Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXV - El maestro Sequeira

Yo no sé de donde asomó el maestro Sequeira pero existe en mis recuerdos. Ignoro por qué nadie lo menciona como si todos se hubiesen olvidado de él y eso me parece triste, demasiado triste, Norma. Debo reconocer que ni siquiera me acuerdo de su nombre aunque sí de su figura. Lo veo claramente gordo, no obseso, algo guatoncito pero nada más, de cara blanca con barba de un par de días, siempre lucía algo descuidado en la rasurada. Tenía algunas impurezas en la piel, sobretodo en su nariz enrojecida y abultada. Vestía correctamente, usaba ternos oscuros envejecidos, raídos a causa del uso excesivo, zapatos negros formales con cordones, lustrados en algunas ocasiones, especialmente cuando había fiesta o algún evento significativo en el pueblo. El sombrero plomo o negro no lo dejaba jamás, tampoco la corbata de colores sobrios que a simple vista no parecía muy limpia. En invierno completaba su vestimenta con un abrigo café oscuro con todos los botones abotonados y una bufanda larga que hacía juego con la prenda, de color café un poquito más claro, con ella envolvía su cuello dándole un par de vueltas y salía a caminar calmadamente por la calle larga, nunca estaba agitado como si no tuviese apuro alguno. Saludaba a las damas con una venia acompañada de un movimiento que hacía con la mano derecha despojándose ligeramente del sombrero y nuevamente lo ponía en su sitio, en un gesto elegante, parsimonioso. Voz baja pero no ronca, más bien delgada. Exigente, disciplinado el maestro Sequeira y aunque para algunos podía ser insignificante, en Punitaqui era otro personaje, nada menos que el director de la banda del pueblo, razón más que suficiente para que estuviese en todas partes. No faltaba para ningún Veintiuno de Mayo ni en los 18 de septiembre, el día 17, preámbulo de la fiesta grande se paseaba con sus músicos en La Esmeralda para tocar marchas y canciones alusivas, según la fecha, en determinados puntos de la calle, algunos punitaquinos esperaban ese momento, temprano en la mañana, para izar la bandera de su casa. En ese instante los pobladores sacaban a relucir su euforia y destilaban espíritu de patriotismo en cada una de sus acciones.

El maestro Sequeira por lo menos tenía diez músicos y recibía una paga asignada por el Municipio. El mismo los había formado, solía hablar con el director de la escuela de varones para que le autorizara visitar los cursos superiores, era su método para detectar vocaciones, reclutaba a los muchachos anotando los datos personales en un ajado cuaderno y a partir de las cinco de la tarde abría la sala de música que generalmente la acondicionaba en su propio domicilio que era volátil, el hombre no tenía casa propia, nunca tuvo, y durante años vivió en varios sitios de Punitaqui. Un tiempo se acomodó en un local que se encontraba como a una cuadra de la casa de don Humberto Rojas, por la acera de la mano derecha bajando hacia el estero, casi al frente de aquella casa donde no sé por cuantos años se encontraba el taller del único herrero del pueblo que yo recuerde, de nombre Fernando, el apellido se perdió de mi memoria. Ahí metía bulla el maestro Sequeira mientras los futuros músicos ensayaban ayudándose con las partituras. Una temporada ocupó una casita medio vieja, de paredes algo torcidas, junto a la vivienda de las señoritas Nareas. Otro lugar donde vivió este singular músico fue en una de las casitas de doña Rosa Tapia, casi al frente de doña Rosa Neira (muchos le decían Rosa Negra), diagonal en dirección sur, de la vivienda del Tegua y el Tarora, dos mineros hermanos amigos del Caco y del Nata, buenos para caerse al frasco, pienso que hace rato ya no están en el pueblo y quizás en ninguna parte.

Recuerdo algunos de esos jóvenes a quienes el maestro Sequeira inculcó la música, incluso varios de ellos emigraron del pueblo con esa formación y se realizaron en esa actividad. El Sergio Andrade era uno de ellos, al mismo que todo el mundo conocía por El Chego, hermano de doña María, la profesora casada con don Lucho Días. Otro músico que llegó a ser director de una banda grande en Ovalle fue el Lucho Vega, hijo de don David Vega que toda la vida fue comerciante, atendía pequeños locales donde vendía verduras, frutas, pan, queso y algunos productos de abarrotes, llegó a viejo y no me extrañaría si me dijeran que alcanzó los 90 abriles. Para un acontecimiento especial, el Lucho Vega (algunos le decían El Luto), visitó Punitaqui dirigiendo una orquesta y con orgullo desfiló en la calle larga con sus propios músicos. Tanto El Chego como el Lucho tocaban la trompeta, para eso sí que tenían buenos pulmones, se ponían rojos cuando soplaban. Otro buen trompetista fue el Chiquitín, hijo de Cándido Lastarria, hermano de la Tita y la Tena, todos ellos primos hermanos de El Pirulo. Pero en uno de los grupos de músicos también se formó el Lalo Araya, buen amigo y buen baterista, además del Juan Rojas, flaco, de baja estatura, (hijo de don Dionisio y doña Lidia), a quien decían por apodo Chico Malo. El instrumento de sonido más bajo, lo tocaba un muchacho de expresión mal agestada, callado, le decían El Chuncho.

Al maestro Sequeira permanentemente lo vislumbro de unos 60 años de edad y en varias épocas, como si no hubiese envejecido. A ratos me pregunto si el tiempo no transcurría para él, siempre me pareció igual, Norma. La primera marcha fúnebre que escuché en Punitaqui la interpretó la banda del Maestro Sequeira, fue para un acontecimiento muy especial. Una mañana se corrió la voz en todo el pueblo, había fallecido don Manuel Olivares, hombre respetable a quien asocio con la hacienda o fundo de Batuco, creo que pertenecía a Camarico Viejo, de repente se me viene a la memoria un personaje pintoresco que vivía en esos alrededores, don Cucho Salas, longevo respetable, estricto, demasiado recto en su proceder, como tantos viejos de aquellos tiempos, con sombrero y chaleco con reloj de bolsillo sujeto por una cadena de plata, de carácter fuerte, bullicioso para hablar. Llamaba la atención porque visitaba Punitaqui en un cochecito de dos ruedas, arrastrado por un caballo percherón, de color blanco, animal grandote, patas gruesas, de estampa impresionante. Daba la sensación de que no hacía el menor esfuerzo cuando halaba al coche de su amo. El viejo en ese entonces debe haber tenido unos 75 años, se me antoja que jamás dejó de usar su sencillo y útil vehículo hasta su muerte. De repente nunca más volvió a verse el cochecito del caballo percherón.

Pero el día en que se regó la muerte de don Manuel Olivares, se agitó buena parte del pueblo, el difunto era el Alcalde de Punitaqui, razón por la cual la banda municipal se preparó de inmediato, no había mucho tiempo y encabezados por el maestro Sequeira, los integrantes ensayaron toda la tarde una marcha fúnebre cuya melodía me impactó, sus notas estaban impregnadas de tristeza, todavía la recuerdo pese a que jamás he vuelto a escucharla. Por primera ocasión contemplé un funeral con banda de músicos. Oí que el finado sufría de cáncer localizado en el esófago, comía con dificultad, tuve la oportunidad de observarlo en un banquete que organizaron en la casa de la Media Hacienda. El hombre no sobrevivió a una intervención quirúrgica realizada por un grupo de médicos en Santiago, duró seis horas, entró vivo al quirófano pero salió cadáver. Poco después el último hijo del alcalde fallecido, fue compañero de curso en la escuelita, el guatón Olivares, creo que le decíamos Keko, era enorme, igual que sus hermanos mayores, el Wilson y el Tilo. Mientras la banda interpretaba la marcha fúnebre, de melodía demasiado triste, el maestro Sequeira y todos los presentes nunca imaginamos que unos pocos años más tarde, alguien que estaba en los funerales, protagonizaría un hecho de sangre que estremeció al pueblo, fue la comidilla del día y también de una semana entera. Esa persona del cortejo (no quisiera dar el nombre) en ese entonces estaba divorciado o separado de su primer matrimonio. Pero creo que se había enamorado de una ovallina (recuerdo vagamente el apellido mas tampoco quisiera mencionarlo), quien al parecer rompió o intentaba romper las relaciones con el varón. La mujer firme en su decisión, no claudicaba ante las súplicas y promesas. El hombre atormentado, angustiado, presa de la depresión, no pudo aceptarlo. Fue tipo Flaco Herrera, pero no quiso irse solo. Un día tomó un revólver y –quizás luego de haberlo pensado lo suficiente- esperó a la amada para abordarla en plena calle, en algún lugar céntrico de la ciudad de Ovalle. En Punitaqui se comentó que esa oportunidad, la última en que se vería con vida a la pareja, el galán solo gritó desesperado con potente voz: “mía o de nadie” y disparó el arma un par de veces, luego como en aquellas películas de dramas pasionales, dirigió el revólver contra él y volvió a apretar el gatillo. Los dos cuerpos quedaron inertes, desangrándose en plena vía pública.

El maestro Sequeira aparecía en cualquier evento, Norma, nada se festejaba sin él. Se levantaba a una hora prudencial, luego preparaba él mismo el desayuno, hombre solitario, tranquilo. Nunca oí que hablara de los hijos, por momentos me lo imaginaba abandonado de su mujer, quizás por ello no mencionaba sus sentimientos ni hacía recuerdos de pasados amores. Se las arreglaba solo, alguna vez –intruseando con uno de los músicos- tuve la oportunidad de ver una olla con un poco de fideos y papas cocidas, seguramente hacía su propia comida. La casita era de dos piezas, en una estaban todos los instrumentos, en la otra, la cama, el velador, un par de sillas y una mesa, la estancia tenía muy poca luz, lucía oscura. Por la sala de ensayos, a través de una puerta, se salía a un corredor techado pero abierto que daba directamente al patio, ese corredor cumplía el papel de cocina. De vez en cuando el maestro Sequeira también se pegaba unas cuantas copas de vino tinto, casi siempre el favorito de los viejos punitaquinos. Creo que el saludo característico con los subalternos, era un “¡quiubo!” “¡Qué alegai!”.

A veces, para un acontecimiento o festejo especial, inclusive a nivel familiar, alguien contrataba al maestro y éste acudía a cualquier casa, ahí tenía una ganancia extra. En una ocasión don Mario Laguna, un cuarentón que le gustaba farrear, propietario de una camioneta verde Studebaker y al parecer del bolsillo generoso, contrató la banda para divertirse con todo el grupo de amigos incluidas alguna señoras, e hicieron preparar abundante comida en la Pensión Castillo cuya propietaria era doña Rosario, una viejecita bondadosa de vestidos oscuros y largos, al igual que las medias, de moña canosa bien formada, con un lunar grande en una de sus mejillas, tía del Gary, la Adriana, del Patricio, del Juan, de la Tochi y la Clara, todos hijos de don Rosalindo González quien era casado con la señora Inés. Don Rosalindo trabajaba para la compañía de Los Mantos como chofer de camiones. Ahí se armó la gran fiesta, Mario Laguna pagó todo y la banda del maestro Sequeira metió bulla hasta la medianoche.

Las canciones que interpretaba la banda municipal estaban de moda, Norma, por lo demás, el maestro Sequeira tenía un generoso repertorio de marchas. Un día el hombre abandonó Punitaqui y se fue lejos, se me ocurre que a otro pueblo o una ciudad nortina, tal vez Vallenar, Copiapó. No puedo precisarlo, pero después de varios años retornó a Punitaqui e intentó formar una nueva banda, con otros elementos de la escuela que se había unificado en una sola y pasó a ser mixta, no obstante nada fue igual. El músico ya era viejo, hizo una propuesta seria, no le hicieron caso, nadie se interesó en darle trabajo. Y nuevamente dejó el poblado que tanto quería, esta vez la despedida fue para siempre y ya no regresó, Norma. No tengo la menor idea donde quedó sepultado, solo abrigo la esperanza de que Dios guardó un espacio para el maestro Sequeira junto con su banda de pueblo, en aquellas latitudes inconmensurables y eternas.

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