Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXX - Corresponsal criollo

Carlos Aravena se llamaba el hombre pero tampoco escapaba de tener un apodo, Norma, no me olvido que le decían Canutillo. Don Carlos era un hombre de mediana estatura, más bien tirado a bajo, flaco, de piel tostada por los soles punitaquinos. Es que en nuestro pueblo la temperatura nunca ha sido húmeda sino seca. Respirar el aire pueblerino en otras épocas era sano, cuando pequeño nunca oí mencionar la palabra contaminación. Nadie hablaba de agua contaminada, yo solo escuché alguna vez que en el mineral de Los Mantos, había contaminación en un depósito enorme de tierra donde iban a parar los desechos de los metales, le llamaban “la borra”. Me imagino que esa gigantesca mezcla terrosa, oscura, de un color medio rojizo, donde se acumulaba un material semilíquido, casi espeso, contenía el veneno que salía de los metales. “Métete a la borra y nunca podrás salir”, dijo un amigo en una ocasión, sus palabras me impresionaron, pensé en esas películas de Tarzán que veíamos de niños, alguna escena en plena selva donde el malo de la trama estaba en aprietos. La verdad es que “la borra” era una especie de arenas movedizas, finas y densas. Los Mantos –pueblecito minero que se encontraba a cinco kilómetros de Punitaqui- me daba la sensación de que encerraba un hálito de misterio, además, tenía un bullicio que no paraba nunca, era el ruido de los motores, de las chancadoras o procesadoras de metal que jamás llegué a entender. De vez en cuando, especialmente en año nuevo, en ese poblado donde iban casi todos los mineros que pasaban caminando por la calle larga, organizaban un baile con orquesta. En la adolescencia y un poco más también, íbamos a rematar en la fiesta de fin de año para disfrutar de esa orquesta que más bien era algún conjunto de músicos venidos de otros lugares. En Los Mantos circulaba dinero, había más plata para gastar cuando de festejos se trataba. Además, posiblemente la compañía minera colaboraba con algo.

Don Carlos Aravena circulaba en una bicicleta bastante grande, de color crema, pálido y no encendido, no llegaba a ser amarillo. Se me ocurre que esa bicicleta era marca Centenario, posiblemente de fabricación chilena, que en otros años tuvo cierta fama en el país, obviamente tenía un precio más bajo que las importadas. La verdad es que ignoro de donde salió este hombre menudo, de cabellos cortos peinados hacia atrás, un tanto canoso. Formal para vestir, demasiado formal, siempre andaba con terno, generalmente oscuro, camisa blanca con corbata, poquísimas veces llegué a verlo con una chaqueta deportiva de gabardina de color gris que cerraba con un cierre metálico (en ese entonces no se conocía el material plástico) de modelo sobrio porque así era el hombre inclusive en su comportamiento, correcto, caballeroso. No lo recuerdo con sombrero ni gorro, tampoco con un cigarrillo en la mano. Hablaba ligero, casi atropelladamente, no modulaba bien las palabras, defecto que tienen muchos chilenos. También tenía una manera especial de expresarse sin llegar a lo grotesco, lo hacía con sus amistades o con los más allegados, siempre fue amigo de los Campitos, conversaba largamente con el Beno, Pepe, el Conde, el Sótero o el Glen. El viejo, que en ese entonces no era muy viejo, hacía sus chistes. Cuando se refería a los adolescentes o jóvenes, decía que eran cambucheros, “solo sirven para elevar la cambucha”, manifestaba, en una clara alusión a los masturbadores. Todos reíamos. Tengo la vaga idea que don Carlos una temporada fue subdelegado, un cargo que asocio con el municipio de la comuna, en este caso recibía una remuneración del gobierno.

¿En qué trabajaba don Carlos?, nunca pude tenerlo claro, Norma. Pero cualquiera lo veía circular por la calle Caupolicán todos los días, en la bastilla de los pantalones se ponía una pinza metálica, de algún material acerado o de aluminio, brillante, que servía para evitar que el pantalón se enredara en la cadena de la bicicleta. Pedaleaba despacio, como si no tuviese prisa alguna, ahora que ha pasado tanto tiempo se me ocurre que era un hombre metódico, pero no llegaba a la tacañería, se trataba bien, de acuerdo a sus posibilidades, de vez en cuando viajaba a Ovalle para realizar alguna compra o gestión. Ahí se lo veía temprano, muy bien presentado, esperaba pacientemente en la puerta de su casa que pasara algunos de los camiones mixtos, carga y pasajeros, para treparse. El hombre pagaba su pasaje y le gustaba irse sentado para disfrutar del paisaje, en cualquiera de esos vehículos se tragaba polvo, Norma, en cualquiera.

Un tiempo don Carlos vivió en una casita muy modesta que se hallaba en la vereda contraria, diagonal a la casa del antiguo Almacén Económico de doña Pabla López, en dirección sur de la calle Caupolicán, se me ocurre que doña Pabla era una veterana solterona que vivía sola, su casa quedaba junto a la carnicería de la familia Huerta. En otra temporada el hombre abrió un negocio en un local que arrendaba en un cuarto que daba a la calle y que pertenecía a la casa de don Julio Gallardo, quedaba casi al frente de la vivienda de don Hugo Véliz. Ahí funcionaba la oficina de don Carlos, generalmente la abría por las tardes, si había un acontecimiento, sacaba un par de parlantes a la calle y tocaba música a alto volumen, inclusive algunas marchas. En ese local siempre hacían propaganda cuando se iba a realizar un circuito ciclístico en la calle larga, generalmente con ciclistas punitaquinos y de los alrededores del pueblo, el Beno Campos solía animar en la víspera para convocar a los posibles participantes micrófono en mano. Un buen tiempo existió en el pueblo el “Club Sporting 77”, congregaba a todos los que amaban las bicicletas.

En las épocas navideñas don Carlos traía una partida de juguetes de la ciudad de Ovalle para vendérselos en ese mismo negocio a los padres de familia, no eran caros ni sofisticados, pero más que suficientes para darle alegría a los niños, muchos pequeños punitaquinos que hoy deben ser abuelos, habrán disfrutado en la Pascua cuando el papá llegó a la casa con una pelota, una muñeca o un camioncito comprado donde don Carlos Aravena. También existía la alternativa de adquirir algún juego con tableros multicolores de llamativos dibujos que nunca podrían haber sido más grandes que la imaginación de un niño, había que jugar con dados. Por primera vez tuve en mis manos en el negocio de este hombre La metrópoli, conocido también como El Monopolio, entretenidísimo, creo que hasta la fecha existe. Otros juegos con dados eran El Ludo, El ranchito, El sube y baja, y Volemos alrededor del mundo. Cada uno costaba mil doscientos pesos. Recuerdo muy bien que este hombre a ciertas personas les fiaba si no tenían dinero. También tuvo un negocio junto a la peluquería de don Vicente Pastén.

Don Carlos rodaba en su bicicleta a lo largo de toda la calle, durante años recogió datos para convertirlos en noticias locales que se publicaban en el diario La Provincia, del cual fue corresponsal, era el periodista criollo, el reportero comunitario, imagino que los escritos a máquina los habrá enviado por mano en un sobre cerrado o simplemente en La Esmeralda que se encargaba del correo del pueblo. Mediante llamada telefónica alertaba al personal de La Provincia para que recibiera la noticia. Don Carlos un largo tiempo vivió en la casa de doña Mena Gallardo, ahí se lo vio mejor atendido, la ropa bien limpia y planchada, tenía casa y comida, también decían que amores con la señora mencionada que había quedado viuda hacía muchos años. Tengo idea que en esa etapa se terminaron los días de este personaje, Norma. Son los recuerdos de don Carlos Aravena, a quien los punitaquinos siempre pudieron verlo montado en bicicleta.

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