Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXVI - Los ojos de mi hermano

Son tantos los recuerdos, Norma, que sería imposible escudriñar en todos ellos. Pero te puedo asegurar que dejaron una huella en la melancolía, en el amanecer de cada día, en cualquier madrugada, en mi tiempo que aún no se me ha perdido. En los recuerdos incrustados en los propios recuerdos.

Se me viene a la memoria el cielo azul de Punitaqui, el cielo del color de los ojos de mi hermano. Pienso que no alcanzaste a conocerlo, o eras demasiado pequeña cuando una noche ya no pudo respirar. Empezó a quedarse en el sueño dulce, aliviante de la primera morfina que le pusieron. Esa misma tarde lo había visto soñoliento en la cama del hospital de Ovalle. Con los párpados y el rostro hinchados. Me reconoció y llamó por el nombre, yo, tragándome las lágrimas con todo el sentimiento de un adolescente todavía imberbe. Es que no quería que se fuera, Norma pero él ya había preparado la mochila para el viaje. Con sus escasos diecisiete años sabía lo que tenía y no sentía miedo. Más bien estaba decidido y al mismo tiempo impaciente por enfrentar su destino. Estaba cansado, muy cansado. No pasaba un cuarto de hora y estiraba los brazos para abrazarse a mi vieja y decirle: “hasta cuándo mamita, ¡por Dios!”. También decía: “¡Agüita! ¡Agüita!. Y bebía ansiosamente, como si tuviese la idea de que debía caminar largo y había que beber. Fue demasiado triste, Norma. Y entre sus escritos, conservaba un poema que titulaba: “Tarde en el Hospital”, del poeta chileno Carlos Pezoa Véliz, fallecido prematuramente, tenía una letra llena de melancolía:


Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve.

Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve.

Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.

Mi hermano tenía ese poema escrito con su puño y letra en una pequeña libreta. Parecía que acumulaba cosas antes de la partida, cosas que para él tenían un valor especial. Esto incluía la carta de una chica, unas pocas letras en una hoja arrancada de un cuaderno de la adolescencia. Decía: “No espere más en la calle Santiago. Pienso que lo nuestro es un imposible porque siento que jamás podré entrar en su vida, en su familia. Perdone usted y hasta siempre, Marta”.

Eran apenas cuatro líneas que desgarraron para siempre los sentimientos de mi hermano, creo que murió con el alma desgarrada por ese amor incipiente que se me ocurre no llegaba a ninguna parte todavía, pero sí a su corazón. El lo tomó en serio, hasta poco antes de su muerte, reclamaba por la chica. Pedía que le fuese a ver y ella no accedió. ¿Temor? ¿Remordimiento por la misiva que le había enviado algún tiempo antes? Creo que lo primero, lo segundo en cambio no existía para ella porque siempre fue más fuerte. Por último, ella se quedaba y él se iba al infinito. Dicen que cuando pasó el cortejo fúnebre por la calle, asomó su rostro a la ventana y de sus labios salió una sola frase: “se fue el amor de mi vida”. Nunca supe si eso fue verdad, Norma, tampoco fue al cementerio. Pero me quedó un sabor extraño cuando el Beto me contaba esos detalles, él era el único que los conocía. Yo recuerdo a Martha como una morena pequeña, de un cuerpo fino y proporcionado, metido en un vestido de dos piezas color concho de vino. Un pelo ondulado más bien negro, y de una sonrisa hermosa. Voz suave y agradable. Su cuarto lo compartía con una prima rubia de ojos verdes, guapísima, un poquito gorda, de nombre Conys, que desvelaba el sueño del Beto. Ese cuarto tenía una pequeña ventana que daba al patio de otro dueño, por ahí veíamos a Marta y a Conys, asunto en el que yo sólo jugaba el papel de recadero con mis cortos doce años.

Pero mi hermano era quien sufría, más aún cuando comprendió que ya no mejoraría. Que no servía de nada el “MUSTARGEN” traído de Alemania, seis inyecciones a cuarenta dólares cada una, en ese entonces un precio de otro mundo. Los ganglios grandes que tenía se desinflamaron solo por unos días, luego volvieron a crecerle como recordándole que ahí estaban, listos para acabar con él. Me daba la sensación de que lo estaban devorando. Su vida se apagaba como un soplo.

Dicen que mi hermano era el inteligente de la familia. Lo evoco cuidadoso, demasiado ordenado y perfeccionista, de un carácter que estallaba como la dinamita, sorpresivamente, después le venía la calma de nuevo. Era leído para su adolescencia, lo mismo hablaba de la segunda guerra mundial o de la conquista española. Inclusive de los adelantos científicos. Preocupado por estudiar, le gustaba la medicina pero el destino le jugó una mala pasada, de lo contrario habría estado con el bisturí en la mano. Cuando el final estaba cerca y le agradaba algo, siempre decía: “dámelo, cuando me muera te lo devuelvo”. Cinco meses antes decidió dejar el hospital. Su argumento fue “quiero ir a morir en la casa”. Entonces comenzó su cuenta regresiva junto a las pequeñas cosas que quería: su agenda donde realizaba anotaciones, algunos libros, la navaja, el vaso con forma de barrilito, una pluma para escribir que siempre llenaba con tinta verde, un llavero y el reloj pulsera marca Lanco. No hablaba mucho de la muerte pero sabía la verdad, lo supo desde el momento en que enfrentó a los médicos, exigiéndosela, cuando apenas llegaba a los dieciséis. El último Dieciocho de Septiembre que pasó con vida, quiso ir a mirar como bailaban la cueca durante las fiestas patrias y se puso su terno azul marino, pidió que lustraran los zapatos negros y colocó en su cuello una chalina color canela no por el frío sino para cubrir los tenaces ganglios que solía palparse como lo haría un médico. Pienso que no perdía la esperanza de que se redujeran, que una mañana amaneciera lisa esa parte de su cuello y las axilas. Pero fue al contrario: no se achicaron nunca.

A veces mi hermano tenía los ojos irritados, estoy seguro de que si lloraba, lo hacía con más rabia que pena, con más rebeldía que resignación. En otras ocasiones el timbre de su voz denotaba profunda tristeza o, simplemente, como que quería divertirse de cualquier forma, reírse un poquito quizás de su propia enfermedad. Tal vez por ello ese último septiembre, con nuestro grupo, fue donde había ido tantas veces. Y pidió cerveza negra, a lo mejor pensando en la piel oscura de Martha. La mesa estaba llena de botellas y él bebió unos cuantos vasos, oyendo a los Tres Diamantes. “Embrujo” era la canción que más le gustaba. Me parece verlo parado en una piedra en la ventana de las chicas, cuando el silencioso y traicionero mal no mostraba síntomas todavía, en la casa de doña Mena, allá donde iban todos los varones el fin de semana. Ese día mi hermano no soportó más de un par de horas y me pidió que lo acompañase de regreso a casa. Quiso retornar por el estero, le ayudé a saltar algunas paredes de los huertos ajenos. El no quería que nadie lo viese así. Fui el único que lo acompañó. El resto se quedó en el cabaret.

Cuando le pusieron la primera morfina ya sufría intensos dolores, pero se aguantaba como varón. El protestaba por la demora, quería irse rápido, estaba cansado, muy cansando. Y no pudo con el “HODKIN”, un tipo de cáncer a los ganglios que según las estadísticas de ese entonces, correspondía a un caso en diez mil. Mi hermano cerró los ojos a la cuatro de la tarde y no se despertó jamás. A las once y media de la noche empezó a quedarse en el sueño y entregó su último pedacito de mundo. Y le pusieron su terno azul. Los zapatos no le entraron porque los pies estaban demasiado hinchados. Yo lo vi en el ataúd con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Una diminuta burbuja de saliva en los labios y el rostro apacible. Por fin le había llegado la ansiada tranquilidad. Ya no pediría “agüita”. Ni volvería a decir: “hasta cuándo mamita ¡por Dios!”.

Fue triste. Demasiado triste, Norma. Una vez más pienso en lo que decía un escritor, que el hombre está siempre solo frente a la muerte. Es que somos estúpidamente finitos. Aunque mi hermano sea eterno en las evocaciones, se fue. Desde aquella noche del viernes dieciséis de enero de 1958 no estuvo más. Y lloré como niño porque todavía tenía mucho de niño. Me quedó su armónica que conservé durante años, pero también quedó su cuarto vacío donde una noche escuché su voz, simplemente me llamó por el nombre, casi en un murmullo que salió del rincón muy cerca de la ventana. Su llamada se oyó nítida y se apagaba poco a poco para volver a cobrar fuerzas. Era cerca de la medianoche, sentí también que caían al suelo un montón de revistas que se hallaban sobre el velador. Encendí la luz pero no había nada anormal, todo estaba igual. Nuevamente la oscuridad y la voz ahí, flotando, llamándome. Prolongando las dos últimas sílabas de mi propio nombre, como si viniese de ultratumba. Era la misma voz que me parecía escuchar mucho después repitiendo mi nombre en los momentos menos pensados. Hasta cuando empecé a ser hombre, cuando ya no la necesitaba y no me daba miedo, cuando podía beberme una botella de pisco puro. Y en alguna noche de bohemia fui con mis amigos al cementerio a devolverle el llamado frente a su tumba, con el Ñelo que se moría de miedo y quería escaparse trepándose por la pared de nichos en hileras, por ahí mismo donde habíamos entrado, yo sujetándolo, hablándole para quitarle el pánico que se reflejaba en su rostro a las dos de la madrugada. Yo tenía esa extraña valentía que produce el alcohol. Desde ahí creo que ya no volví a oír la voz, pero el recuerdo de mi hermano continúa siendo imperecedero, Norma.

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