Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXIV - Doña Rosa Tapia

¡Qué te digo, Norma! En vano traté de hallar el mismo sabor en el pueblo. Y ya no estaban los mismos rostros. Había otros nombres. Quizás la calle era casi la misma, mas no toda la gente. Se fue del poblado. Otros murieron, los que quedaron, si antes eran jóvenes, ahora ven a sus nietos correr por la calle pavimentada, por el patio con durazneros y árboles de damascos. Es que ha pasado mucho tiempo, Norma y no sé por qué hay tanta distancia. Te prometo que no entiendo a la lejanía si con sólo abrir las páginas de la agenda, me sale al encuentro tu fotografía, tu sonrisa triste porque sentí que cargabas la tristeza que se convirtió en llanto en la última ocasión. ¿Fue la última? Cuando me pongo a pensarlo, el calendario resulta inútil ante lo existente y el reloj es un absurdo para medir lo compartido. Es que vivimos, Norma, nunca pensamos en el tiempo, en lo que sucedería después. Si tú no más de tanto estar sentada en la puerta, de repente viste a tus hijos grandes y lo que antes había sido lágrimas de ternura, se transformó en tu propia nostalgia cuando comprendiste que en algún momento se irían de tu regazo. Tú que los cuidaste como gallina con pollos y hoy, los dos somos abuelos. Por eso no quiero mirar el reloj. Tampoco las hojas del calendario que da lo mismo arrancarlas o dejarlas donde están.

Por eso pienso que doña Rosa Tapia, nunca tuvo calendario. Tampoco tuvo tiempo porque jamás usó reloj y vivía en otra dimensión. Cuando cumplió los noventa años, se perdió del tiempo, caminaba como extraviada por la calle, sin rumbo, hablando de cosas pasadas. De los jinetes sobre los caballos briosos, aquellos que hacían caracolear al animal en plena calle a la medianoche cuando andaban de farra y sacaban el revólver de la cintura para disparar al aire. Esos huasos valientes, hombres sin miedo porque habían nacido sin miedo pero con un destino señalado: ser punitaquinos hasta el día de la muerte. Doña Rosa Tapia contaba de los coches arrastrados por cuatro caballos para viajar de un pueblo a otro y a la propia ciudad de Ovalle, doña Rosa decía de eso que no quería contar, de los amores sumergidos en el pasado, de un hijo que hacía muchos años se había abrazado a la lejanía, cuando la vieja no deseaba mencionar la palabra ingratitud, sus ojos azules se humedecían. Nunca supe si la longeva era viuda, si se casó o simplemente tuvo un hijo del viento porque no hablaba de nombres. O no quería recordar, eso ya jamás lo sabré, Norma.

Doña Rosa andaba la calle de arriba-abajo. Vivía en una casa pequeña de color blanco, con un patio grande que llegaba hasta el estero. Cerca de éste, tenía unas cuantas higueras que se cargaban de frutos y unos pocos perales que producían generosamente. En los meses de verano, entre enero y marzo, la vez que podíamos nos saltábamos la pared para “hacer la cosecha”. Dos se subían a los árboles para sacar la fruta, mientras tanto otros dos nos quedábamos en tierra para llenar el canasto y vigilar que no viniera doña Rosa, cuya casa quedaba a unos doscientos metros de distancia. Gritos, risas, voces eran la característica de la travesura. El Caco, vecino de doña Rosa, también tenía higueras y perales que abonaba abundantemente con excrementos humanos. Es que el propio Caco acostumbraba a defecar en el tronco de las higueras argumentando que en la próxima cosecha los higos se darían más grandes, así justificaba su picardía. El Caco también decía que las frutas más sabrosas eran las robadas. Y ahí estábamos, mucho antes de empezar a ser adolescentes, listos para meternos a la huerta de doña Rosa.

El Caco, quien respondía más por el apodo que por su nombre que era Enrique, tenía un rostro de expresión apacible pero en su interior era un “malilla”, que en términos populares significa pícaro, amigo de hacer maldades. Su madre también se llamaba Rosa, a ella recuerdo como aquella mujer que molía trigo tostado en una piedra grande y plana. Sobre ésta, hacía balancear a dos manos, otra piedra menor ligeramente arqueada que permitía triturar el grano tostado poco a poco. De ahí salía la harina tostada que servía para preparar el cocho o chapo con agua o leche. Creo que ése era el desayuno del Caco con un trozo de tortilla ante de salir a la escuela. El Caco hacía trampas cuando podía en el juego de bolitas, si algún compañero se descuidaba, le quitaba un lápiz o un borrador. El Caco vivía con su madre pero jamás supe nada de su padre, si es que alguna vez lo tuvo. El Caco no hablaba de él. El Caco era solitario, reservado. Hacía las cosas que le agradaban y nada más. Por eso es que a nadie podía llamar la atención de que formara un grupo de niños para visitar las huertas ajenas, especialmente la de doña Rosa Tapia. Todo terminaba cuando la veterana sospechaba algo y salía lo más rápido posible, casi al trote, en sus piernas cortas cubiertas por las polleras largas, oscuras que siempre usaba. Le acompañaban dos perros bulliciosos que nunca la dejaban sola. Al grito de “tutututú, tutututú”, los canes ladraban desesperados, pero nosotros nos poníamos a salvo con sólo saltar la pared y pasarnos al sitio del lado. En una ocasión tuvimos que dejar la canasta llena de la evidencia y El Caco que estaba arriba, casi en la cumbre de la higuera, ahí se quedó. Doña Rosa lo insultaba, le “sacaba la madre” y otras cosas más le decía. Pero El Caco se aguantó. Se bajó a las dos horas, cuando la veterana se fue a la casa de puro aburrida. Y los perros con su ama, con aire indiferente, como si les hubiese contagiado el tedio de doña Rosa. Todos reíamos aunque hubiésemos perdido la canasta con higos y peras.

El Caco parecía un niño triste. Tal vez tenía la pena de las limitaciones. Por eso sus picardías. Quizás eso para él era un desahogo, un descargo psíquico. El Caco siempre fue mi amigo, aunque pasaran los años saludábamos con la misma cordialidad, me invitaba a comer higos, lo único que tenía. Un par de higueras eran su patrimonio. Cuando llegaba de mis largos viajes, siempre le hice la misma broma, a la medianoche o en la madrugada, al paso con un pedazo de alambre que ya tenía listo, amarraba la armella de la única puerta de su casa que se encontraba entre la de El Roto Pije y de la propia Rosa Tapia. Cuando El Caco se levantaba al día siguiente y trataba de salir a la calle, no podía hacerlo, tenía que alcanzar el patio, salir por el portón para sacar pacientemente el alambre, en una ocasión lo trencé con la ayuda de un alicate, zafarlo fue mucho más trabajoso para El Caco. Cuando eso sucedía, él ya sabía que yo había retornado e iba a buscarme directamente para reclamarme. Siempre pensé que algún día, cuando El Caco estuviese de farra y echara llave a la puerta, contrataría a un soldador para que pusiera soldadura en el ojo del candado, aunque tuviese que comprarle uno nuevo. Pero eso ya no alcancé a hacerlo, Norma.

Y de repente doña Rosa quedó en una penumbra mental, Norma. Era algo que se venía pero ella no podía entender. Y empezó a vivir un tiempo ajeno a los demás. Agarraba la calle e iba cinco veces a buscar a la tienda el mismo producto, que ya estaba pagado desde un rato antes, que se lo entregaran o se quejaba a la policía por ladrones. Ya no vendía higos ni peras secas, ni las frutas que cada año ella misma cosechaba de sus árboles con la ayuda de un peón. Descuidó su huerta, los frutos maduros se los comían los pájaros o caían al suelo en donde terminaban pudriéndose. El resto se lo robaba la gente. Hasta el perro que la acompañaba se tornó insignificante, demasiado pequeño para cuidar lo que a doña Rosa no le preocupaba cuidar. Era un quiltro que inspiraba lástima, parecía que tenía las escuálidas energías de doña Rosa, caminaba con desgano por la calle, de un lado a otro, como extraviado igual que su dueña. Y doña Rosa, a diferencia de años anteriores ya no se preparó para el invierno. Los árboles frutales que cargaban generosamente, también envejecieron, Norma. A veces a la vieja le venían momentos de lucidez, se acordaba de las frutas y salía corriendo al patio de la casa, azuzando a los perros con el grito de otros tiempos, creyendo que salía igual de su garganta, demoraba un siglo en llegar a los árboles desnudos y secos porque era invierno. Entonces fue cuando a doña Rosa le llegó su propio invierno. Se le nubló la razón y la vista. Andaba hablando sola, sus ojos claros estaban como idos. “¡Pobre doña Rosa!”, decía la gente. Y nadie entendía que doña Rosa era pobre desde hacía mucho tiempo, desde que se vio sola, cuando la acompañaban sólo los perros, dejaba horas y horas encendida la luz por las noches sin darse cuenta que su dormitorio jamás podría llenarlo con una estampa de la Virgen de Andacoyo o con aquellos recortes de diarios que había puesto en la pared. El espejo hacía mucho que le decía que nunca más sería la misma, que tenía muchas más arrugas que los años transcurridos, el piso cubierto de polvo que barría de vez en cuando, también tenía menos hendiduras que pliegues su cara. Un día la vieja pegó con engrudo una hoja de diario en el vidrio y no volvió a mirarse en el espejo, ni siquiera le importaba comer. Decían que sólo tomaba té con un poco de pan, a veces medio duro y ácido que remojaba en la misma taza, apenas le quedaban dos o tres dientes, Norma.

Doña Rosa se transformó en la “inspectora” de la calle polvorienta en otros años, donde transitaban los coches con caballos o los huasos montados en sus cabalgaduras haciendo alarde de sus ropas un día sábado, cuando se ponían la manta, el sombrero y los espolines para clavar los ijares. Doña Rosa se hizo decrépita, conversaba con sus propios pasos, deambulaba en los recuerdos porque su memoria funcionaba hacia lo vivido, nunca hacia el presente. Empezó a vivir de las evocaciones, de los años lluviosos, de las grandes cosechas de trigo y trillas, de las higueras desramándose por el peso de los frutos. Y un día ni siquiera tuvo perro, no sé si se sintió más sola porque a doña Rosa le llegó la soledad como el viento norte que anunciaba la lluvia. Y se hizo más vieja. A los noventa y cinco años caminaba encorvada como si le pesara algo en la espalda. Era la soledad, quizás el peso de las reminiscencias o de las tristezas. Hablaba de las minas de oro y de grandes negocios. Para ese entonces, en la despensa ni siquiera tenía un higo seco que llevarse a la boca.

Doña Rosa había salido del tiempo y se perdió en el tiempo, Norma.

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Comentarios

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Iván, desde niño escuche unas historias de un viejo que era conocido en el pueblo por robar a los muertos, ¿tienes una historia sobre eso?

Saludos

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Pac Man:
El guatón Bacho es un amigo de aquellos tiempos de la escuela. Espero en cualquier momento enfilar por la Panamericana, cruzando fronteras, aunque demore una semana en llegar y darle un abrazo en Calama.
No tengo la historia del profanador de tumbas. Algo escuché de eso y hasta hubo el nombre que recuerdo muy bien de un viudo afectado, pero nada más. Cuando tuve uso de razón, el hecho ya se había dado.
¿Puedes conseguir datos de eso? Si es así, envíalos, por favor.
Saludos.

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