a sus progenitores por todo el sacrificio que realizaban para mantener el hogar, donde tenía casa y comida. Para esos dos compinches los días se deslizaban “a la buena de Dios”. No eran regodiones ni exigentes, se las arreglaban con lo que había, con lo que estaba al alcance, si lograrlo era fácil, mucho mejor para los dos. Simplemente vivían.

Félix-toque hace rato que ya no está en este mundo. Doña Lucha, quien con la ayuda de su marido, durante lardos años había hecho pan amasado y empanadas cada fin de semana en el horno de su propia casa, no hace mucho tiempo que se fue, Norma. Dicen que vivía sola, en la pequeña casa junto a los vecinos con quienes no se dirigían la palabra (como decía don Hugo Gómez, a quien apodaban Don Chuma) desde hacía “una ponchada de años”. A doña Lucha, viuda desde algún tiempo, apartada de todo, la encontraron inerte en la cama, en su rostro había una expresión apacible y la comida que había preparado seguramente el día anterior, estaba intacta. Así la hallaron los hijos que acudieron a su modesta vivienda al ver que no daba señales de vida ni contestaba el teléfono. Ya me imagino a Lagrimilla, me parece verlo Norma, cuando se enteró de la noticia no solo debe haber tragado saliva. Lagrimilla debe haber derramado muchas lágrimas.

Comentarios

Comentario: 

querido amigo tu historia es linda, pero llena de errores mi madre solo se caso una vez y fue con mi padre ,lo conoció cuando tenia 14 años,si,
mi padre fue casado pero su matrimonio fue anulado porque la sra Dominga por segunda vez se caso sin estar separada, realizando bigamia ,con esto te aclaro estos dos puntos espero rectifiques tu historia ,si no lo haces esta bien ,peo tu ya sabes una verdad adios gina

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