Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXVIII - Arriería, minerales y leyendas

Pero un día, mi viejo no amaneció Norma. Ni mi madre. Creo que los tiempos de los viejos, eran otros tiempos. Cuando la calle era un solo sendero para caballares y acémilas que andaban con el polvo del camino pegado en las patas, cuando los animales iban de un lado a otro, cargados con bultos de mercadería y la voz del arriero les animaba a continuar adelante. Esos hombres bravos que deambulaban de pueblo en pueblo, masticando los kilómetros en condiciones mucho más difíciles, con el sacrificio esculpido en la piel. Era la época de la arriería, de los lavadores de oro. Me lo contaba mi viejo, cuando lo hacía, se arrellanaba en su silla de descanso en una tarde cualquiera, en el mes de diciembre. Cuando el verano era demasiado joven todavía.

En Punitaqui, hace muchísimos años, existían varios lavaderos del metal amarillo que siempre despertó la ambición de la gente. El agua la sacaban de un canal si el año era lluvioso, de lo contrario tenían que extraer el líquido de los pozos donde había un torno con un largo cordel que permitía que el balde se fuese al fondo de la noria y salía nuevamente, llenito de agua. Nosotros nos criamos con agua de pozo, Norma, sacada de las vertientes subterráneas, nunca nuestras madres la cocinaron para dárnosla de beber y jamás nos enfermamos por tomar agua cruda. Si era la más limpia, la más cristalina, la más fresca en esos veranos calurosos, cuando le poníamos a un vaso un poco de azúcar para luego estrujarle un limón o simplemente le echábamos dos cucharadas de harina tostada de trigo molido en piedra, para prepararnos un poco de ulpo.

Y mi viejo decía que los antiguos lavadores de oro, cuando los años eran secos, a veces acarreaban el agua en tarros grandes con la fuerza de los brazos. Incluso la traían de algún pozo del estero que había resistido los embates del verano. En ese entonces el gramo de oro costaba dos pesos con cuarenta centavos, en tiempos en que nadie se ponía a pensar en el valor del dólar ni a determinar relaciones matemáticas con respecto a la divisa. Punitaqui simplemente vivía del apogeo del dorado metal. “Eso no más puedo pagarle, ni el gobierno le daría tanto”, manifestada don Zoilo Martínez, un comerciante que se dedicaba a comprar y vender oro. Mi viejo decía que don Zoilo era un pícaro en las transacciones comerciales, difícilmente perdía y siempre sacaba beneficio de la necesidad ajena. Don Zoilo, el viejo que se mojaba el rabo con el primer aguacero. El mismo que mantuvo el negocio de compra-venta durante años, que usaba una diminuta balanza que quien sabe si la tenía arreglada o no. Pero un día ya no fue rentable la actividad, los lavaderos dejaron de ser generosos, ya no salieron más pepitas de oro y los mismos mineros empedernidos fueron abandonando los sitios donde trabajaban para emigrar a otros lugares, para irse a los minerales grandes de cobre, a las salitreras del norte. Y al igual que esa gente, don Zoilo un día dejó el pueblo junto con la familia, cuando el oro prácticamente se agotó.

Punitaqui fue un pueblo aurífero que vivió su propio auge. Pasaron esos tiempos en que se veía una larga hilera de hombres valientes, separados por una distancia de unos cinco metros, lavando el metal amarillo en una rudimentaria máquina de madera que hasta hace pocos años todavía la utilizaba uno que otro minero rezagado en la época. En ciertas ocasiones, Norma, llegaban a obtener de quince a veinte gramos diarios lo que despertaba el interés de esa gente. Más de alguien lograba reunir un kilo de oro y con eso se sentía rico, pero igual el codiciado metal se acababa pronto cuando se lo reducía a dinero. Este se iba rápido entre las manos.

Mi viejo me contaba que los punitaquinos lavaron la tierra durante décadas, nadie se ponía a pensar que un día se acabaría el oro. Lo único que hacía el minero era sacar las pepitas y guardarlas en un pañuelo anudado para ponerlas en una botella. Después, volvieron a lavar la misma tierra y nuevamente hallaban las pepitas. Y de repente descubrieron que había yacimientos de cobre y todos se dedicaron a explotarlo. Era más fácil todavía para esos hombres que emanaban olor a metales. El cobre no necesitaba ser lavado, ya no existía el problema del agua pero se requería de una fundición para derretirlo.

Y en esa calle larga del pueblo, apareció la primera fundición en la que comenzaron a trabajar alrededor de veinte obreros. Los hombres del oro pasaron a ser cupríferos porque los punitaquinos tenían vocación de minero desde que vieron la primera luz. Por eso han sido duros, llenos de coraje, de decisión. Por eso han abierto agujeros en los cerros buscando la veta que les diera fortuna, pero así como han ganado también han gastado, Norma. Cuando me pongo a pensar, creo que ninguno se hizo rico y toda la vida soñaron con el oro o con mejorar su suerte de la noche a la mañana. A veces cuando encontraban un buen pozo en las profundidades de la tierra, de repente la mina se llenaba de agua y tenían que poner bombas, instalar motores a diesel que ni funcionando las veinticuatro horas del día, lograban ganarle al chorro de las vertientes subterráneas. “La mina se llenó de agua”, era la triste explicación y ahí no más llegaba la aventura. El socavón lo abandonaban hasta que apareciera otro soñador.

La aparición de un nuevo mineral siempre ha significado una nueva esperanza. Por eso cuando lo hallaron pensaron que el pueblo enrumbaría por el progreso definitivo. El metal lo procesaban rudimentariamente en la primera fundición, luego lo transportaban a centros poblados más grandes. Los hornos, hechos por los mismos punitaquinos, eran de ladrillos. El combustible abundaba, era fácil extraerlo porque todo el valle estaba rodeado de montañas tupidas, el arriero tenía que andar con el machete para despejar los matorrales, mientras tanto las piaras de mulares y burros cargados, se acomodaban a la ruta que les acondicionaba el amo. Pero un día la leña también se concluyó y la fundición dejó de funcionar.

Yo no me olvido, Norma, de esas conversaciones largas con mi viejo, que se prolongaban horas y horas, que se tornaban sabias, dulces al oído, a mi comprensión de adolescente y después de varón. El me contaba que la fundición de cobre se hallaba en una casa de dos pisos, de adobes. Decía también que los mineros aseguraban que en ese lugar se aparecía la viuda, una mujer joven vestida de negro que salía por las noches obscuras para acompañar al transeúnte solitario. Y eso fue lo que le sucedió a un antiguo minero que hace muchos años descansa en el cementerio, cuando en plena oscuridad retornaba a su casa con unas cuantas copas de vino en la cabeza. Al pasar por unos mollacales y chilcales, de los tupidos arbustos, salió la mujer para caminar junto a él sin decir palabra. El hombre percibía el perfume y el ruido que causaba el vestido de seda. Quiso hablarle, pero la dama continuaba andando sin mirar hacia los lados en el más absoluto silencio. El minero quiso encender un cigarrillo pero ella le apagó el fósforo. El hombre volvió a intentarlo y nuevamente le apagaron la llama. Así fue en tres ocasiones. El minero siguió caminando angustiado, lleno de susto, sintió que se le iba la borrachera. Se apuraba y la acompañante hacía lo mismo y si aminoraba el paso, ella también caminaba más lento. Así fue hasta que llegaron a un claro donde no había arbustos y la luminosidad era mejor, casi junto a unas casitas. Recién el hombre se atrevió a mirarla pero ya no había nadie a su lado. El minero llegó a su casa con el cigarrillo apagado en los labios, sin habla, muy pálido, se pasó en cama durante tres días, afiebrado. Nunca supo quien era ella, quien había sido la misteriosa mujer de negro que se le apareció en el camino. Todos dijeron que se trataba de la viuda. Cuando se terminó la fundición, en esa vieja casa se instaló un almacén de abarrotes, el primero que atendía al público punitaquino, pero no duró mucho, las ventas eran malas y tuvo que cerrar sus puertas. En ese entonces la calle del pueblo no tenía más de veinte casas de adobes, con techo de zinc o totora. Los moradores del lugar habían nacido en la zona, algunos llegaron a edad avanzada. Mi viejo mencionaba a dos comerciantes: Mauricio Juárez y Victoriano Cisterna, quienes al parecer en sus años de juventud también habían sido arrieros. Uno de ellos no sabía leer ni escribir, sin embargo llegó a ser alcalde. Dicen que lo eligieron porque fue la única persona que aceptó el cargo sin ganar un centavo, desinteresadamente, demostrando ser honrado a toda prueba, su único afán luchar para conseguir más cosas para el pueblo.

Y mi viejo también me contaba, Norma, que Punitaqui cuando empezó a poblarse, era un punto lleno de recovecos. Los arrieros, hombres con los caminos pintados en el rostro, sentían recelo de pasar entre verdaderas marañas de arbustos porque entre los matorrales se agazapaban los bandoleros. Punitaqui era un paso obligado entre el trayecto de Combarbalá o Illapel para viajar a Ovalle y La Serena. Esos mollacales y chilcales, interminables, se fueron poblando al capricho del minero que empezó a construir precarias viviendas. Esto fue hace unos doscientos años, y escudriñar en la historia del pueblo que hace más de medio siglo vivió un inusitado apogeo minero, cuando un camión cargado con minerales salía del lugar cada cinco minutos, resulta difícil, Norma. Los ancianos se llevaron con ellos los últimos detalles, cosas que hoy no tienen cabida en la memoria de aquellos que han vivido menos, o simplemente se quedaron olvidadas en las páginas de antiguos libros que nadie tiene, en registros que ya no existen. Y también son muchos los personajes que jamás volveré a ver.

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