Columna personal

El abrazo del Pimiento

El abrazo del Pimiento

Tenía ojos claros, tanto que me parecía que el cielo se reflejaba en sus pupilas. Vestía traje azul, calcetines blancos, pantalones hasta las rodillas, zapatos brillantes y negros.

Su indumentaria –en general un tanto pasada de moda– me recordaba las fotos antiguas, con niños vestidos de marineros, que miraban fijo el lente de la cámara, tras cuyo trípode se ocultaba el fotógrafo con el magnesio a punto de encender.

Su aspecto de gringuito se acentuaba con el pelo rubio y chasquilla rozando las cejas, todo lo cual, unido a una sonrisa extraordinaria, me llamaba profundamente la atención.

Pero, no sólo su apariencia me obligaba a observarle jugar desde lejos, también el aro metálico con que lo hacía; con gran habilidad corría con él dando pequeños saltos, los que agitaban la pañoleta cuadrada de su espalda.

Aquello de correr con un aro y un alambre, me parecía historia antigua, casi un juego de nuestros abuelos, sin embargo ahí estaba él, siempre jugando, lejano y solo.

Me pregunté muchas veces, cómo le permitían venir hasta aquí sin compañía; tres o cuatro años no es edad para que un niño se aleje tanto de su hogar. En los alrededores no había casa que dijera: este niño es de aquí! Sólo las dos manzanas cerradas por altas tapias y en su interior, silenciosos árboles que daban sombra al camposanto.

A pocas cuadras del lugar está el puerto mecanizado de Guayacán, con su embarque de fierro; al sur playa, arena y a unos dos kilómetros, las casas de La Herradura; una distancia extrema para un niño de tan corta edad. El único punto más cercano era el pueblito de Guayacán, con su iglesia rodeada de casas de la época de los ingleses, aun así, no me daba la impresión de que proviniera de allí. El niño era extranjero, su aspecto y su acento así lo gritaban.

Me acostumbré a su saludo lejano y el aro metálico con el que hacía figuras en el camino polvoriento; semana a semana, siempre igual, era lo primero que veía al llegar. Durante un tiempo me extrañó no verle, yo había cambiado mi horario y él, a esa hora, con seguridad debía dormir su siesta. De todas formas, le buscaba con la mirada por las cercanías. En un par de oportunidades coincidimos en la entrada, no supe si él salía cuando yo llegaba o sólo pasaba por allí, pero, tengo claro el recuerdo de su mirada diáfana. En una ocasión le pregunté su nombre: - John, me respondió y se alejó entretenido en sus juegos.

Me gustaba tanto verlo, que me quedaba largos ratos sentada en el auto observándole deambular por las cercanías. Era un niño tan especial…

Un día lo encontré sentado junto al portón, tuve la impresión que me esperaba desde hacía rato. Tenía la carita entre las manos y el aro olvidado en el suelo; cuando me miró noté en sus ojos la huella del llanto. Era tal la tristeza que expresaban, que me asusté y pensé que algo le había sucedido.

Le pregunté: ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal?

Negó con la cabeza, haciendo brillar su chasquilla entre sus ojos.

Me senté a su lado, su pena se me pegaba a la piel, yo también sufría y conocía el dolor; necesitaba la paz de ese lugar para aceptar que, la vida nos separa de quienes más amamos. Ese niño era especial, no debía llorar.

Le acaricié el pelo con toda la ternura que me inspiraba, le consolé y traté de alejar de él cualquier cosa que le estuviera dañando. Estaba desconsolado.

Luego recordé que me parecía extranjero, tal vez no entendía mis palabras y aventuré mis preguntas en inglés, brillaron sus ojos y entre sollozos me habló de un árbol.

Las palabras se atropellaron en sus labios y agitaba con desesperación sus manos. Intenté tranquilizarle, pero continuó repitiendo que cortarían el árbol.

Le expliqué que tal vez había entendido mal y que sólo lo podarían, pero John con desesperación me explicó, que si su árbol era cortado, él no podría salir a jugar con su aro.

Aun cuando tuve claro que, me estaba entrometiendo en asuntos que no eran míos, le prometí que hablaría con quien cortaría el árbol.

Debo haber pensado- inconscientemente- que el padre de John había descubierto sus escapadas por entre las ramas y que, queriendo protegerlo, las cortaría. En realidad no tengo certeza de lo que pasó por mi mente, pero mi palabra estaba empeñada y debía hablar con alguien, que no sabía dónde encontrar ni cómo se llamaba.

No podía permitir que el pequeño John también sufriera.

De pronto se abrió el portón de fierro y el cuidador del lugar me miró asombrado, no era para menos, yo estaba sentada en la grada de la entrada, con la espalda apoyada en la puerta y cuando él abrió…perdí el equilibrio de mi posición casi infantil. Me ayudó a levantarme de tan incómoda posición y noté en su cara una expresión entre curiosa y sorprendida.

Me preguntó: ¿con quién habla?

Le expliqué que lo hacía con el pequeño, que siempre juega por las cercanías: un rubiecito vestido de marinero antiguo, llamado John…

Me volví a enseñarle al pequeño, pero éste ya no estaba en la puerta, ni en la grada y tampoco se veían las huellas del aro.

Como arrastrando las palabras y mirándome como a una desquiciada, el cuidado murmuró algo y echó a andar en dirección al interior del camposanto, lo seguí casi pisándole los talones.

A poco andar se volvió y me dijo:

- Por estos lados no hay ningún niño así.

Volvió a menear la cabeza y a murmurar nuevamente palabras que no capté. Creo que en el fondo de su mente, pensaba que yo veía visiones o que la pena me había enloquecido.

Agregó de mala forma, que no estaba para charlas y que, tenía mucho que hacer, entre otras, debía cortar un árbol, en la esquina norte del lugar.

Me pareció una coincidencia increíble y caminé junto a él por entre tumbas tan antiguas como mal cuidadas, teniendo que agachar la cabeza para evitar las ramas bajas, hasta que, me encontré frente a un árbol que crecía muy cerca del muro: era un pimiento que orgulloso se erguía por sobre la tapia y dejaba caer sus ramas al exterior.

Sus raíces abrazaban una tumba.

Tras el grueso tronco, casi oculta por el follaje, había una lápida, que alguna vez fue blanca y con dificultad podía leer en ella:

“John Cordeiro Gollan”

“Tres años de edad, 1871 -1874

No podía ser. Era imposible.

Aquello no podía entenderlo. No daba crédito a lo que estaba sucediendo; se me escapó un grito que estremeció el cementerio:

- No lo corte, por favor

- NO LO CORTE….

- NOOOOOOOOOOOOO

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