Mi viejo, Norma. Era un gran conversador, pero un día no amaneció. Y te prometo que sentí un nudo terrible en la garganta cuando me lo contaron. Comprendí que nunca más oiría su voz, sus historias. Supe que jamás volvería a verlo descansar en esas tardes pueblerinas, cuando se sumía en su silencio campesino. Es verdad que hacía meses que no decía nada y que sólo causaba preocupaciones y todos sufrían por su dolor. Su cama quedó vacía pero todo lo demás quedó mucho más vacío todavía, ahí fue cuando me di cuenta que el viejo no solamente vivía, sino que existía. En el yunque, en el martillo pesado, en las herramientas, en esas cosas sencillas. En ese molino de piedras que recibía granos de todos los alrededores de Punitaqui. Seguir leyendo »