Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXVII - Incendio en la mina

Es el pueblo, Norma, con ese vientecillo que sopla suavemente cuando viene el cambio de las estaciones. El pueblo y el tiempo con aquellas cosas de la calle que hoy se sienten diferentes pero que en lo más secreto de su espíritu siguen existiendo. Como aquella noticia que se propagó a todos los rincones. Una mañana alguien dijo: “se incendió la mina”. Y literalmente era así. Fue algo tan extraño que creo jamás se aclaró. Más bien a nadie le interesó hacerlo y los que murieron, se llevaron con ellos el secreto a la tumba.

Dicen que Vidal con su primo Bernardo no llegaban a la casa varios días. Como de costumbre habían cogido las herramientas, una funda con comida y se fueron a la mina. Se despidieron de la familia: Vidal de su madre y en este caso tía para Bernardo, además de las dos hermanas de Vidal y primas de Bernardo. Los hombres caminaron en silencio envueltos en la penumbra. Vidal hablaba con sus pensamientos, pensaba en su padre, Pedro, que nunca llegó a ser nada. Más bien fue nadie, mientras que las profundidades de la mina lo fueron enflaqueciendo hasta que se secó. Falleció brotándole sangre de los pulmones y era sólo pellejo y huesos. Eso le impresionó a Vidal quien desde entonces se había prometido no dejarse acabar por el trabajo de las minas. No se daba cuenta que no había dejado de trabajar un día en los huecos obscuros. Como su primo Bernardo, Vidal tenía alma de minero y corazón de dinamita, por lo explosivo en los sentimientos, por el coraje que le salía desde adentro cuando veía a sus hermanas lavarle la ropa, planchar los ternos, meterse en la cocina para ayudarle a su madre. Y ese día Vidal recibió la vianda de fréjoles y el termo con té caliente que puso en una pequeña mochila. El y su primo ignoraban que ésa era la última ocasión que verían a las mujeres. Un poco más allá, justo al pie del eucalipto grande, en los potreros del trayecto hacia Los Mantos, estaba enterrado todo el mercurio que habían acumulado con su primo, tendrían para un año sin trabajar. Se aproximaba la Navidad y podrían comprar ropas y regalos para las mujeres de la casa. Al margen de la ley venderían el mercurio. Seis meses se habían pasado sacándolo de la mina, furtivamente.

Vidal conocía de esas cosas. A él no le daba miedo la mina estatal, abandonada, sin trabajos en los dos últimos años. El mineral estaba pero no era rentable, para el gobierno, explotarlo. Y eso sí que no entendía Vidal. El no lo entendía porque sacarlo y venderlo en el mercado negro, era buena plata. Por eso es que un día le dijo a Bernardo: “Me “cabrié” de trabajar el cobre o cernir la tierra seca en busca de pintitas de oro. Vamos a la mina de mercurio y empecemos a trabajarla por las noches”. Bernardo lo había mirado como pájaro raro. “Sacar mercurio de la mina del gobierno. Ir a Los Mantos y meterse al pozo. ¿Cómo? si había cuidadores que dormían en una casita muy cerca de la entrada”. Ni siquiera lo dijo, tan solo lo pensó. Y Vidal, como si lo hubiese escuchado, agregó: “por el túnel de aire. Por ahí entramos y nadie lo sabrá jamás”. Bernardo esta vez lo contempló asombrado y al mismo tiempo asustado. “Por el túnel de aire. Pero si tenía ciento cincuenta metros de profundidad cortados a pico”. Y tampoco lo dijo, y Vidal lo entendió con apenas mirarle la expresión del rostro. Y de inmediato le dijo: “maricón. ¿Que acaso no somos mineros? Yo mismo trabajé en la toma de aire y sé muy bien lo que en ese hueco se hizo. No seas cobarde. Por ahí vamos a bajar, ya vas a ver lo que ganaremos…”

Yo de chiquito, Norma, oí siempre que mi viejo decía que el mercurio era un mineral estratégico y por lo tanto su dueño solamente era el gobierno. El que andaba con mercurio, cometía delito y caía preso. Le pasó una vez a don Julio que cometió la torpeza de poner mercurio líquido en una botella de vidrio. Se le rompió y no pudo decir nada. ¡Preso! hasta que explicara la procedencia y donde estaban los cómplices. El hombre se pasó guardado varios días, con la amargura pintada en el rostro, renegando silenciosamente de su suerte, resentido con la vecina que lo había denunciado, con los amigos que no hacían nada por sacarlo. Dijeron que gastó plata don Julio, que el abogado fue el único que se benefició. Sonriente y medio en serio después del primer encuentro, le manifestó: “al sacerdote y al abogado siempre hay que decirle la verdad”. Y don Julio se la dijo. Y la fianza, la libertad pagando plata. Y el hombre otra vez en la calle. Esta vez sin comprar mercurio robado.

Dos toneladas mensuales llegó a producir el mineral de mercurio de Los Mantos, a cinco kilómetros de Punitaqui. Incluso estaba en las estadísticas mundiales, Norma. Y un día dijeron “no es rentable seguir sacando mercurio”. Y se cerró la mina y un buen grupo de hombres quedó cesante, entre ellos Vidal que conocía todo el rodaje de la actividad. Con todo el mercurio que existía “para qué cerrarla”, pensaba Vidal. Y empezó a madurar la idea. Al fin ¿qué importaba si tenía que vivir y mantener a la familia? El gobierno ¡al carajo! El mineral estaba abajo, a cientos de metros y lo único que debía hacer, era sacarlo. Ya vería como venderlo.

El túnel de aire no tenía secretos para Vidal. Lo habían hecho mucho después, luego de que la mina se hiciera más y más profunda. Era indispensable para respirar, para que el hombre que trabajaba en la oscuridad, sintiera que aún vivía, que podía seguir pensando en los suyos y que al atardecer saldría a llenar los pulmones de aire puro, a tomarse un té o una jarra de vino con los amigos. Entonces hablarían de las cosas vividas, de amores viejos y harían comparaciones, recuerdos que no se terminan en el tiempo, porque el tiempo de las evocaciones siempre será infinito y a veces también inevitablemente nostálgico, más aún cuando todo se ha ido. Cuando pequeñas cosas se quedan por ahí en los pensamientos del minero, lo que afronta en la penumbra, lo que puede escribirse cuando se garabatean unas pocas letras con un nombre en la roca viva.

Vidal sabía muy bien el sitio exacto donde se localizaba el túnel. La boca salía rasgando un claro del cerro para enfrentarse directamente con el cielo azul, con el aire, con la vida. Lo único que debía hacer era camuflarla bien con ramas de chilcales, el secreto sería sólo suyo y de su primo Bernardo. Ciento cincuenta metros era poco, podrían haber sido trescientos metros y eso no cambiaría la situación. No quiso hacer el reconocimiento acompañado, iría solo para estudiar bien el asunto. Tomó su pequeño morral con algo de comer y se fue al cerro a la medianoche. Necesitaba tiempo y no quería que nadie lo viese, llevaba un pequeño machete para despejar algunas ramas. Eran las dos de la madrugada y Vidal estaba en la toma de aire de la mina. Pisaba con cuidado el piso lodoso debido a la fina llovizna que caía. No perdió un minuto y encendió la lámpara de carburo, el haz de luz iluminó los durmientes de eucalipto que se incrustaban en la tierra de la entrada. El hueco lucía siniestro, interminable, cortado a pico, vertical, angosto porque así lo hicieron, a propósito. Vidal se agachó y alumbró la primera pisadera, un pequeño hueco en la pared donde entraba justo algo más de la mitad del pie. En la pared contraria había otro hueco de las mismas características en diagonal del primero y así, uno tras otro. Vidal empezó a bajar como lo había hecho tantas veces, como el “hombre araña”, con pies y manos y la lámpara encendida, colgada con un gancho del cinturón. Las pisaderas estaban en buenas condiciones aunque las paredes se hallaban un poco húmedas. En diez minutos llegó a tierra firme, un túnel largo que llevaba a otras ramificaciones y al sitio donde se encontraba el mercurio. Vidal hizo varios recorridos de reconocimiento en diversas direcciones y comprobó una vez más la riqueza de la veta. Había que trabajar y nada más.

Cuando Vidal estuvo afuera, el reloj marcaba las cuatro y treinta de la mañana. Regresó a su casa con la lámpara apagada, por atajos y lomas que acortaban el camino. Sudoroso más por la

ansiedad y un poco cansado. Se acostó a las seis, oscuro todavía. Al día siguiente le contó todo a Bernardo y le explicó como harían para meterse a la mina.

Ahí comenzó todo. Desde ese momento Vidal y su primo salían de la casa a las diez de la noche y regresaban en la madrugada. El mineral lo escondían casi a los pies del eucalipto viejo en las noches obscuras. Las mujeres preparaban lo que tenían que llevar y los hombres se hundían en las sombras. Vidal sabía a lo que se exponían: ir a la cárcel durante años si los sorprendían pero el riesgo valía correrlo, al menos por un tiempo. Hasta juntar dinero suficiente. La venta, lo preciso era la venta. Vender todo el mercurio sin ser explotados. Al margen de la ley.

Todo iba bien pero Vidal jamás se imaginó que otros mineros tendrían su misma idea. No pensó en la necesidad de otras familias, de gente que también quería comer, vivir, hombres que igual que él, llevaban la existencia de topos en las obscuridades a veces mortales de las minas. Y una noche que estaba con Bernardo escarbando en el vientre del cerro, vieron como llegaron dos más que se pusieron a laborar en silencio, sin decir nada. Sabían perfectamente lo que hacían y para eso no se requería hablar. Transcurrieron dos semanas y aparecieron tres más. Luego eran quince y después veinte. Hubo un momento en que fueron treinta hombres que se metían como alacranes por la toma de aire, en parejas y salían con lo suyo. Pero oficialmente la mina estaba cerrada, con guardias en su entrada. El gobierno no quería saber que adentro, donde no llegaba el ojo humano, había vida. Que la gente se movía por esos túneles como hormigas, de un lado a otro, mudos, sin el más mínimo reproche, en una silenciosa competencia. Todos se conocían, por lo tanto en esas profundidades con mayor razón se sentían iguales. Los nombres no importaban, además eran innecesarios. Afuera, se hablaban como si nada. Con un silencio cómplice se tapaban. Todos le estaban robando al Estado, todos usufructuaban del mercurio violando la ley. Adentro vivían y afuera callaban sin mirarse, como si no se conocieran.

Y esa noche de diciembre, fue la última para Vidal y Bernardo. Igual que siempre las mujeres prepararon el morral el jueves por la noche. Los hombres trabajaron como de costumbre casi hasta el amanecer y viajaron a la ciudad, hicieron el negocio y por la tarde, obscureciendo, retornaron al pueblo y se fueron directo a la mina. Esa noche fueron los primeros en entrar y se pusieron a trabajar con entusiasmo. Sin palabras. Y quizás eso fue lo último que se supo. Llegó el sábado y los hombres no aparecieron en su casa. La madre se angustió y fue cinco casas más allá, por la misma calle, donde vivía otro minero clandestino del mercurio, pero el hombre se negó a hablar o simplemente no sabía. Anduvo otros quinientos metros y le dijeron que el día antes Vidal y Bernardo habían entrado primero a la mina pero nadie los vio salir. Alguien se compadeció de la angustiada madre y le dio el nombre del comprador de mercurio lo que significaba escapar un secreto a voces. Y la madre viajó a treinta kilómetros de distancia, el comerciante con mirada de búho y nariz aguileña, de gruesos lentes ópticos, confirmó la inquietud. Vidal había estado ahí el día viernes con el primo, recibieron la plata y se fueron con la promesa de regresar dentro de algunas semanas. Ningún minero laboraba el sábado, la familia de Vidal debía esperar.

En el trayecto a la mina Vidal y Bernardo habían pasado por el eucalipto viejo, por ese tronco añoso, enorme que no habrían podido cruzar los brazos extendidos de cuatro hombres. Se detuvieron lo preciso, ocultaron una funda plástica y siguieron su camino. Vidal desconfiado trató de escudriñar en la noche, penetrándola con la mirada aguda. El ignoraba que el peligro no estaba afuera, que desde el momento en que no pasaron por su propia casa sino que tomaron el rumbo de la mina, quienes estudiaban sus movimientos también fueron allá pero mucho más rápido. Eso era lo que no sabía Vidal, tampoco Bernardo. Cuando llegaron a la toma de aire, bajaron casi automáticamente, de pisadera en pisadera, con la lámpara a la cintura. Vidal estaba más tranquilo y contento por la “negociación”. Empezó a trabajar con ahínco, Bernardo le secundaba sin decir palabra pero también denotaba regocijo. Ya había perdido el miedo, pasaría mucho tiempo antes que los descubrieran, además eran decenas de hombres que estaban en lo mismo. Y a ellos les iba mejor, la suerte no les abandonaba, tal vez porque se habían encomendado a la Virgencita de Manquehua. Bernardo respetaba a Vidal como si fuera un hermano mayor, con él había aprendido muchas cosas. Su hogar lo tenía en la casa de la tía que era como una madre para él, y las primas cumplían también el papel de hermanas. Bernardo aceptaba lo que fuese con tal de no defraudar a la familia. Bernardo y Vidal eran como una sola persona, en lo bueno y en lo malo. Si había que trabajar duro, ahí estaba Vidal y si tenía que producir más, Bernardo era incondicional. No preguntaba nada. Por eso eran los mejores de la mina, los que sacaban más mercurio. Salían juntos con los demás pero llegaban mucho antes, con el morral y las herramientas y se ponían a trabajar.

Los hombres llegaban antes y ese detalle les perjudicó. Los envidiosos estaban al tanto de sus pasos. Sólo tenían que esperar adentro y nada más. Por eso las víctimas no preguntaron nada ni desconfiaron cuando los tuvieron a las espaldas. El resto fue fácil. Vidal no alcanzó a decir una sola palabra y Bernardo lo único que vio fue la yugular de su primo, abierta, con la sangre a borbotones que chorreaba abundantemente, luego la afilada cuchilla manejada por una mano conocedora, volvió a entrar en acción y casi terminó de separar la cabeza del cuello de Vidal quien en segundos quedó inmóvil, con los ojos fijos en la pared rocosa que alumbraba la luz de la lámpara de carburo. Pero Bernardo ya no pudo ver más porque otra mano lo cogía de la camisa húmeda un poco más abajo de la nuca, al tiempo que sentía que un aguzado puñal se le hundía en las espaldas, agujereándole el pulmón derecho. Apenas alcanzó a toser dos, tres veces, hasta que sintió la boca llena de sangre y que le faltaba el aire. Cuatro, cinco, seis puñaladas certeras en la espalda y el mundo se le fue del entendimiento. Y no supo más nada, nunca más volvería a saber. Y esos mismos pares de manos fueron los que buscaron afanosamente en los morrales sin hallar nada. Había sido una muerte inútil. Vidal y Bernardo permanecían sentados, con la espalda apoyada en la roca y la cabeza gacha, el mentón contra el pecho como si estuviesen dormidos o borrachos. Luego vino el silencio en la mina y las sombras que estuvieron a la espera durante casi dos horas, desaparecieron del escenario de la muerte. Era la noche del viernes y las lámparas ardieron hasta que se agotó el carburo.

Por eso, Norma, el sábado, la madre de Vidal y tía de Bernardo, sufría. Pero nadie trabajaba el fin de semana. Nadie quiso ingresar para indagar la suerte de los dos mineros, salvo José, uno de los vecinos de Vidal que esperó la noche y se fue recto al chiflón de aire, al filo del cerro. No le importó que le viesen porque iba con la lámpara encendida durante todo el trayecto. El apreciaba a su compadre Vidal, padrino de su primer hijo. El no se olvidaba de los gestos del minero bravo que con su primo Bernardo habían empezado a trabajar clandestinamente la mina de mercurio. Ellos fueron quienes con su decisión impulsaron a los demás a dejar los temores a un lado y a ganarse la vida sin tomar en cuenta al gobierno, ni siquiera a la ley porque la necesidad de decenas de familias era mucho más importante que esa ley. Además, no habían matado ni robado a nadie. El mercurio estaba ahí, desde hacía siglos y eso lo sabía todo el mundo, el mercurio les pertenecía a todos.

Cuando José llegó al túnel de aire, alumbró la boca siniestra y empezó a bajar resueltamente. Pensaba en su compadre Vidal y al mismo tiempo tenía un presentimiento. Y José no se equivocó. Se había ido directo al ramal donde trabajaba Vidal con el primo. Alumbró a unos ocho metros de distancia y con eso le bastó: Vidal y Bernardo sentados, inmóviles y dos latas vacías de lo que seguramente comieron en un corto descanso del duro trabajo. José no quiso acercarse, su presentimiento fue acertado, los hombres estaban muertos. Retrocedió y volvió otra vez al exterior. Tragó saliva y casi de inmediato, sintió nauseas. Vomitó. Arrojó todo el contenido de su estómago.

Y se regó la voz, Norma. A las diez de la noche todo el mundo sabía que había dos cadáveres en la mina. Las mujeres lloraban en la casa de Vidal. La madre se arrodillaba frente a un crucifijo y prendió una esperma para rogar por la vida de su hijo y del sobrino. Pero ya no había nada que hacer. El domingo la policía no quiso actuar porque simplemente no tenía las posibilidades físicas para hacerlo. Ninguno de los uniformados, podía ingresar por la toma de aire y para hacerlo por la entrada principal, necesitaban autorización oficial. “No podemos hacer nada”, le dijeron a la afligida madre.

El día lunes aún no llegaba la autorización y los bomberos junto con mineros voluntarios, estaban listos para entrar a la mina. Ninguno de los clandestinos trabajadores del mercurio, daba la cara. Presentarse para formar parte del grupo de rescate, significaba delatarse. Agachaban la cabeza y nadie quería hablar, ni siquiera José, que lo único que había hecho fue difundir el chisme. A las ocho y treinta de la noche, cuando todavía no terminaba de ponerse el sol, llegó el permiso oficial: Podían ingresar. La decisión fue esperar el día siguiente, para ingresar a las cinco de la mañana, con buena luz y sol veraniego. Pero para entonces, la sorpresa sería muy distinta.

Un minero cansado del turno de la noche en la mina de cobre, trajo la nueva a Punitaqui, Norma. Y tú también lo comentaste como lo hizo tanta gente: “Se incendió la mina”. Y así fue. El día martes salía una espesa humareda del túnel de aire que complicaba hasta la entrada central.

La explicación fue sencilla. Lo manifestaron algunos del grupo de rescate. Los culpables tuvieron por lo menos dos días completos para idear un plan de acción. Al parecer cortaron grandes cantidades de chamiza, chilcales y mollacales secos para arrojarlas a la mina por el túnel de aire y luego distribuirlas en el interior por los distintos ramales. Se cree que hacia las tres de la madrugada, encendieron los arbustos. El fuego se propagó en distintas direcciones y el humo espeso se tornaba insoportable. José se dijo para sus adentros que él haría cualquier cosa por sacar a su compadre. Fue uno de los tantos varones que se metió por la toma de aire pero igual que los demás, salió con principios de asfixia. En el segundo intento estuvo cerca del compadre Vidal pero no llegó donde él. Sólo pudo verlo como lo había visto anteriormente, en la misma posición que su primo Bernardo, sentados. Eso fue confirmado por otros socorristas. “Están muertos. Yo vi unas latas vacías porque los finados ya habían comido cuando los mataron. Hay que sacarlos para enterrarlos como Dios manda”, comentaban los hombres.

Lo cierto es que nadie pudo llegar al sitio donde estaban las víctimas, Norma. Nadie. Y los mineros se lamentaban, parecían llenos de impotencia. Esos hombres valientes hacían uno y otro intento pero el humo impedía sus propósitos. “Es chamiza seca mezclada con chamiza verde, por eso la tremenda humareda. Eso puede arder días y días”, se escuchaba decir. Tú misma me contaste, Norma, que en el primer día de rescate hubo más de veinte personas que perdieron el conocimiento. Todos pensaron en el segundo día que el humo disminuiría, pero volvieron a equivocarse. Parece que durante la noche habían vuelto a echar por el túnel de aire, más chamiza, las mismas manos interesadas. Eso tornó irrespirable el ambiente interno y también en los alrededores de la mina. Y otra vez los más osados se metían por el hueco vertical, esta vez amarrados de la cintura por un cabo de más de ciento cincuenta metros. Cuando el socorrista se sentía mal, daba dos tirones de la cuerda y lo subían de inmediato, algunos llegaban desmayados a la superficie. Y al instante entraba otro hombre. Nadie quería dejar los muertos abajo. José y otros más, se empeñaron en sacar a Vidal y Bernardo. Algunos recordaban otros episodios de su vida de minero y comentaban que habían sacado los cuerpos de los compañeros sepultados por los derrumbes, que en una ocasión trabajaron seis días y sacaron los cadáveres completamente descompuestos. José pensaba: “Yo los vi, estuve tan cerca de ellos y no me atreví a acercarme. Ahora que quiero sacarlos, no puedo”.

Era el humo, Norma. El calor sofocante que no dejaba a la gente. El humo tan jodido que no permitía respirar, que ahogaba en pocos minutos. Entonces el más macho, no podía hacer nada. Los hombres salían desfallecidos, con los brazos fláccidos y el cuerpo como el de una marioneta, tosiendo, con los ojos enrojecidos y la piel del rostro irritada. Les aplicaban oxígeno y los llevaban lejos de la entrada de aire. Las mujeres, con paños humedecidos para aplicarlos en la cara de los mineros, para quitarles el calor de las manos y los brazos. Les quitaban las botas de caucho que se sentían calientes como si estuviesen a la orilla del fuego y en algunos casos, daban respiración boca a boca. “Tenemos que sacarlos”, repetían los mineros y se miraban a los rostros. Se estudiaban los unos a los otros, cuidadosamente. Posiblemente entre ellos estaban los asesinos, pero ¿quién podría haber sido? Cualquiera y la verdad es que eso no se sabría nunca.

Y nunca se supo. A los tres días el grupo de rescate no había logrado su objetivo. Los muertos seguían adentro y era imposible sacarlos en esas condiciones. Lo curioso es que nadie consiguió máscaras ni otros equipos para llegar hasta donde se hallaban los infortunados mineros. Todo se hizo muy rudimentariamente. La madre y las hermanas de Vidal nunca abandonaron la entrada y la vez que ingresaban nuevos voluntarios, “hombres frescos” y descansados, tenían la esperanza de que éstos saldrían con los suyos, pero no fue así. Al cuarto día no pasaba el humo ni el incendio de la mina y llegó la orden desde arriba: las operaciones se suspendían definitivamente y el gobierno pinochetista dispuso sellar con cemento el túnel de aire y pusieron una puerta grande de hierro en la entrada principal con cadenas y candados y redoblaron la vigilancia. No habría retaliaciones ni investigaciones posteriores, los mineros podrían estar tranquilos. No más escándalos por la explotación clandestina del mercurio y la venta ilegal. Que se quedaron dos mineros adentro, ¡qué importaba! lo importante era el prestigio de la compañía y el principio de autoridad.

Y con el humo aún saliendo, cerraron la mina, Norma. La madre y las hermanas de Vidal todavía estuvieron tres días más esperando por los cuerpos que nunca sacaron. Ningún minero vio jamás el rostro de los muertos. Nadie llegó al sitio donde se hallaban, pero Vidal y Bernardo desaparecieron para siempre. Se los tragó la mina y la casa de esas mujeres se quedó sin hombres y ellas vistieron de negro, mas como no podían visitar a sus deudos en el cementerio, todos los domingos iban al chiflón de aire sellado con cemento a dejar claveles blancos y rojos. Después, cuando pasó el tiempo y esa madre, rezando rosarios día a día por el alma de sus varones, se murió de tristeza, las hermanas para demostrar que no se habían olvidado, empezaron a dejar pétalos de flores en el viento, rezando con el mismo rosario, poniéndose la gastada ropa negra. Preparaban la comida y ponían la mesa como si fuese a llegar Vidal y Bernardo y la ropa de los hombres siempre estaba limpia y planchada. A Fresia y Maidana, también comenzó a llegarles el tiempo. El pelo de las mujeres parecía tinturado al estilo moderno pero eran las canas que empezaron a ganarle al color negro hasta que éste desapareció por completo, pero ahí estaban las flores, los vestidos de luto, la comida lista y la pena infinita de las dos mujeres. Se enclaustraron en la casa, los claveles los sacaban de la misma huerta y su tristeza también continuó siendo la misma. Hasta que se les acabó el tiempo. Hasta que la gente comenzó a olvidarse del incendio de la mina. Y el mercurio nunca más volvió a explotarse en Punitaqui.

Es el pueblo, Norma. El pueblo y el tiempo…

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Buenas tardes o buenos dias para quienes leen esta parte del la web que asi como es gratuita y es regional, estoy tambien como ustedes en esta pequeña ciudad Ovalle que es el corazon de la agricultura en la zona norte de chile.. Pues quiero decir que es una verguenza, a dias de haber ocurrido este siniestro natural del terremoto, Chile con ya tantas experiencias no tenga los recuros para estos caso, si existen recursos para otras cosas.. yo pregunto? adonde estan los impuestos de la bencina, por ejemplo?? sabemos que hay gente que se aprovecha de esta situacion en el sur, saqueos y desmanes, pero hay miles de personas entre ellos niños que carecen de agua, se que en Chillan esta llegando el agua pero en muy poca cantidad, estan llegando los frios, que podemos hacer?? yo pensaba si casa habitante de chile, cada familia ayudara con lo minimo, ejemplo un kilo de arroz, que cuesta $ 600 asi ayudariamos todos de una o de otra forma... yo trabajo en una compañia de bebidas alcoholicas, esta se debe a los chilenos que consumen esa bebida, ahora es hora de que esta empresa le devuelva la mano a eso chilenos que necesitan de ayuda, estas megas empresas podrian ayudar,, que esperamos?? pues uno se siente con verguenza ajena a no poder hacer nada.. organicemos una colecta en ovalle para ayudar ( pero ojo, no robemos... aprovechandonos de esta situacion) pongamonos la mano em el corazon para poder salir todos adelante, asi es chile es un pais solidario , pues demostremos esa solidaridad?? si al cabo cotidiano, todos vamos al supermercado, todos donamos un peso, que se nos pregunta,, por que insisto esos mega empresas de alimentos, lucrativamente no devuelven esa donacion a la poblacion?? el que quiera unirse a esta causa que escriba en este medio.. gracias
Juan Carlos L.

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