Nostalgia

Todo lo que tenga que ver con recuerdos de Ovalle.

Susurro de los molinos de viento XL - Los cumpleaños

Los cumpleaños en Punitaqui siempre fueron un día especial. Eran parte de las ilusiones infantiles, Norma. Cuando se me vienen a la memoria, inevitablemente surgen dos nombres: el Chato y el Samy. Dos nombres para dos amigos inolvidables de la infancia con quienes compartimos hermosos episodios y juegos, forman parte de los recuerdos que jamás han sido derrotados por los años. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento XXXIX - El Pato Pastén

Ese Pato Pastén!, lo siento inolvidable, Norma. Y no se llamaba Patricio, su verdadero nombre era Segundo, así lo conocí. No lo vislumbro en alguna de las salas de clases de la escuelita, creo que él –si es que completó la primaria, tengo la idea que sí- terminó unos cuantos años antes la etapa escolar. Seguir leyendo »

Celofán galopa por las calles de Limarí

En qué secreta oquedad de los tiempos o en qué orilla estrellada de una noche rural, habrá nacido Celofán, con toda la Vía Láctea rielando sideral sobre la comuna de Ovalle. Quizás en Tabalí, en Barraza o Chalinga, desembarcó a los muelles de la vida este noble personaje que arrastró “agua pura” por las viejas calles del incomparable pueblo de Limarí. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento XXI - Las cartas de La Esmeralda

La Esmeralda, vehículo con nombre de mujer o de aquel barco del que tanto habla la historia chilena, era parte de la vida de la calle, de ese pueblo legendario que ya no es desconocido en el resto del país. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento XX - El teatro de los Campitos

Los Manchados eran mala gente. Difícilmente se llevaban bien con alguien. Cuando los recuerdo, pienso que ningún vecino los quería. El Manchado Viejo, La Manchada y El Manchado Joven. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento XV - El Soldador

La noche en que se suicidó el Flaco Herrera frente a la iglesia, el hombre que se ganaba la vida tapando huecos y componiendo utensilios usados, se despertó asustado. El estampido había sonado seco, inusual en medio de la oscuridad. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento XIII - Don Chuma

A veces pienso que a los punitaquinos los bautizaron con vino, Norma. Parece que estuviesen secos por dentro como si se hubiesen comido un saco lleno de arena y para remojar el estómago necesitaran tomar gran cantidad de líquido, beben pisco, vino, cerveza, llenan generosamente las copas para vaciarlas una tras otra en las noches de farra. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento IX - El tío Carlos y la tía Elena

Al tío Carlos lo conocí viejo. Era menudo, delgado, severo y meticuloso. Había recibido el legado de una habilidad increíble. El hombre podía hacer una llave artesanalmente, casi al ojo, le bastaba con copiar el molde en un trozo de jabón y el asunto era pan comido. Cogía la lima y comenzaba a gastar el hierro, con paciencia envidiable. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento VII - El Piloto

Y qué será de El Piloto, el amigo de Waldo? El Piloto estará empapando con pisco la pena que lleva por la muerte de su padre que se quedó entre los hierros retorcidos de su auto en un accidente de tránsito. Cuando se enteró de la noticia dicen que estaba bebiendo desde hacía horas con Elvira, la mujer ajena que trabajaba en el viñedo de la Media Hacienda. El Piloto la conoció mientras empacaban uvas de exportación, miles de cajas por día que ponían en los camiones que las llevaban al puerto de Coquimbo para ponerlas en gigantescos barcos refrigerados con destino a Arabia. Los árabes gustan de las variedades de uvas más dulces, relajantes que consumen a los postres convertidos en compotas y especímenes raros. Eso fue lo que me dijo un día El Piloto, Norma. Seguir leyendo »

Susurro de los molinos de viento V - Mi viejo y mi abuelo

Mi viejo, Norma. Era un gran conversador, pero un día no amaneció. Y te prometo que sentí un nudo terrible en la garganta cuando me lo contaron. Comprendí que nunca más oiría su voz, sus historias. Supe que jamás volvería a verlo descansar en esas tardes pueblerinas, cuando se sumía en su silencio campesino. Es verdad que hacía meses que no decía nada y que sólo causaba preocupaciones y todos sufrían por su dolor. Su cama quedó vacía pero todo lo demás quedó mucho más vacío todavía, ahí fue cuando me di cuenta que el viejo no solamente vivía, sino que existía. En el yunque, en el martillo pesado, en las herramientas, en esas cosas sencillas. En ese molino de piedras que recibía granos de todos los alrededores de Punitaqui. Seguir leyendo »

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