Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXIX - El Guatón Segundo

El Guatón Segundo pesaba ciento sesenta kilos. ¿Te acuerdas Norma, la enorme barriga que cargaba? Yo nunca lo conocí flaco y se pasó la vida metiéndole un afilado cuchillo en el pescuezo de los cerdos. Más de alguna vez lo vi y ahora que se me ocurre retroceder hacia el pasado, pienso que ese cuchillo servía hasta que se gastaba. Con habilidad, agachándose ligeramente en sus dos piernas cortas que no sé como sostenían el peso de su cuerpo, afilaba el cuchillo en el borde de la vereda o en alguna de las piedras que se hallaban en el patio de la casa. Se inclinaba ligeramente hacia adelante para sacarle filo a un cuchillo largo, aguzado, todavía no me explico como el hombre no se iba de bruces al suelo.

El Guatón Segundo era chanchero y tenía una mano increíble para preparar el arrollado que no era otra cosa que la carne pura del puerco adobada y como envoltura el cuero del animal, amarrada con unas hebras de pita o piola delgada. Luego se la cocía a fuego lento, durante horas. El arrollado, los perniles o costillares de chancho de manos del Guatón Segundo, tenían fama en toda la región. ¿Quién no comió un trozo alguna vez con una botella de vino tinto?

El Guatón Segundo pasaba caminando por la calle adentro de sus pantalones anchos a rayas negras y grises, zapatos negros, camisa blanca enorme, a veces rayada, un sombrero plomo, lo recuerdo más de color plomo que negro, le cubría la cabeza canosa. Casi no lo recuerdo con chaqueta puesta aunque sí con un descomunal saco de lana con botones. Se balanceaba al andar, parecía que sacudía todo el cuerpo, como si fuera una gran fuente de gelatina semilíquida. De voz baja como si hubiese sido gran fumador pero tampoco lo veo fumando. También vivía en el Barrio de Arriba pero generalmente iba al Barrio de Abajo en busca de animales. Si pasaba balanceándose por la vereda, seguro que después de unas horas regresaría arreando tres o cuatro cerdos gordos, que dieran harta manteca. La compra siempre era buena porque en su oficio nadie le ganaba. Evoco a ese gordo bonachón en más de algún atardecer en que con un grupo de niños, fuimos a la chanchería para el “sopeo”. Cada uno de nosotros llevaba un pan o dos para empaparlos, pedazo a pedazo, en una paila grande donde se cocinaba la carne de puerco en abundante líquido. El pan remojado en ese caldo concentrado y sustancioso, satisfacía nuestro apetito luego de un partido de fútbol.

El Guatón Segundo creo que fue chanchero desde niño o desde joven. Un almuerzo en la chanchería La Chilenita resultaba demasiado sabroso, y resistir a esa tentación era imposible. El Guatón Segundo podía satisfacer el gusto del más exigente si de menú de puerco se trataba y también estaba en cada dieciocho de septiembre. Para las fiestas patrias, con tiempo hacía unos cuantos viajes a los bosques de eucaliptos localizados en las riveras del estero, para acarrear un montón de ramas verdes, fragantes, las llevaba arrastrando y levantaba una nube de polvo a su paso. En la tarea le ayudaba su hijo Juaniquillo, de pelo ensortijado, piel blanca, ojos verdes, y chato, quizás por eso le conocían por el sobrenombre, le decían el Chata Juana y nunca supe por qué al apodo de un varón le aplicaban el género femenino. El Guatón Segundo paraba la ramada más famosa, la más concurrida, durante los tres días de baile y chupe hasta que salía el sol, así continuaba día y noche. Ahí ganaba los concursos de baile mi gran amigo Carlos Pizarro a quien cariñosamente llamaba el viejo de la nueva generación quien también se fue a otra dimensión. Bailaba la cueca de punta y taco hasta levantar el polvo. Es que llegado el momento de divertirse, todo el mundo exclamaba entusiasmado: “vamos a la ramada del Guatón Segundo”. Ahí nos pegábamos las botellas de pisco con el Sótero que ya está en el cementerio, uno de los hermanos Campos, los amigos de toda la vida.

La ramada era un sitio completamente plano, limpio de hierbas, piedras y cualquier desigualdad en el terreno. Podía tener doscientos metros cuadrados, en esa superficie siempre en línea recta y a cierta distancia el uno del otro, se abrían agujeros profundos con barreta y pala para luego plantar palos cilíndricos hasta formar un cuadrante, que se techaba con las ramas de eucaliptos a unos dos metros y medio del piso de tierra. Ahí los huasos bailaban la cueca, ahí pedían las botellas de cerveza por metro cuadrado o llenaban las mesas con jarras de pisco y gaseosas. Ahí se peleaban a puñetazos y se sangraban las narices en alguna madrugada con la euforia del vino, lo mismo podía ser diecisiete, dieciocho o diecinueve de septiembre y el día veinte, La Pampilla. Ese paseo campestre en el que participaba todo el pueblo. Con más cuecas, vino tinto, asados de chivo y empanadas. Con las carreras de caballo a la criolla y las apuestas. Los jinetes demostraban toda su pericia, corriendo a galope tendido una planada de punta a punta. Pienso que mi amigo Manolo Cortés era el mejor montado sobre un caballo. Manolo, el declamador con cualidades de poeta. Todavía recuerdo algunos versos de un poema que inventó para mí, aludiendo a mis condiciones de farrero empedernido y temible bebedor de antaño:

“En mis noches de alegría y abolengo
me siento con la experiencia de un zorro viejo y rengo
y en los bailes punitaquinos bebiendo pisco, vino y cinzano
copas mano a mano
no hay quien me pare gallo”.

En La Pampilla también estaba el Guatón Segundo con la venta de cervezas y refrescos. En una de mis visitas a Punitaqui, me dijeron que el Guatón Segundo había viajado al mundo del silencio, Norma. Ahí fue cuando supe que no volvería a degustar el arrollado y su voluminosa e inconfundible figura, nunca más la podría ver en la calle larga.

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recuerdo a dn Segundo Araya y su competidor del barrio abajo su hermano Carlos,le siguieron sus hijos,el famoso negro Elias y su sobrino el Pobre Flaco(Gustavo)y ahora su nieto el Momo,en eso ganaron los abajinos quedaron con chancheria,el negro ya no esta en el pueblo se radico en Iquique,el negro aprendio muy bien la tecnica del buen chancho,no tuvo la misma suerte su hermano mayor quien nos dejo muy joven,El Cachito como lo llamabamos fue nuestro compañero de curso,hace unos años atras alguien lanzo la idea de juntarnos en Puni en el verano,fue el primer septimo año del 66,nos juntamos como 27 y 4 profes, en recuerdo del Guaton segundo ubicamos al Negro Elias y nos Preparó un Chancho Completo,partimos como a las 20 horas con las prietas siguieron los costillares,vinieron las chuletas,los arrollados,tambien hubo sopeo,enseguida los perniles, tomanos desayuno con Pate y queso de cabeza tipin seis de la mañana el pobre negro trabajo toda la noche,comimos y charlamos toda la noche, total estabamos en casa de un paco se porto muy bien ,(nuestros agradecimientos),esperamos repetir la experiencia claro q no contaremos con las historias de nuestro querido profe Pelao Ñuñez que tambien nos dejó,encontraremos algun pupilo del Negro Elias en el Pueblo,si es que no lo podemos traer.Linda experiencia Ivan.

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